domingo, 17 de noviembre de 2013

El Rey del Río de Oro de John Ruskin

John Ruskin (1819-1900) fue una de las mentes más importantes de la Inglaterra victoriana. Su mayor contribución al pensamiento y la literatura fueron sus teorías acerca del arte, algunas de las cuales, sobre todo aquellas que se refieren a la conservación del patrimonio, me convencieron  cuando descubrí la obra de Ruskin en la universidad. La cumbre de la teoría del arte del pensador inglés se encuentra en Las piedras de Venecia y Las siete lámparas de la arquitectura, obras maestras casi imposibles de hallar hoy en día. No obstante, esta vez quiero que conozcan los lectores de La Cueva otra de las facetas que cultivó con éxito John Ruskin: la literatura infantil. Pues El Rey del Río de Oro es una joya de la narrativa fantástica, un precioso cuento infantil con una enseñanza necesaria para cualquier adulto. 


      En realidad el cuento se titula El Rey del Río de Oro o Los Hermanos Negros. Para comprender la relación hay que terminarse la fábula, una historia que por cierto comienza de esta atractiva manera: «En una comarca aislada y montañosa de Estiria, había, hace ya mucho tiempo, un valle asombrosamente fértil. Estaba rodeado por todos lados por abruptas y rocosas montañas, coronadas de picos, que siempre estaban cubiertos de nieve, desde las cuales descendían un gran número de torrentes en constantes cataratas. 

    »Una de éstas caía a poniente sobre un despeñadero tan alto que, cuando el sol se había puesto totalmente y en lo más hondo del valle reinaba la oscuridad, sus rayos brillaban todavía sobre esta catarata, haciéndola semejante a un chorro de oro. Por este motivo las gentes de la vecindad la llamaban el Río de Oro.

      »Era extraño que ninguno de sus torrentes corriese por el valle mismo. Todos se precipitaban por el otro lado de las montañas, para ir serpenteando a través de anchurosas llanuras y por ciudades populosas. Pero las nubes pasaban constantemente por las nevadas alturas, y se posaban tan suavemente sobre la hondonada, que en tiempos de calor y de sequía, cuando toda la tierra alrededor estaba aplastada, en el vallecito seguía lloviendo y en él las cosechas eran tan espléndidas, y la hierba tan alta y las manzanas tan rojas y las uvas tan azuladas, y el vino tan rico y la miel tan dulce, que todos lo que lo veían se quedaban maravillados y lo llamaban comúnmente el Valle del Tesoro.

    »Todo aquel valle pertenecía a tres hermanos llamados Schwartz, Hans y Gluck. Schwartz y Hans, los dos hermanos mayores, eran muy feos, tenían unas cejas muy salientes y unos ojillos pequeños y sin brillo, que siempre estaban medio entornados, de tal suerte que no se les podía ver, y sin embargo daban la impresión de que ellos le estaban mirando penetrantemente a uno. 

   »Los tres hermanos vivían cultivando el Valle del Tesoro, y eran verdaderamente muy buenos agricultores. Mataban a todo ser que no pagase su sustento. Tiraban a los mirlos porque picaban la fruta; mataban a los erizos para que no chupasen la leche de las vacas; envenenaban a los grillos porque se comían las migas de la cocina, y no dejaban vivir a las cigarras que solían cantar todo el verano en los tilos. Explotaban a los sirvientes sin darles ningún jornal, hasta que dejaban de trabajar y entonces los reñían y les echaban de casa, sin pagarles lo que les debían. 

   »Raro habría sido que con tales tierras y semejante sistema de explotarlas no se hubiesen hecho muy ricos; y verdaderamente se enriquecieron mucho. Generalmente solían guardar el grano hasta que subía mucho de precio y entonces lo vendían por dos veces su valor; tenían montones de oro en su casa, y sin embargo nunca se supo que hubiesen dado ni cinco de limosna, ni un mendrugo de pan; nunca iban a misa; gruñían siempre que tenían que pagar los diezmos, y eran, en una palabra, de carácter tan cruel y tan gruñón que todos los que tenían que tratar con ellos les llamaban de mote: los Hermanos Negros. 

    »Gluck, el hermano menor, era tan completamente opuesto, lo mismo de aspecto que de carácter, a los otros dos, que no cabía pedir más. Contaba apenas doce años de edad y era bien parecido, de ojos azules y amable con todos. Como es de suponer, no se llevaba bien con sus hermanos o, mejor dicho, ellos no se llevaban bien con él...» 

    Sin embargo, la fortuna, según la lógica interna de todo cuento, deja de sonreír a los Hermanos Negros y el Valle del Tesoro sufre un deterioro irreversible. Sólo podrá recuperar su pasado esplendor a través de la bondad y belleza que sean capaces de irradiar sus dueños, pues en los cuentos como Dios manda, la injusticia es finalmente subsanada y quienes finalmente triunfan son aquellos que, en amistad con la naturaleza, dan a la vida lo mejor que tienen. Este precioso cuento de John Ruskin es una parábola bellísima acerca de la recompensa que siempre llega para aquellos hombres virtuosos y buenos y cómo estos transforman y elevan el mundo conforme a los deseos de Dios.



FICHA
Título: El Rey del Río de Oro
Autor: John Ruskin
Editorial: José de Olañeta
Otros: Barcelona, 2013, 104 páginas

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