jueves, 18 de octubre de 2012

Reflexiones en torno a la pintura: Pinturas Negras de Goya

Francisco de Goya y Lucientes (1746, Fuendetodo-1828, Burdeos) fue un verdadero genio, uno de los mejores pintores de todos los tiempos. Con él voy a inaugurar una nueva carpeta de comentarios relacionados con el arte (que también es parte de las Humanidades), muy personales, que se concretarán en reflexiones en torno a diferentes pinturas y sus autores. Imágenes que, a fuerza de contemplarlas una y mil veces, en diferentes escenarios y en agradable soledad, me han proporcionado ratos de placer únicos, y suscitado, emociones y pensamientos fecundos.

      Dicho esto, pongo orden a mis apuntes y pensamientos en torno a Goya.

La pradera de San Isidro

      En la vida de Goya tuvo especial peso la tragedia. Y en sus obras se refleja la mirada de un hombre que ha gozado de los placeres de la vida y después se ha sumergido en sus desgracias. Me pregunto qué hizo del maestro un hombre diferente al resto. ¿El tesón, el talento, o el tormento con el que tuvo que bailar tras acontecerle una grave enfermedad que, a un precio demasiado elevado, terminaría superando? El pintor perdió el oído. Pero al parecer, la desgracia, lumbre para su genialidad, hizo que Goya explotara su formidable imaginación y desarrollara cuadros asombrosos y de increíble fuerza narrativa.
  
Maja desnuda
        Después de 1873, año en el que sufrió su primera crisis al quedarse sordo, Goya cuajará obras de mayor madurez y valor (retratos para casas como las de Alba u Osuna, y cuadros religiosos), y se podrá observar el contraste entre los coloridos y amables cartones que pintara en sus primeros años para la Real Fábrica de Tapices y la serie de dibujos Los Caprichos, o los cuadros llamados de "asuntos de brujas", o los Desastres de la Guerra o, finalmente, las Pinturas Negras. Dos acontecimientos determinantes jalonan la vida y obra de Francisco de Goya y Lucientes. Uno, su sordera; el segundo, la experiencia de la guerra. A partir del episodio amargo que marcó su vida hasta el fin de sus días y la crudelísima guerra contra el invasor francés que hubo de contemplar, Goya retrata la naturaleza humana en momentos de extrema maldad; observará la realidad con nuevos ojos, interesándole de ésta sus aspectos desagradables, oscuros, incomprensibles o grotescos. Unas veces sorprende al ser humano en actos atroces y demoníacos, y otras, se preocupa por mostrar diferentes formas del mal que reconoce en la naturaleza misma y en consecuencia en toda la realidad. En muchas composiciones Goya es mordaz y burlesco —y lo hace unas veces mediante símbolos y alegorías, y otras, abiertamente—, pero, como hijo de la ilustración, su voluntad es la de erradicar lo que denuncia, la de renovar el espectáculo incomparable de la vida en el que siempre creyó. A pesar de que en diversas etapas de su vida perdiera la fe en este mundo y en sus dueños legítimos.

        Las Pinturas Negras son perturbadoras y fascinantes. Reflejan lo más sombrío e indeseable de la vida a través del pincel de un hombre escéptico intelectualmente pero de espíritu optimista, y su gestación, alumbrada de manera misteriosa, muestra un colosal pintor pero también un enorme hombre. Y al ser las Pinturas Negras una serie de cuadros desagradables, tenebrosos y perturbadores, las preguntas se agolpan. ¿Sólo un alma atormentada es capaz de expresar las verdades más hondas? ¿Sólo un ser que sufre husmea con mayor atrevimiento y acierto los misterios de la vida? Eso parece. Por lo tanto indicaría que existe una razón suficiente para esa dimensión trágica de nuestra vida, como si fuera necesaria para que de esta manera aprendiéramos algo fundamental. Por lo visto debemos probar lo amargo para apreciar lo dulce, aunque uno sepa mucho mejor que lo otro.

