viernes, 24 de enero de 2014

¿Qué son las Humanidades? Segunda parte. El árbol de las Humanidades

Dudo mucho de que el hombre no acabaría finalmente ardiendo si decidiera después de todo hacer una hoguera con las humanidades. En el preludio del siglo XXI, en cambio, ésa parece ser la dirección trazada. Las letras han caído en desgracia, y padecen un prolongado y amargo calvario que sólo verá su final cuando doblen la rodilla y supliquen obediencia bajo las botas del materialismo y del relativismo. Para entonces habrán firmado su sentencia de muerte. Yo me limito a adelantar su obituario. Han forzado al hombre a ponerse una venda en los ojos y afirmar sólo aquello que palpe con sus propias manos, sin atender a las exigencias del corazón. Ya están casi vencidas después del flagelo a las que han sido sometidas desde el Renacimiento, momento crítico en la historia y en el que el hombre decidió confiar tan sólo en sus propias fuerzas y dar la espalda a Dios. «Cada avance subsiguiente en el pensamiento humano ha quitado a Dios de ese campo de investigación como una hipótesis innecesaria. Copérnico y Newton lo quitaron del cosmos, Darwin de la vida, Marx de la historia, Freud del último reducto de la mente y del alma». Poco a poco las humanidades han ido cerrando los párpados para ver el mundo cada vez más turbio, en vez de abrir los ojos de par en par para interpelar a la realidad con curiosidad, respeto y admiración.


Lo que debería ser el medio (las letras, las humanidades, la palabra) con el que investigar y pulsar la realidad, este mundo desconcertante y sublime, con espíritu abierto, sincero y humilde, y sobre todo, para cultivarse y ser ejemplo de personas dignas, se convierte en un instrumento con el que poner de manifiesto nuestra estrechez de miras, nuestra orgullosa ceguera y nuestra cobarde actitud de no rechazar nuestras endebles y arrogantes opiniones por sólidos razonamientos que nos puedan disgustar, aunque éstos sacudan con fuerza la tozuda puerta de nuestra mente. Lo cierto es que por regla general nos comportamos de forma caprichosa e irracional. Porque no se puede llamar de otra manera a la actitud inflexible que se niega a cambiar de convicciones pese a que un millar de razones serias o de preguntas incómodas se le presenten cortésmente.

En este reino de las opiniones en el que vivimos, la sabiduría es desplazada por los prejuicios más irracionales y por el escaso afán de buscar un sentido a este mundo. Porque si todos los hombres tienen voz y la tienen para todo, ¿qué pueden necesitar saber? Pero la verdad es que el ser humano, además de un conocimiento técnico del mundo, totalmente necesario para dominar la tierra, también necesita un saber para el alma. Un saber existencial que, por otra parte, es imprescindible. Pero el desprestigio de las letras en todos los ámbitos de la sociedad, ya sea desde las propias instituciones o desde el conjunto de la población, las está haciendo flaquear de tal manera y ser despreciadas hasta tal punto que nos hacen sospechar que la hoguera de las humanidades está próxima, y con ellas la condenación de los hombres. En última instancia, el hombre no está siendo fiel a su naturaleza humillando a las humanidades y apartándolas a un rincón como si su mensaje fuera una enfermedad que conviene erradicar, pues no sólo de pan vive el hombre.

Me atrevo a defender que el complejo de inferioridad que sufren las humanidades se debe en buena medida a que desplazó al hombre como objeto de estudio y lo sustituyó por la humanidad, y ahora éstas no tienen autoridad para convencer a nadie porque han extraviado la orientación de su brújula, hundida en lo colectivo y por tanto en lo ambiguo y oscuro. Pero es en el hombre en quien recaen los derechos individuales, y sólo en él, porque no existen los derechos colectivos. Como no recaen los derechos en la lengua o idioma de cualquier país sino en las personas que hablan esa misma lengua. Las humanidades, pues, desde que apartaron al hombre del centro de su reflexión para ocuparse de la humanidad, no tienen prestigio porque han olvidado para qué sirven y a quién deben proveer. Si no estudiamos al hombre, que es lo concreto y en consecuencia lo real, traicionamos nuestro sentido. Al fin y a la postre, cuántas páginas negras en la historia han escrito hombres que decían amar a la humanidad pero que no obstante despreciaron a los hombres.

