viernes, 24 de enero de 2014

¿Qué son las Humanidades? Tercera parte. La relación del hombre con la naturaleza (o la relación del hombre con Dios)

¿Por qué entornamos los ojos y nos negamos a escuchar las realidades que no vemos, pero no caemos en la cuenta de que seguimos abrazando ídolos que ponen de manifiesto nuestro profundo sentido de dependencia? El hombre contemporáneo occidental se inclina peligrosamente a desechar, como posibilidad siquiera, la existencia de Dios. No ve ni escucha lo que se insinúa detrás del velo del mundo, que no obstante da testimonio de su creador. «Desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, se pueden descubrir a través de las cosas creadas» (Romanos 1, 20).


Esta obstinación en cerrarse ante cualquier asunto que proceda de Dios, que discuta la aparente autonomía que disfruta el ser humano como si se tratara de un ser que se da a sí mismo su propia existencia, como si no procediese de otro, es en realidad actuar de forma irracional y caprichosa. Nunca será suficiente recordar que obstinarse es mantener una opinión, actitud o decisión, generalmente sin fundamento, a pesar de cualquier razón en contra. Y nunca ha sido tan necesario como en nuestros días enfrentarse a la soberbia, esa sutil tentación que impide la prosperidad de espíritus críticos, libres y racionales. Así que se confirma la perversidad de identificar la racionalidad con el que no cree en dioses porque no puede verlos y exige que se le manifiesten delante de sus narices, mientras que los hombres que abren la posibilidad a la Realidad misma, que no es otra que Dios, son automáticamente irracionales.

Pensemos que un ídolo no es más que todo aquello que promete una explicación de las exigencias humanas, pero que, sin embargo, nunca satisface de modo pleno el hambre que supuestamente dice saciar. Así, ídolos como la ciencia se imponen junto a la religión laicista y el pensamiento ateo. Pero en honor a la verdad el corazón del hombre anhela respuestas definitivas, necesita un sentido a su existencia y busca en su interior y fuera de él con la esperanza de que algo en la realidad responda a sus consultas. Esta sed tan especial que siente el género humano, y por el cual interpela al mundo, son exigencias naturales de todos y cada uno de los hombres. Se está hablando de preguntas ineludibles que esperan ser contestadas y que brotan en la conciencia de los hombres de todos los rincones del planeta. Liugi Giussani formuló algunas de estas preguntas de modo preciso. «El sentido religioso surge cuando en estas preguntas aparece un adjetivo (o adverbio) muy importante: ¿cuál es el sentido exhaustivo de la existencia?, ¿cuál es el significado último de la realidad?, ¿en el fondo por qué merece la pena vivir?».

Con toda justicia podemos preguntarnos de dónde procede esa sed insertada en nuestro espíritu. ¿Por qué tiene el hombre esas exigencias? O mejor aún, ¿sería lógico que no existiera la posibilidad de satisfacerlas? Una vez más, C. S. Lewis ofrece una observación impagable: «Las criaturas no nacen con deseos a menos que exista satisfacción a esos deseos. Un bebé siente hambre: bien, existen los alimentos. Un patito desea nadar: existe el agua. El hombre siente deseo sexual: existe el sexo. Si encuentro dentro de mí un deseo que ninguna experiencia en este mundo puede satisfacer, la explicación más probable es que fue creado para otro mundo».

A lo largo de la historia, estas y otras cuestiones han sacudido a los hombres de todas las civilizaciones, y la Ley Natural ha revelado un vacío en el corazón de los hombres que exige ser rellenado. ¿Por qué, si no, nos sentimos íntimamente ofendidos al recibir un reproche injusto? ¿Por qué preferimos la verdad a la mentira? ¿Por qué el ser humano ansía profundamente que se haga verdadera justicia? Incluso un pagano como Sócrates intuyó la existencia de la Ley Natural: «He aquí que no me disgusta ciertamente morir, porque tengo la firme esperanza de que existe una cosa después de la muerte; algo que según las creencias antiguas, es mucho mejor para los buenos que para los malos». Y Juvenal se preguntó qué hombre hay honrado y bueno «que pueda creer que el dolor le es ajeno». «Aborrecible como las puertas del Infierno es para mí el hombre que dice una cosa y esconde otra en su corazón» canta la Ilíada, o, «no haréis injusticias en los juicios; ni beneficiarás al débil ni favorecerás al poderoso. Juzgarás con justicia a tu prójimo». Así, desde la tradición china (Las Analectas), hasta la tradición judeocristiana (Biblia), pasando por la tradición india (Bhagavad gita), Egipto, Grecia, Roma, Babilonia, el mundo nórdico, el anglosajón, incluso los aborígenes australianos, han demostrado sobradamente esa Ley Natural.

