sábado, 1 de diciembre de 2012

Reflexiones en torno a la pintura: Augusto Ferrer-Dalmau. Arte, Historia y Miniatura

Una de las sólidas verdades que atesoro desde hace años es que nacemos con heridas innatas de las que no podemos abjurar del todo, aunque se silencien cada vez más con el ruido esclavizante de lo actual e inmediato. De entre esas lesiones crónicas que padece el alma, una es la búsqueda de la belleza; y pocos gozos son tan gratos como hallarla en cualquiera de sus muchas formas repartida por el mundo. Ya sea el cuerpo de una mujer hermosa, un paisaje evocador y maravilloso, o una pintura emocionante y sublime. A mí la pintura de verdad me cautiva. He comprobado que pocas cosas consiguen disolver las nieblas de mi corazón como dormir abrazado a un ser del que estás enamorado, escribir acerca de las tragedias de personajes ficticios dando vida a una novela, respirar un paisaje en silencio y soledad, o encararme con una obra de arte. Llevo tiempo disfrutando los cuadros bellísimos y únicos del mejor pintor vivo del mundo. O al menos a mí me lo parece, pues no conozco otro semejante. Augusto Ferrer-Dalmau es un maestro del realismo pictórico; una figura a la que admiro por muchos motivos además de por su obra, volcado en recreaciones de la historia militar española. Sus pinturas, de resultados bellísimos, me atraparon para no soltarme. Y ya son un monumento de oro de la pintura y cultura españolas.


         Augusto Ferrer-Dalmau Nieto nació en Barcelona el 20 de enero de 1964, pero vive en Valladolid con su familia, lejos de los tentáculos pestíferos de una ideología enloquecida como es el nacionalismo catalán. Enamorado del ejército español y patriota, el pintor barcelonés ya ha creado algunos de los mejores lienzos bélicos. Fue una visita a Toledo, por si fuera poco el Día de la Hispanidad —cuando el Museo del Ejército ofrecía una exposición temporal con algunos cuadros de Dalmau—, lo que provocó que me decidiera a penetrar en su pintura. Recuerdo hallarme frente al soberbio cuadro «La gesta de los zapadores» y tener que retener las lágrimas. Me embargó tanta belleza. A partir de ese día decidí recogerme como he hecho tantas otras veces, con infinito gusto, para sanar esa herida innata que siento tan viva, y cebarla lentamente, rodeado de ilustraciones de los cuadros del mejor pintor vivo del mundo.

  • La gesta de los zapadores

     Este es un cuadro de grandes dimensiones. Espléndido en su conjunto. En él veo las principales líneas maestras que enhebran la creación pictórica militar de Dalmau. El objeto representado en sus obras es un soldado, varios o un grupo de soldados. En este lienzo impresionante se homenajea al cuerpo de zapadores, militares encuadrados en unidades básicas del cuerpo de ingenieros; encargados de construir puentes o trazar vías para facilitar el movimiento de las tropas, y entorpecer, por otro lado, los desplazamientos enemigos. Como en sus obras maestras, el grado de detalle es alucinante, fruto de una técnica excelsa. Cada personaje dibujado parece único, real, incluso cada gesto describe una emoción. El detalle logrado con el pincel abarca también a los uniformes de las figuras, pulcros y apasionantes, consecuencia además de la seriedad y el rigor histórico de Dalmau. Cualquier pedazo del lienzo es un deleite, pero la recreación del agua de los charcos es admirable, como el brillante dibujo de los caballos. Todavía hay un ingrediente más que acusan mis fascinados ojos cuando los someto a la vista de este soberbio cuadro: el color tan personal, nostálgico y heroico que introduce vida en la obra. Me arrebata el morado, que contrasta con el marrón del barrizal; pero sobre todo esos cielos melancólicos y crepusculares tan frecuentes en los cuadros de Dalmau, que restallan en su último estertor en un horizonte anaranjado y agónico. «La gesta de los zapadores» es una de las obras maestras del pintor español, y también mi ojito derecho.