El coloso
         Sin embargo, hay cuestiones que escapan a la lógica, o que resultan enigmáticas si no se tienen las claves para comprenderlas. Y me pregunto por qué el genio aragonés decidió decorar su casa de dos plantas, comprada en 1819 a las afueras de Madrid junto al río Manzanares, y conocida como la Quinta del Sordo, con estos 14 perturbadores y enigmáticos cuadros. ¿Qué pasaría por la cabeza de ese hombre, con 72 años, para rodearse en su finca rural de un conjunto de pinturas opresivas y angustiosas, ejecutadas al óleo directamente sobre la superficie de yeso de las paredes? Desde luego, las imágenes revelan una mente sino enfermiza, atormentada. Me pregunto, sosteniendo en mis manos esas reproducciones, si las pinturas arrojarían sombras por los pasillos solitarios y silenciosos de la residencia mientras vivía con ellas el maestro. ¿Las miraría el genio en noches de tormenta maldiciendo la crueldad del mundo y su estulticia? ¿Cobrarían éstas nuevas formas en lo más hondo de la madrugada, revelando muecas burlonas, otros gestos no expresados antes, diferentes grados de perversión, significados ocultos y reservados incluso para el autor? ¿Llegaría a escuchar el pintor susurros atemorizados o risas disimuladas procedentes de sus cuadros? Y durante el día, cuando el sol de la campiña madrileña bañara los cuadros a través de las ventanas de la Quinta, ¿transmitirían nuevos mensajes?

      Lo que parece seguro es que no se rodeó de estas pinturas para suscitar comentarios y habladurías; deseaba estar junto a ellas, como si quisiera recordar en todo momento la fealdad de la vida, comunicando con sus pinturas un mensaje para no olvidar que junto a la belleza, la salud y la alegría se entrelaza un camino de lágrimas y espinas. Pero también es posible que Goya deseara rodearse de cuadros siniestros para conjurar el mal y así poder controlarlo. Quizá esa fuera su intención. En cualquier caso, cada una de esas pinturas negras a las que Francisco de Goya y Lucientes no puso título, merece su atención.

Pinturas Negras


La romería de San Isidro


  • La romería de San Isidro

El contraste entre esta pintura y La pradera de San Isidro que pintara Goya años atrás, asombra y enmudece. Aquí la procesión se dirige hacia el espectador enardecida, y se compone de personajes extasiados y también caricaturizados en el primer grupo, encabezada por un hombre con una guitarra cuya expresión delirante —ojos en blanco incluido— corta el aliento. Detrás de los hombres con sombrero de ala ancha avanzan otros personajes embozados, y a sus espaldas el pueblo de Madrid, repartido en clases sociales. Más allá de las alegorías que pudiera encerrar el cuadro, me sobrecoge la expresividad del mismo, y algunas lecturas que en él encuentro. Hombres y mujeres con sus bocas abiertas entonando oraciones en medio de la noche como posesos en procesión es una imagen de estampa de terror, y aunque la caricatura del maestro hacia el fanatismo religioso es evidente, la exaltación de la multitud es lo que perturba. El comportamiento de la masa, apiñados los hombres por Goya hasta desfigurarlos, escarba una tremenda verdad: en la colectividad el hombre se deshumaniza, pierde sus rasgos, se vuelve irreconocible. 

      Y esta verdad la he podido sentir atrapado entre multitudes, con mi espíritu inquieto removiéndose, incapaz de aferrarme a algo estable o trascendente, como si no encontrara armonía o estuviera a gusto del todo entre mis semejantes, al fin y al cabo tan extraños y ajenos a mí. Este enigma me obsesiona. Disfrutar el ambiente particular con el que está impregnado un determinado lugar, o desnudar una pintura en un museo, mientras me hallo entre la multitud, es un placer incómodo. Siento que hay algo más, que rozo con las yemas de mi ánima el fondo de algunas cosas, pero raras veces consigo sacar conclusiones claras y coherentes de esas impresiones. En este sentido, cada vez considero más seriamente que el ruido ensordecedor que produce la multitud a su paso es una señal de alarma segura para alejarse de ella de inmediato si se desea gozar de la majestuosidad del mundo con el espíritu en clama. Porque la furiosa e infatigable actividad de las masas distrae al individuo, e impide que éste pueda comunicarse adecuadamente con las maravillas y los misterios del mundo.