Pero la Ley Natural ha de proceder de algún sitio, y su autor no puede ser otro que Dios. ¿Pero qué Dios? Únicamente un personaje en la historia puede encajar en el perfil: Jesús de Nazaret. Frente a la trillada pregunta de cuál es, de entre todas, la religión verdadera, o el verdadero Dios, se puede afirmar con seguridad que la religión cristiana y el propio Jesús. La cuestión que no se puede olvidar es que Jesús fue el único personaje en la historia que se autoproclamó Dios. Ni Buda, ni Mahoma, ni Moisés llegaron a tal atrevimiento, pues no pasaron de ser simples profetas que anunciaban a otro más grande que ellos (con diferencias significativas en el caso de Buda); en cambio Jesús tuvo la osadía de considerarse el Hijo de Dios y a su vez Uno con el Padre. Esta convicción significa que Jesús de Nazaret sólo podía ser dos cosas: O Dios, o un loco. Es decir, o bien Jesús era realmente quien decía ser o, en cambio, necesariamente se trataba de un embustero que además estaba como una regadera. No cabe una posición intermedia, cerrando la puerta definitivamente a otro tipo de especulaciones repetidas frecuentemente y no por eso acertadas, que son fruto de un profundo desconocimiento del personaje y de los Evangelios, como que tan sólo era un maestro que enseñaba un bonito mensaje de amor y paz, pero que en última instancia era mortal, o que se trataba de un revolucionario político que pretendía liberar al pueblo judío del yugo de Roma.

Por supuesto, ni una ni otra visión encaja con la vida del personaje a la luz de los Evangelios, y desde luego que en ningún caso se pueden aceptar como hipótesis serias a partir de lo que conocemos de su vida pública. En primer lugar, que Jesús resucitó al tercer día después de ser clavado en la cruz es una cuestión de fe, pero la realidad es que cientos de testigos dieron fe de ese hecho. La reacción inmediata de estas gentes fue anunciar la noticia que había encogido sus corazones. Y empezaron a extender el mensaje de Cristo por la tierra, suponiendo un antes y un después extraordinario en la historia de la humanidad. Pero no hay que pasar por alto que hacer estas declaraciones en aquel marco histórico-político tenía un alto precio: la propia vida. Diez persecuciones generales sufrieron los cristianos ordenadas directamente por Roma y unas cuantas más de menores dimensiones. No obstante, los creyentes llegarían a decir «no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído» (He. 4,20), lo que significaba que algo único y prodigioso debieron de haber visto para divulgar un acontecimiento que les costaría su propia sangre. No parece lógico que aquello por lo que morían, y que ellos mismos habían observado personalmente, no fuera más que una mentira cuando no obtenían ningún beneficio. En segundo lugar, decir que Jesús fue un rebelde político que perseguía la liberación del pueblo judío de las garras de Roma supone un lamentable desconocimiento de su mensaje, pues se trataba del primer Dios —revelado anteriormente como Yahvé en el Antiguo Testamento y la Torah judía, aunque de forma muy elemental— no nacionalista de la historia, pues su mensaje era de carácter universal e interpelaba a todo el género humano, solo que se daba a conocer al mundo a partir del pueblo de Israel.

Así pues, no estamos ante un simple hombre con una personalidad cautivadora que predicaba un mensaje maravilloso y amable, o un charlatán que embaucaba a las masas llenando la cabeza de la gente de pájaros y falsas esperanzas, sino que se trataba muy probablemente del Dios vivo. Si estas profusas razones no son suficientes para perturbar al escéptico, quizá podría dar explicación de un hecho verdaderamente sorprendente como es el siguiente. ¿Cómo es posible que en torno a unas trescientas profecías, que habían sido escritas por los profetas y que son recogidas en el Antiguo Testamento, se cumplan en la figura de Jesús cuando fueron escritas al menos varios siglos antes del nacimiento de éste? Y es que Jesús hablaba con un lenguaje único, lleno de autoridad, que lo situaba como el verdadero Dios encarnado. Pero no solo comunicaba un mensaje único y trascendente, sino que obraba curaciones y milagros. «Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed en las obras, para que sepáis y reconozcáis que el Padre está en mí y yo en el Padre» (Juan 10, 37-38).