  • Bailén

     «Bailén» es otra pieza magistral. Avanzando entre los caídos destaca un soldado a caballo agarrando un sable, en actitud gallarda y heroica, seguido por la infantería. Al frente, las tropas enemigas. Y encima un cielo sucio y agitado, sello del pintor barcelonés, espejo de lo que sucede en tierra. Las grandes creaciones artísticas suscitan emociones universales; pues en toda su producción, Dalmau es capaz de plasmar el patriotismo, la camaradería, el sacrificio, el reconocimiento del deber y algunas virtudes más. También la dimensión heroica de la guerra, no sólo la trágica, dotando a ésta de un sentido trascendente o redentor.

  • Toma de Gerona

     La mayor parte de la producción pictórica militar de Augusto Ferrer-Dalmau se sitúa en el siglo XIX. La toma de Gerona es un hito castrense de la historia de España, un triunfo del ejército español frente al invasor francés en la Guerra de la Independencia. En el centro del cuadro una figura alienta a sus soldados parapetados tras unos muros derruidos a continuar, mientras en la parte derecha del mismo varios hombres se encuentran de espaldas al lado de compañeros caídos, y un tercero acude en auxilio de uno de estos; auspiciados por un cielo revuelto por la batalla desatada. Deber, patriotismo y compasión se dan la mano en este pequeño y genial cuadro.

  • Lanceros de la Legión Extremeña

     Es este un cuadro precioso. Milimétricamente pensado y pintado. Transmite  la belleza serena de un momento de descanso en plena guerra. El escenario es un trigal —nuevamente la preferencia del maestro por un campo abierto—, y los protagonistas son un lancero descabalgado que pregunta algo a una señorita mientras ésta recoge el cereal. Otro compañero montado a caballo permanece en el extremo derecho del lienzo, alerta frente a cualquier imprevisto, y un par de mujeres, en el margen izquierdo de la composición, siegan la siembra. Entre las figuras centrales hay una distancia prudente pero no desconfiada. El soldado descansa una lanza recta en el suelo y conserva una postura esbelta mientras habla con la mujer, y ella, con un pañuelo rojo en la cabeza, sostiene en el regazo un haz de siega. Los cielos presumen duelos, y ni el bucólico y bello escenario, puede contrarrestar una vaga sensación de amenaza. Magistral pintura.

  • Coracero 1811

     Pintado en todo su esplendor, un coracero montado a caballo en medio de un llano, con un cañón al fondo para que no se olvide el marco bélico. Una estampa asombrosa, cuidada y digna. El uniforme, el petate para montar a la bestia, o el propio animal entregado a su jinete, son exquisitos.


  • Guardias Reales en el cielo

     Inseparables en el cielo, el Guardia Real y su caballo presentan un aspecto regio. La pareja de soldados con sus caballos que narra este cuadro, envueltos por una bruma uniforme y cerrada de color ocre, destaca sobre cualquier otra cosa. No hay nada más que ellos cumpliendo con su deber también en el cielo, arrebatados tras cruzar las puertas de la muerte, en un claro homenaje a su sacrificio y labor. El caballero de detrás lanza una mirada al observador, que parece haberlos descubierto trotando en el más allá, con un gesto conciso pero cómplice. Sus ojos me dicen que, en brazos del Señor, puede afirmar que lo que hizo en la vida tuvo valor.

  • Húsares de la Princesa, 1836

     Una de las pocas piezas que no se desarrolla en campo abierto es ésta. El escenario de este pequeño cuadro es el interior de un bosque. Dos húsares montados a caballo conversan con una mujer que viene de recoger una gavilla de leña. Aquí no se aprecia reserva en las figuras, sino que la charla es más distendida, o menos incómoda, que en «Lanceros de la Legión Extremeña». El melancólico marco otoñal que aporta el bosque, con multitud de hojas caídas tapizando la tierra, o las que aún resisten en las ramas de los árboles con un tinte amarillo, ofrece un conjunto bellísimo. Pero el verdadero retrato al cuerpo de húsares se puede observar en el cuadro «Húsar de Pavía», escrupuloso y colorido.