Judit y Holofernes

  • Judit y Holofernes

Judit y Holofernes hace referencia a un episodios bíblico cuyo relato tiene una finalidad principalmente teológica. A partir del hecho histórico de la victoria de Nabucodonosor (rey de Babilonia) sobre el pueblo judío, se cuenta la historia de salvación nacional que lideró Judit. La piadosa mujer -instrumento de Dios para liberar a su pueblo elegido- se ganó la confianza del general de los ejércitos del rey, Holofernes, y cuando llegó el momento oportuno en una noche de excesos, Judit cortó la cabeza de Holofernes con su alfanje. La lección que encierra el relato es la demostración de que Dios protege a los humildes y venga a los desheredados, mediante la humillación de los soberbios, que sólo confían en sus fuerzas y no guardan la ley de Dios. Ahora bien, me pregunto, ¿por qué recurriría Goya a esta historia? ¿Qué buscaría ilustrar el genio con el episodio de Judit y Holofernes? Hay dos respuestas que me convencen y me inquietan a la vez. La primera de ellas es que el pintor español tratara de representar varias formas de "perturbación religiosa", pues este cuadro acompañaba a La romería de San Isidro y a los Dos ermitaños. La otra es que estuviera interesado en presentar a la mujer como un ser desleal y del que no hay que fiarse. También pudiera ser que el artista deseara señalar que la voluntad divina es inflexible e implacable, y que asume totalmente la muerte de un hombre por inspiración suya. De estas dos últimas interpretaciones sigo extrayendo hilos de indudable sustancia.



Dos ermitaños

  • Dos ermitaños

No soy capaz de reconocer a dos ermitaños en este cuadro, sino a un anciano encorvado acosado por una especie de ser demoníaco. El ermitaño, apoyado en un bastón y portando un cesto, transmite una expresión amable, pero la negrura que lo envuelve y el extraño ser que está diciéndole algo al oído hacen de la pintura una estampa aterradora. ¿Dibujó Goya la personificación de una tentación? ¿Es el personaje de larga barba cenicienta un santo? Estas tres primeras pinturas describen intervenciones de lo sobrenatural en la realidad. También la siguiente, El Aquelarre, un cuadro sobrecogedor, desconcertante y, por momentos, esperpéntico.



El Aquelarre

  • El Aquelarre

     En este extraño cuadro de más de cuatro metros de largo vuelvo a toparme con el amontonamiento de figuras absortas. Goya pinta aquí una imagen horrenda, sombría, en la que hace crepitar en medio de la negrura una turba sugestionada por la prédica de un macho cabrío. El tratamiento de la reunión es morboso, y de esta manera, popular. En el extremo derecho del cuadro encontramos una figura apartada que sigue atentamente el ritual, pero con una postura sosegada. Que lo que parece ser una mujer se relacione con la compañera de GoyaLeocadia Weiss, no me interesa demasiado, salvo que su presencia en la pintura sea crucial para revelar el significado del cuadro. Pudiera ser que el íncubo no fuera otro que Goya, comunicando a las masas ingenuas misterios al alcance de algunos genios atormentados como él mismo, y fuera visto en la distancia por su cómplice amante. Pero no he desojado El Aquelarre para especular sobre su sentido, sino para dejarme impregnar por los dibujos y escarbar luego las impresiones inevitables que suscitan estas obras. Y aunque la intención siniestra e irónica de Goya es manifiesta, quiero ver en ella la expresión del interés del pueblo por el mal. Pienso en la atracción malsana hacia cosas desagradables, pero también en el interés frecuente por conocimientos ocultos y heterodoxos que han apasionado y apasionan a gentes demasiado curiosas para no llevarse, a lo largo de su vida, desagradables sorpresas siguiendo arriesgados caminos.

Saturno devorando a su hijo

  • Saturno devorando a su hijo

Esta pintura representa un acto de barbarie supremo, solo comparable a un parricidio. Saturno devorando a su hijo es una obra maestra expresionista, que perturba, encoge  y aturde con solo mirarla unos segundos en silencio. Me llama poderosamente la atención el magnetismo del cuadro, la expresión ida del dios Cronos tragando frenéticamente a su hijo, pero sobre todo la densidad de la negrura que lo envuelve. El tratamiento que hace Goya de las sombras sugiere que ha retratado al terrible dios en un acto endiablado, un crimen por el que gime la Creación. Parece como si Saturno estuviera ahí detrás, sorprendido pero a lo suyo, engullendo a su víctima; y sus miembros cortados por el pintor, enseñando a medias al dios, me hace imaginarlo regresando a las sombras a las que pertenece después de completar su crimen, bien lejos de la luz del pincel del artista.