Pascal, por otro lado, alumbró con su pensamiento a los hombres y se esforzó con dedicación en la tarea de dar respuesta a las exigencias humanas que sentía, y para ello reconoció que el camino era Dios. «Todos los hombres quieren ser felices. Aquí no hay excepción, por diferentes que sean los medios que se empleen. Todos tienden a esta meta. (…) Sin embargo, después de pasados muchos años, nunca nadie, sin la fe, ha llegado a ese punto al que todos se encaminaban continuamente». Y continúa:

«¿Qué es, pues, lo que nos grita esta avidez y esta impotencia, sino que el hombre ha disfrutado, en otro tiempo, de una verdadera felicidad, de la que no le resta actualmente sino la señal y la huella totalmente vacía, y que él ensaya inútilmente a llenarla con todo lo que le rodea, buscando en las cosas ausentes la seguridad que no obtiene en las presentes, pero que son totalmente incapaces de ello, porque este abismo infinito no puede ser llenado más que por un objeto infinito e inmutable, es decir, por Dios mismo? (…) Unos lo buscan en la autoridad, otros lo buscan en las curiosidades y en las ciencias, otros en las voluptuosidades.

»Otros, que efectivamente se han aproximado más, han considerado que este bien universal que todos los hombres desean, no sea ninguna de las cosas particulares que no pueden ser poseídas más que por uno solo».

Por eso, después de todo, «han comprendido que el verdadero bien debe ser tal que todos lo puedan poseer de una vez para siempre, sin disminución y sin envidia, y que nadie lo pueda perder en contra de su voluntad». Llegar a esa conclusión a partir de un razonamiento tan brillante siembra el campo para la fe, y se puede considerar un extraordinario servicio para el género humano.

Porque fe y razón, como hemos señalado antes, forman una alianza eterna pese a los esfuerzos de algunos por separarlas, pues éstas «son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo» (Encíclica Papal, Fides et Ratio).

El mundo moral que en consecuencia revela la Ley Natural requiere dos cosas: en primer lugar, dos fines posibles para cada una de las acciones que realiza el ser humano, uno de ellos preferible al otro (indica lo que se debería hacer); y en segundo lugar, que la persona sea realmente libre, para que pueda elegir entre seguir la norma moral o quebrantarla, es decir, forzosamente tiene que existir la posibilidad de que las leyes morales se puedan o no cumplir. Por eso a nosotros nos corresponde tener fe, porque si se produjera la evidencia ya no creeríamos en Dios libremente, y si por lo visto es tan importante que lleguemos libremente a la convicción personal de que Jesús es el Dios que nos llenará el vacío que nos complete, eso significa que debemos poseer algún instrumento con el que llegar a la fe. Y ese no es otro que la razón. Qué gran descubrimiento para el escéptico que comprueba que la fe no es irracional. Sófocles, en una de sus más bellas tragedias, Antígona, presiente que no es casualidad que el hombre posea la capacidad de discernir y la conciencia de su existencia: «Los dioses han hecho engendrar la razón en los hombres como el mayor de todos los bienes que existen».

Entonces, si la razón es una facultad que sólo poseen los hombres respecto al reino animal y su función no es otra que la de que sean capaces de discernir entre lo verdadero y lo falso, lo esencial y lo accesorio y lo bueno y lo malo, ¿cuál puede ser la tarea primordial y urgente de la razón? ¿Qué sería, en el fondo, lo absolutamente verdadero, lo absolutamente esencial y lo absolutamente bueno que la razón tendría que hallar sino Dios? ¿Qué sentido tendría, si no, que el hombre tuviera conciencia y capacidad de razonar si el mundo no comunicara un signo que escondiera otra realidad detrás del velo de ésta y de la que el hombre se tendría que preocupar de encontrar? La respuesta a estas preguntas es el mismo Dios, con el que tendríamos que establecer una relación personal y así vivir en armonía con nuestra naturaleza y el fin para el que fuimos creados.

Lo verdaderamente grande del Dios cristiano, y que proporciona un sentido completo a la relación entre razón, fe y libertad, es que, precisamente porque se insinúa, se propone a los hombres. No fuerza y obliga a creer en Él a través de su evidencia, sino que se propone a los hombres para que sean éstos los que escojan por sí mismos entre creer o no creer en Dios.

Al fin y al cabo, el saber humanístico tiene que hacerse cargo de estas cuestiones y otorgarles su verdadera importancia. Los hombres naturalmente no pueden permitirse el lujo de vivir al margen de éstas. Y es por eso que las humanidades tienen que descansar en la búsqueda de Dios y no sólo en «las curiosidades y las ciencias». Después de todo, la dependencia que padece el hombre respecto a Dios, y la oportunidad que se le ha concedido como es la razón para conocerlo, pone de manifiesto, primero, que el hombre es un ser sagrado, segundo, que no puede despojarse de su sentido religioso y, tercero, que de hacerlo por parte de las humanidades sería en última instancia traicionarlo.


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