  • Carga de Zumalacárregui

     También hay pinturas de acción en la creación bélica de Dalmau: «Calderote», «Lanceros de Navarra», «A por la embestida», «Oriamendi», «Carga de caballería en Cuba, 1897», son pinturas de acción, algunas por cierto magníficas. En todas ellas detiene el tiempo el maestro Dalmau en un lance de la batalla, ya sea en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo, con las tropas desatadas escuchando las últimas arengas o bendiciones, o a la carga. Este cuadro encoge verlo. Un puñado de valientes con las sienes bombeando sangre subidos a lomos de bestias entrenadas se viene encima del observador en una carga salvaje. Las expresiones de rocines y hombres arrugan al que se pone en frente. Detrás de ellos, una nube de polvo se levanta hasta fundirse con unos cielos furiosos, ciegos de venganza.

  • El final de la batalla

     Este pequeño lienzo es abrumador y terriblemente bello. Recrea los instantes finales de una batalla cualquiera. En él, un soldado sobre su cabalgadura fija la vista en los restos de la lucha, en los cuerpos inertes de sus compañeros caídos, y respira, solitario y meditabundo, pero noble y heroico, la turbada calma a la que da paso el enfrentamiento feroz entre unos hombres que fueron consagrados como hermanos por Dios. Sobre el afortunado que ha salvado la vida se cierne la inmensidad de un cielo turbio, que a modo de inmensa ventana, permite a las invisibles legiones celestiales no perder de vista las actividades de los hombres, o como estos padecen incontables males, o entregan su vida por causas en las que esperan hallar un bien mayor. Las preguntas que se formularía el soldado de cualquier época histórica que participa en una guerra girarían todas ellas sobre el sentido de la vida. Sobre su relación con la muerte violenta pero previamente anunciada. Y después el vacío que dejan los camaradas desaparecidos, el silencio que sigue a las preguntas enunciadas, la soledad que se introduce hasta el tuétano de los huesos y el alma. Ese desamparo transmite el jinete que se mantiene erguido sobre su corcel al final de la batalla en este lienzo. Y todas sus emociones se reflejan en esta joya pictórica, de profunda belleza y honda nostalgia, gracias al trabajo de iluminación del maestro Dalmau, que ha sabido tratar con profundo respecto el admirable misterio de la vida, que la guerra por cierto despoja de sus caprichos y quincallas, mostrando a aquélla descarnada y real.

  • Pareja de Guardias Civiles


     La Guardia Civil también cuenta con su particular homenaje en la obra de Dalmau, pues no deja de ser otro distinguido cuerpo militar con tradición en el Ejército español. Fundada en 1844 por el II Duque de Ahumada, sus servicios de auxilio y mantenimiento del orden concedieron al cuerpo una gran popularidad, que llegó a recibir incluso el sobrenombre de «Benemérita». En el lienzo aparecen dos inseparables guardias civiles montados a caballo, adentrados unos pocos metros en una especie de pantano. La pintura es preciosa, y pone de manifiesto una vez más el afán retratista del pintor barcelonés.

  • Donde muere mi caballo

     Este es otro gran lienzo de acción. En él se ve un instante del fragor de la batalla, un choque desesperado entre un soldado a pie enfrentado a la caballería mahometana enemiga. Ferrer-Dalmau pinta un momento crucial de ese choque, con el caballo del soldado fulminado en el suelo, y dos hombres a punto de cruzar aceros desde diferentes alturas. La situación del héroe español es delicada, pero ya prepara la descarga con su espada sobre el jinete árabe, y que Dios reparta suerte. Cualquier pintura bélica del artista español ennoblece el oficio —o la condena— del militar, pero esta pintura me desasosiega a pesar del arrojo que demuestra el guerrero que ocupa el centro del lienzo con su acción suicida frente a varios enemigos. Es la confusión que causa el polvo levantado lo que difumina los horrores que suceden más allá de mis ojos; y también el enfoque utilizado por Dalmau, que no deja ver más que ese minúsculo acto de valor, y priva de la posibilidad de hacerse una idea, mediante una vista panorámica, del acontecer de la batalla. Sólo nos señala un pequeño hombre, seguramente en sus últimos segundos de vida, entregado a la Providencia y echando los restos por una causa que quizá no asuma del todo. El idealismo de Dalmau no desconoce, al representar esos momentos agónicos de sangre y violencia,  la urgencia que promueve una guerra. El pintor español no olvida tampoco a los que padecen la guerra lejos del frente, aguardando el regreso de los suyos. Una pintura única de Augusto Ferrer-Dalmau en relación con esto es «La madre».