  • Una manola: Doña Leocadia Zorrilla


Una manola: Doña Leocadia Zorrilla
Este cuadro, junto con el llamado por la crítica Perro hundido en la arena, no me cautiva como los demás de la serie. Aquí apenas veo una mujer enlutada con actitud digna y serena, aunque apoyada con descaro. ¿Es la obra un consejo del maestro para afrontar con estoicismo las pérdidas inevitables que hemos de sufrir en la vida? No parece muy razonable conociendo la reacción creativa del pintor a su sordera, o el interés por lo dionisíaco y trágico de la vida reflejado en su obra. No hay resignación en su creación, y yo tampoco me resigno a seguir desojando este lienzo, aunque ahora ponga final a este apunte.

  • Dos viejos tomando sopa


Dos viejos tomando sopa
Dos viejos comiendo sopa es un cuadro pequeño pero de una fuerza visual tremenda. Los ojos encendidos subyugan y enmudecen. O al menos esa es la sensación que he tenido delante suyo. La negrura del fondo anuncia malas noticias. Y la mueca de la vieja sobrecoge. Sobrecoge porque se adivinan unas condiciones horribles para su protagonista, pero además porque la expresión transmite desconfianza y desequilibrio. Lo cierto es que cuesta mirar esta pintura de frente, pues parece un espejo cuyo reflejo devuelve la fealdad de la vejez.

  • Perro hundido en la arena

Perro hundido en la arena
Ya he dicho en otro lugar que no me cautiva esta pintura. Algunos estudiosos dicen que es un cuadro incompleto del pintor, y otros mientras tanto, han propuesto docenas de interpretaciones. Me faltan elementos objetivos para conocer a fondo la pintura, para sentirla y disfrutarla. Y no me van las vanguardias. Pero algo debe haber en el lienzo para formar parte de esta serie de pinturas. Y unos tesoros exigen mayor esfuerzo que otros para ser hallados. De esta manera, en el cuadro se observa, sobre un fondo ocre, la cabeza estirada de un perro que parece hundido en la arena. Es cierto que el genio español consiguió dotar de brillo los ojos del animal, que además parece encontrarse en situación desesperada. Con paciencia y ojos limpios —mayor deseo de verdad— compruebo dos cosas. Que la imagen despierta ternura, pero que también despierta desasosiego, pues el espectador se ve comprometido, implicado, obligado, al ver en peligro a un ser indefenso. Y esa capacidad para captar instantes cruciales de la vida, esos fogonazos desapercibidos pero que remueven el corazón y el alma, son detalles de genio, las llamaradas de uno como Francisco de Goya y Lucientes.

  • Asmodea

Asmodea
Visión fantástica: Asmodea no es una pintura oscura formalmente, pero sí lo es para el observador, para el público, que no entiende nada cuando se sitúa delante de ésta. Lo que se narra aquí es un ser portando por los aires a un hombre hacia la cima de un monte donde se aprecia la silueta de una fortaleza asediada desde el valle. El cuadro es una gran alegoría teñida de simbolismo político, relacionado con la época de Goya, y por tanto, entiendo, con un mensaje crítico y a la vez educativo. Me he preocupado de conocer las lecturas que han hecho entendidos en la obra de Goya, y la explicación acerca de que el demonio volador sea una mujer y no un hombre, pero es irrelevante porque no he arrancado de su contemplación mucho provecho. Y aún así me hago preguntas. ¿Qué razón tiene el demonio para arrastrar al hombre? ¿Pretende enseñarle algo? ¿Hacia dónde lo conduce y por qué? ¿Quién es la víctima, un hombre cualquiera? ¿O no es una víctima sino un afortunado rescatado de la guerra? ¿Vivo o muerto? Demasiadas preguntas e insuficientes repuestas. Pero un cuadro complejo con el que seguir ensayando vivencias.

  • Procesión del Santo Oficio

Procesión del Santo Oficio
Una pintura parecida a La romería de san Isidro de la misma serie, pero menos siniestra y más irónica. Goya satiriza aquí una institución con mala prensa y denostada por la leyenda negra gestada en el extranjero, de la que el pintor zaragozano se hace eco. Se repiten temas ya tratados, como la mueca hiperbólica y el apiñamiento de individuos, pero esta pintura me ha espoleado para recordar el balance real de la Inquisición, símbolo del mal para algunos ilustrados, pero muy popular en su tiempo. Recojo mis palabras de otro cajón: «El Santo Oficio ha de ser entendido como un fenómeno dentro de su contexto, como otros acontecimientos, personajes o instituciones históricas. En este sentido, la Inquisición española no puede contemplarse a la luz de nuestra era como un organismo represor que suprimió cualquier forma de libertad religiosa, pues ésta no existía en ningún país europeo. Dicho esto, y sin detenerme en que con su obsesión por la pureza de la fe unió a buena parte de la cristiandad, contuvo la peligrosísima expansión otomana»*.

