viernes, 24 de enero de 2014

¿Qué son las Humanidades? Primera parte. Prólogo del libro La hoguera de las Humanidades

La hoguera de las Humanidades es el resultado de un breve escrito que remataba, a modo de apéndice, mi segundo trabajo literario, llamado La cultura en las series de televisión. Titulé el texto en cuestión Laudatio Humanitatis con la intención de presentar un elogio de las Humanidades, dada la formidable importancia que estoy seguro poseen y el estado ruinoso en el que se hallan. Convencido de la necesidad de un libro independiente y con protagonismo especial que tratase este asunto, he ampliado y revisado ese alegato gestando una obra con entidad propia, condición que en parte también aporta este prólogo, pues clarifica mi pensamiento en torno a la situación actual de las Humanidades y la deriva a la que nos arrojaría finalmente su desaparición final.


La tesis principal de este estudio es que la decadencia moral en la que se encuentra el mundo civilizado es fruto del progresivo abandono y desprestigio de las Humanidades (las letras, la cultura), un baúl de conocimientos y valores que descansa en la búsqueda y el conocimiento de Dios. Alejados de ese saber, erramos en nuestras actividades y dejamos de cultivar hombres dignos, valiosos y esforzados en la virtud (término desterrado en la actualidad e incluso mal visto, producto de la inversión de sentidos y valores que se ha realizado en los últimos siglos de los principios tradicionales cristianos; y precisamente estos, y no otros, nos han transmitido la verdad universal de la Ley Natural, ahora vieja y molesta ley que derribar).

La inversión de valores está en marcha de tiempo atrás, y el enemigo a batir es la misma Verdad. De esta manera, quienes odian que las cosas sean de una determinada manera conforme a su naturaleza y no de otra, embarran las mentalidades asegurando que no hay religiones superiores a otras, ni culturas superiores a otras, ni personas mejores que otras según su comportamiento, porque el mundo —para desprendernos finalmente de prejuicios y supersticiones— debe aproximarse a un escenario donde aleteen «principios» tan ambiguos (y progresistas) como la igualdad, la diversidad cultural, la pluralidad, la tolerancia y la democracia.

Hoy se proclaman sin descanso los supuestos beneficios de estas nuevas doctrinas, pero no parece imaginable siquiera que alguien renuncie a agitar las banderas de estas cumbres ideológicas. Sin embargo, ¿qué tolerancia obtendría hoy quien no se declarase, a voz en grito, demócrata de toda la vida? No digamos ya la tolerancia con la que sería recibido quien se atreviera, imprudentemente, a enseñar las vergüenzas de la democracia. Pudiera parecer que soy desagradecido, pero la democracia (en manos de hombres cada vez más envilecidos), acaba degenerando, desgraciadamente, en populismo, corrupción y en vulgarización de la vida. Un fragoroso mar en el que es difícil no terminar esquizofrénico, corrompido o arruinado.

Pero es que este mundo que deja de lado las Humanidades está resolviendo una carrera tecnológica e industrial para alcanzar cotas de bienestar infinitas que, superando enloquecidas límites sensatos, en vez de beneficiar al hombre lo perjudican gravemente, haciéndolo cómodo, perezoso, dependiente, incapaz de digerir frustraciones e incluso de esforzarse para lograr algo valioso. La ruina moral y existencial acompaña a hombres desnortados de la mano, que son conducidos por una realidad en la que no saben resolver el equilibrio entre apetitos (caprichos) y necesidades, ni desembarazarse de la soledad que los oprime, ni hacer desaparecer la ansiedad que los carcome.

Por otro lado, la prensa, las redes sociales e internet imponen su sello en el estilo de vida occidental, y las relaciones humanas se definen ahora por la velocidad con la que se producen, por su superficialidad y por una profunda incomunicación. Solo vale lo actual, lo inmediato, el instante perpetuo que mantiene nuestros cerebros saturados de noticias intrascendentes, y desactivados para lo verdaderamente importante (aunque al poder político solo le preocupe que nos agitemos lo suficiente para que éste se eternice). Porque el poder político es el gran leviatán para los individuos. El crecimiento formidable de los Estados y su intromisión hasta extremos inasumibles e ilegítimos en la vida de las personas es un tentáculo más del mal que nos embiste. Su capacidad e impunidad para dilapidar los recursos privados y públicos (y estos últimos no son más que la suma de bienes privados) es una losa demasiado pesada para que no termine aplastando, después de llevarse con la tormenta una nación detrás de otra, una civilización entera. La nuestra. No es necesaria una revelación sobrenatural para observar a nuestro alrededor estas cuestiones. Pero lo cierto es que no somos capaces de integrar sanamente —si es que es posible con el nivel de tecnología que disfrutamos— la esfera espiritual y la material, pues el mundo está volcado en esta última.

Es una lástima, desde luego, que hayamos abandonado los saberes que aquí defenderé. Conocimientos apartados por hombres que creen que no los necesitan, pero que de vez en cuando, exiguos valientes visitan sus ruinas cubiertas de bruma y engullidas casi por completo por el ruido mediático de un mundo sordo a la trascendencia. Y no obstante con carencias tan profundas como las simas del infierno.

No nos falta luz para ver la realidad y los misterios de la vida, nos falta desear verlos tal como son. Y las letras —algunas, claro— nos aportarán razones suficientes para reconocer el sentido de nuestra vida y dar respuesta a las preguntas que nos azoran; pues a una vaca se la podrá encerrar entre vallas y con su ración de forraje y agua diarios quedará satisfecha, pero al encerrar a un hombre entre vallas, este no dejará de preguntarse ni un solo día qué hay detrás de esas vallas.

Aun así, la confusión es tan grande, el lavado de cerebro tan hondo (principios progresistas vistos), los remedios (las Humanidades) tan sepultados, y la tentación de dejarse llevar tan grande, que se puede ver la pira de las Humanidades abrirse paso a través de la historia para prender fuego junto a la feria de las vanidades el reino de los hombres.


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