Conviene recordar además que la decadencia de las humanidades es reciente. En el siglo XIX surgen nuevas disciplinas y con ellas se desarrolla la ciencia y la técnica de manera asombrosa, cristalizando en prodigiosos avances en el siglo XX (revolución científica). Así, la ciencia se cubrió de un halo de prestigio merecido, pero el pobre discernimiento humano terminó por elevarla a ídolo contemporáneo. Sin embargo, lo cierto es que durante siglos se consideró ciencia todo conocimiento razonado. De esta manera, en la Antigüedad o en la Edad Media, la teología, la filosofía y, en definitiva, las humanidades, eran consideradas saberes científicos. Como es lógico, pues son conocimientos razonados. Ahora bien, hoy, ciencia son aquellas materias que estudian únicamente la materia y aquellas fuerzas que la mueven. Por tanto, en el lenguaje académico actual, ciencia es el estudio de la actividad de la materia. Y lo que sabemos es que la materia se transforma a través de cuatro fuerzas: la gravedad, el electromagnetismo, y la energía nuclear débil y fuerte. De esta manera, la ciencia solo describe estos fenómenos, pero no aporta sentido alguno a realidades como el arte, el amor, la belleza, lo moral, el bien o el mal.

Recuperando el hilo del razonamiento anterior, uno de los argumentos más brillantes que el diablo ha proporcionado a los hombres, y que éstos han acogido de buena gana, es el de la defensa de la humanidad. Lo cierto es que no se han cometido más crímenes en la historia que en nombre de lo colectivo. Y me refiero a humanidad en el sentido de comunidad, es decir, lo que en realidad no es de nadie, lo indeterminado, lo indefinido, lo que no es concreto; cuando deberíamos estar hablando exclusivamente de la defensa del hombre, de lo concreto, de lo preciso, de lo real. Pocas veces se ha derramado más sangre en la historia que cuando se ha proclamado la necesidad de que unos se sacrificaran en beneficio de otros. Pero esto hace referencia más a la desviación marxista en la que se disuelven los hombres en lo colectivo y se les obliga a sacrificarse en nombre de un futuro supuestamente ideal, pero que no verán jamás aquellos que luchan por alcanzarlo, que al mensaje cristiano, en el que la persona acepta voluntariamente ofrecer su vida al servicio de los demás. ¡Qué diferente presentan ambos sus promesas y sus esperanzas! Y que diferente es su forma de practicar la fe.

Sirva como ejemplo una sentencia lapidaria, que expresa de forma tan brillante como sucinta lo que es, ni más ni menos, la justificación de un crimen político. La que pronuncia Caifás a los judíos una vez prendido Jesús, que viene a decir que más vale que muera un hombre a que perezca todo el pueblo (Jn. 18,14). Un hombre inocente sacrificado para que la gentuza del Sanedrín duerma tranquila, pues Jesús estaba haciendo mucho ruido y no convenía alterar a Roma. Pero ¿cuál es ese principio que dice que la vida de un hombre vale menos que la de cien? Sorprendentemente, no se puede decir que la cuestión nos sea lejana o que no entrañe actualidad.

Pero una paradoja surge de todo esto. A pesar del desprestigio y el abandono de las humanidades, todavía se admira a los hombres cultos. Aún existe un pequeño fulgor en algunas personas que se ven atraídas por la sabiduría y la cultura, aunque quizá este sentimiento sólo lo profesen las almas más nobles.

Ese saber estar y esos conocimientos que desprende el hombre culto todavía son agradables para unos pocos. Hombres y mujeres que, inspirados e ilustrados por la sabiduría de otros, reciben una enseñanza, o lo que es lo mismo, se vuelven a su vez cultos. Parece mentira que tengamos que recordar la irremediable necesidad que tenemos de educarnos, de recibir enseñanzas, y que para eso sea preciso volver a escuchar a un gigante como Sócrates decir que la sabiduría es, en primer lugar, discernir entre lo bueno y lo malo y, en segundo lugar, reconocer nuestros propios límites, o en otras palabras, sabiéndonos ignorantes, buscar a tientas infatigablemente lo eterno que esconde la realidad.

Y lo eterno que esconde la realidad es la auténtica cultura. Si cultura significa etimológicamente cultivo, podríamos decir que agricultura es el cultivo del campo, y lo que entendemos por cultura de manera ordinaria, cultivo del alma, es decir, educarse espiritualmente.