  • Las parcas
Las parcas

La contemplación en silencio de esta pintura inquieta profundamente. Se ha visto en las figuras representadas a las temibles parcas, señoras del tiempo de vida de los individuos (Láquesis, Átropos y Cloto), además de un ser que se identifica con Prometeo. Cada una de las viejas porta un objeto relacionado con su función natural. En este cuadro, a fin de cuentas, lo que se ve es a la muerte sobrevolando la naturaleza, y se manifiesta en el cuadro como si solo fuera visible para el espectador pero en realidad comprendemos que está en todos lados y es invisible. Por su carácter imprevisible y despiadado, se representa a la muerte fea, trágica y real. En ese caso, Goya la sorprende volando sobre un páramo turbio y encogido por su presencia terrible. La muerte no deja de ser una fuerza con autoridad en la naturaleza, y ese peso se revela en la pintura con sus tonos pardos y grises, responsables de la angustia que produce el ulular de las ancianas parcas.


Lucha a garrotazos
  • Lucha a garrotazos
Este me parece el cuadro más soberbio de la serie. No es el mejor técnicamente, pero es una genialidad. En la Lucha a garrotazos se confirma, de nuevo, el interés de Goya por profundizar en los escondrijos del alma humana. No recuerdo una obra que exprese tan bien el fondo violento del ser humano. La fuerza narrativa de la imagen es conmovedora, escandalosa; incluso en el cielo parecen moverse con violencia fuerzas que nos trascienden, quizá alimentadas por el espíritu furioso de dos hombres que representan a toda la humanidad enzarzada, inmortalizados en una lucha  perpetua. ¿Nos está recordando Goya con este cuadro soberbio que la guerra es consustancial al hombre y que por tanto forma parte de nuestra naturaleza caída? ¿Es inevitable la disputa? Desde la maldita Caída eso parece. Esta imagen describe nuestra situación miserable tras la desobediencia de nuestros primeros padres (Adán y Eva), y así nos hallamos, hundidos hasta las rodillas de pecados.

       Presto atención a las figuras inmóviles, sorprendidas en una acción que a punto está de desembocar en tragedia. Al fondo, sierras y caseríos, atentos al desarrollo de la riña, pues dos hombres se golpean desde el principio de los tiempos, con fiereza, de manera implacable, inclinados el uno contra el otro y sin dar un paso atrás. Y oprimiendo mi corazón con guante de seda, delicado ya por esa estampa imborrable de la que no puede apartar los ojos, el silencio que rezuma el cuadro. 

  • Hombres leyendo y Mujeres riendo

 

Por último, observo estas dos pinturas relacionadas en la forma y en el fondo, de tonalidad más oscura que las anteriores, pero no menos perturbadoras. Me pregunto, al verlas por separado y una al lado de la otra, qué leen los hombres con tanta solemnidad e interés? Y en cambio, ¿de qué se ríen las mujeres? ¿Las risas emborronadas y simiescas son intencionadas, o no supo el artista escapar al influjo de sus otras obras? Me inquietan los dos cuadros por igual, y conociendo la relación que tenían, encuentro mayor sentido a ambos. ¿Desea describir Goya las dos posturas vitales del hombre y de la mujer? ¿Es el hombre por naturaleza más reflexivo, entregado a las curiosidades y las ciencias, y grave que la mujer? Y la mujer, ¿es más alegre, desenfadada, indiferente o despistada para el mundo del pensamiento que el hombre? Sea como fuere, estas dos pinturas completan la visión de Francisco de Goya y Lucientes sobre el hombre y la mujer: seres retratados en el pecado, sorprendidos en las más diversas formas de vicios, en la estupidez y la maldad.

      A fin de cuentas, las Pinturas Negras son fotografías de la realidad y de la naturaleza del ser humano, hechas a pincel. Pero un pincel espléndido y único, capaz de radiografiar la variante trágica de la vida y sus manifestaciones grotescas, agarrado por un talento fuera de lo común y con un espíritu indómito. Francisco de Goya y Lucientes no es solo un genio de la pintura, sino un profeta de la humanidad.




1 comentario:

  1. muy bien! gracias por la publicacíon bravissimo, comentarios fenomenales !

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