  • ¡Adelante jinetes de Farnesio!

     En cada una de las aproximaciones a estas ilustraciones magníficas del mejor pintor vivo del mundo, cato primero los lienzos al margen del marco histórico en el que se mueven sus figuras. Después me sumerjo en su historia, pero prefiero eludirla para exprimir antes de nada la estética del cuadro. «¡Adelante jinetes de Farnesio!» es una composición que posee las virtudes fundamentales del pincel de Dalmau; pero no puedo sustraerme a las expresiones de los corceles y a la sensación de apremio que destila este magnífico cuadro.

  • El capitán Arenas

     También hay espacio en la creación pictórica de Dalmau para el siglo XX. Incluso aparece en alguno de sus cuadros la Legión, que participó en la Guerra Civil, o los divisionarios españoles, estos más habituales en sus pinturas. En «El capitán Arenas» un nuevo escenario se despliega ante mis ojos atónitos, con una figura épica en el centro sosteniendo un fusil. Se trata de un capitán con gesto encendido, con casquillos de bala a sus pies y varios compañeros abatidos en el suelo. Al fondo, un cielo encapotado y enrojecido, reflejo de los trágicos días que acontecen. Me fijo en el uniforme roto y sudado del soldado, que mira con ira fuera de plano, y en la sangre de los hombres derribados, apagada y respetuosa con los caídos representados. De un vistazo se ve que el hombre sigue encerrado en los mismos escenarios del horror, pero ahora está mejor preparado para destruir y multiplicar la devastación. Y por encima de eso, que prefigura los desastres del siglo XX, el lienzo conserva un aire noble y heroico.

  • Voljov. El batallón Román

     De las obras que Ferrer-Dalmau ha dedicado al siglo XX, hay sobre todo dos que me fascinan intensamente. Ambas tienen que ver con los voluntarios españoles que se enrolaron en la División Azul para combatir el comunismo en tierras soviéticas. «Voljov. El batallón Román» es un cuadro impecable frente al que palidece cualquier fotografía. Es difícil comprender cómo un escenario tan tremendo puede parecer algo tan bello. Los minutos vuelan cuando me recreo en esta obra maestra, alucinando con la recreación luminosa y bella de la nieve, con los incendios de las isbas, las explosiones de los obuses al encontrar su destino, los troncos tras los que se atrincheran los soldados, o la sensación hipnótica de realidad que alcanza este lienzo del genio catalán.

  • Camino a Possad. 1941

     Este es un lienzo cautivador y único. De dimensiones importantes, contemplado de cerca es un deleite estético que anula cualquier otro pensamiento. La tropa marcha con dificultad por un paisaje nevado, trazando una senda con sus pisadas que al punto se convierte en barro. El cielo plúmeo y helado sobre las cabezas de los soldados, o los pelados árboles que forman los bosques rusos en invierno y que flanquean la carretera por la que pasan los divisionarios, ofrecen una imagen tan bella como tétrica, o lo que es lo mismo, un escenario demasiado grave y melancólico. Un paraje que, por otra parte, no hace sino ensalzar por su dureza la gesta de esos héroes, y también la de tantos otros combatientes. «Camino a Possad. 1941», es una obra maestra con la que pongo el broche a este repaso personal de algunas de las pinturas bélicas del que considero el mejor pintor vivo del mundo: Augusto Ferrer-Dalmau.


1 comentario:

  1. Hermosas pinturas. Me sentí particularmente atraído por la Carga de Zumalcárregui y las dos obras de la División Azul. Simplemente hermosas y que retratan la valentía y gallardez del hombre íbero, hispano.

    Saludos de Uruguay.

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