El propósito principal de este elogio a las humanidades es defender la importancia de la sabiduría, en lo que supone de alguna manera de esclarecimiento de la realidad y de discernimiento entre lo esencial y lo pasajero, a partir de lo que, a mi juicio, son las humanidades o los contenidos que las definen. Sin llegar todavía a eso, llama la atención cómo se destaca desde hace miles de años la relevancia de perseguir y en última instancia hallar la sabiduría: «Bienaventurado el hombre que ha encontrado la sabiduría, el hombre que ha adquirido la inteligencia; porque adquirirla vale más que adquirir plata y poseerla más que poseer oro».

Pero ¿qué significa en realidad haber encontrado la sabiduría? ¿Para qué puede servir, si es que sirve para algo? ¿De verdad es tan importante la sabiduría? Éstas y otras muchas preguntas se pueden formular con toda seriedad los hombres de nuestra época. No será el primero ni el último el que se cuestione acerca del interés que puede suponer estudiar el pasado. ¿Por qué, se preguntan muchas personas, hay que mirar atrás, hacia algo que ya no es? ¿Qué importancia puede tener revisar hechos y acontecimientos que ya sucedieron? O, ¿para qué perder el tiempo desempolvando viejos legajos ajados por el tiempo? Antes de reflexionar sobre unas cuantas preguntas sencillas que se plantearán, podemos presumir de un logro como es el de la escritura, el de las letras mismas. Superado el escepticismo de Sócrates por la palabra escrita (enseñaba de forma oral), podemos decir que la escritura supera el método socrático en la medida que permite fijar un discurso o pensamiento con mayor profundidad y orden, pues ofrece más tiempo para la reflexión y el análisis, y también una oportunidad mejor para presentar un razonamiento debidamente organizado; bien es verdad que el debate es menos ágil y quizá también menos apasionante, pero, si no se trampea y se ciñe a los argumentos, mucho más provechoso. De esta forma, el saber acumulado en los libros, más allá del valor incalculable pongamos por caso de la conservación de la Biblia, es innegable. Como quedará reflejado en este escrito.

La pregunta que en primer lugar debe hacerse el hombre cuando descubre que es un ser dotado de razón y conciencia, y de que además no vive solo, es si debe organizar su vida según criterios racionales o por el contrario es preferible hacerlo a partir de normas irracionales y caprichosas. Esta ineludible pregunta que arremete al hombre durante su existencia y que a primera vista tiene una respuesta sencilla, no es resuelta por los hombres como pudiera pensarse. Esta llamativa contradicción es consecuencia de desconocer qué significa realmente escoger una de estas dos opciones. La intransigencia con la que algunas personas acogen las cuestiones más polémicas e incorrectas de una sociedad, descartadas por la tiránica moda de turno, revelan de los hombres una excesiva confianza en sí mismos. Y esta vanagloria no les deja ver que el ser humano es una criatura que anda perdida entre la maleza, y que como si de una oveja perdida se tratara que necesita de un pastor para volver al refugio o de una moneda perdida que si no la encontramos ella sola no vuelve al bolsillo, el hombre precisa de otro para ser salvado, para dar significado a su vida.

Ya los antiguos griegos tenían conciencia de la importancia de la razón para los hombres, porque la verdad es que no poseemos de forma automática la capacidad para sobrevivir y necesitamos la guía de la razón, que es la facultad que a fin de cuentas nos permite discernir lo verdadero de lo falso. En última instancia, la irracionalidad no puede ser buena para el género humano. Sófocles pone de manifiesto esta verdad: «entre los hombres, la irreflexión es, con mucho, el mayor de los males humanos».

Pensemos si es preferible que un cirujano se comporte durante su trabajo de forma irracional y escuche a sus instintos caprichosamente. ¿O es preferible para cualquier hombre que un cirujano se comporte durante una operación según unas reglas del deber, civilizadas, opuesta a lo bárbaro e irracional? ¿Es preferible para los hombres que un piloto de avión pueda ser cualquiera que no encuentre en las normas racionales y civilizadas un modelo de comportamiento?

Atendamos, por otra parte, a las siguientes imágenes: una cena en casa en la que invitamos a personas que significan algo para nosotros, o una ceremonia en la que acudimos correctamente vestidos. Ambas imágenes son dos logros de lo civilizado frente a lo bárbaro. La primera circunstancia es una racionalización de los instintos. En la mesa, no sólo nos comportamos en función de unas normas de educación racionales y repartimos la comida entre todos, sino que además nos sentimos orgullosos de ser hospitalarios con aquellas personas que más nos importan preparándoles las mejores viandas. Es una demostración de afecto, de respeto y de organización racional de nuestros modos de obrar. En el segundo caso, cuando nos vestimos formalmente para una celebración estamos transmitiendo a los demás que nos tomamos en serio su asistencia y que las consideramos personas sensatas con las que da gusto tratar.

De esta manera, la reivindicación de la irracionalidad y el hacer de la irreflexión la guía que oriente el curso de nuestro destino sólo puede ser propio de mediocres o de malvados, ambos necios. Pero la ignorancia está cada vez más ocupada sembrando calzadas para ser abarrotadas por miles de almas acomodadas e ignorantes. De hecho, no carece la sociedad de personas que cuestionan la importancia de estudiar la historia. Pobres individuos ingenuos que andarán extraviados en una vida gris que han renunciado a comprender, y que sin pudor alguno se atreven a preguntar para qué puede servir la historia si ya es pasado. Más adelante, cuando se exponga el legado de la civilización occidental se pondrá de manifiesto la enorme herencia que hemos recibido. Pero a esta pregunta sencilla planteada por cualquier hombre iluso se puede responder con otra sencilla pregunta: piensa que si comprendes que es preferible que los hombres se gobiernen según normas racionales han de aceptar las consecuencias de sus elecciones, y si decidimos despreciar lo que la historia nos pueda decir, ¿para qué recordar a nuestros difuntos? No es de extrañar que el hombre se desgarre en su interior por contradicciones que no pueden convivir en su conciencia y que han sido creadas por él mismo.

La sabiduría, entonces, exige una búsqueda fiel y constante. Pues si no creemos importante discernir entre lo eterno y lo accesorio o reconocer lo esencial que hay en este mundo, seremos tan solo sombras que «apoyan sus cimientos en el polvo». Porque, piensa en lo siguiente, si mañana fuera tu último día que pasaras en la tierra, ¿podrías presumir de tu paso por la vida? Cualquier hombre, sin excepción, reconoce la gravedad de esa pregunta. Y yo me pregunto, ¿de dónde procede esa lucidez que permite al hombre reconocer que no es lo mismo dejar un legado que otro? ¿Cómo es posible que se dé algo en nuestro interior que nos hace sentir que no da igual cuál es la herencia que dejamos tras nuestro paso por la vida? Es esta realidad, de la que da razón cualquier corazón, la que nos revela la existencia de lo que se llama Ley Natural. Una ley que forzadamente ha de proceder de alguien y de la que han disfrutado todas las civilizaciones que han sembrado la tierra.

Ya tenemos razones suficientes para expresar qué son las humanidades y cuáles son los conocimientos que éstas estudian. Las humanidades se ocupan fundamentalmente de tres cosas: en primer lugar, estudian cuál es la esencia o naturaleza del hombre; en segundo lugar, cuál es la relación del hombre en la naturaleza, o lo que es lo mismo, cómo se debe organizar el hombre racionalmente en sociedad, de lo que se ocupa el saber político; y en tercer lugar, las humanidades estudian cuál es la relación del hombre con la naturaleza, que es lo que yo identifico con cuál es la relación del hombre con Dios. La realidad de Dios es para mí una evidencia de la que se hace cargo mi corazón y que de hecho puedo sentir a través de un proceso de razonamiento que me desvela un signo que, a su vez, me revela la presencia de un creador, manifestado a través del misterio de la existencia del mundo y de la mía propia. Dicho con más claridad: me parece infinitamente más razonable la existencia de Dios que lo contrario.

De esta manera, las humanidades son, utilizando una alegoría, las tres ramas principales del tronco de un árbol que tratan de extraer de las raíces la verdad que revela el signo que anunciábamos, lo desconocido; y lo hace preguntándose principalmente por el gran misterio de la existencia. Estas tres ramas que forman el árbol de las humanidades son las ya citadas:
1.      La esencia o naturaleza del hombre.
2.      La relación del hombre en la naturaleza (organización social-saber político), y
3.      la relación del hombre con la naturaleza (Dios).
Empezamos por tanto por esta última rama (la relación del hombre con Dios), que es en realidad en donde descansan las otras dos, y para ello recuperamos la presencia de algo escasamente comprendido y que pasa desapercibido generalmente a los hombres de nuestro mundo: la Ley Natural.


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