lunes, 19 de mayo de 2014

De amicitia (de la amistad) de Cicerón

Para el diccionario de la Real Academia Española «amistad» es un afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato. Si acudimos además al clásico Diccionario de Autoridades, leemos entonces «amór, benevoléncia y confianza recíproca». Para la mente más brillante de la República de Roma, Marco Tulio Cicerón, la amistad era la más importante de las cosas del mundo. Escribió un ensayo, en forma de diálogo —emulando a los clásicos que tanto admiraba— examinando la cuestión que nos ocupa. Lo llamó precisamente De Amicitia. Así pues, Cicerón, que asumía la verdad de las definiciones anteriores, fue sin embargo al fondo de esta realidad para decir de ella que la amistad es «una consonancia absoluta de pareceres sobre todas las cosas divinas y humanas». No obstante, la pregunta más significativa que podemos formularnos hoy respecto de la amistad, no es qué es, sino si existe realmente. 

En esta obrita clásica de la literatura latina, el gran orador romano Cicerón (106-43 a. C.) estudia el origen de la amistad, los obstáculos para conservarla, su valor y su propia naturaleza. La obra, por tanto, arranca con el suegro del augur Q. Mucio, Lelio, hombre con fama de sabio del que se recuerda una conversación con un amigo suyo con motivo de la muerte del glorioso militar Escipión el Africano, también amigo íntimo de éste. Así pues, la muerte del Africano dará pie a Lelio para desarrollar una profunda reflexión acerca de la amistad. 

Como el sabio romano —reflejo del pensamiento de Cicerón— cree sinceramente en la realidad de un más allá, es capaz de decir estas maravillosas palabras sobre la muerte de su amigo: «Pues, si es verdad que cuanto mejor ha sido uno en vida tanto más fácilmente emprende el vuelo su alma en la muerte, que es como una liberación de la prisión y de las ataduras del cuerpo, ¿quién puede haberse elevado hasta los dioses con más facilidad que Escipión? Por eso creo que entristecerse por haberlo perdido más propio sería de un envidioso que de un amigo» (14). 

En Cicerón, que es un pensador sobresaliente y un hombre apegado a la tradición, se observa también esa iluminación precristiana que han tenido otros sabios anteriores a él (por ejemplo Sócrates, aludido además en el texto siguiente): «no comparto la opinión de esos filósofos que recientemente han comenzado a sostener que junto con los cuerpos perecen también las almas y que todo acaba con la muerte. Prefiero seguir el parecer de los antiguos, o el de nuestros mayores, que tan piadosos homenajes tributaron a los muertos; cosa que no hubiesen hecho ciertamente, si creyeran que en nada les afectaba; o el de aquellos que estuvieron aquí en Italia e ilustraron con sus instituciones y preceptos a la Magna Grecia, extinguida ahora, entonces floreciente; o el de aquel a quien el oráculo de Apolo declaró el más sabio, el cual no sostuvo aquí, como solía, ahora esto y luego lo otro, sino siempre lo mismo: que las almas humanas son de origen divino y que, cuando salen del cuerpo, tienen abierto el camino para volver al cielo, tanto más liso y llano cuanto mejor y más justa ha sido el alma» (13). 

Ahora bien, a pesar de que Cicerón afirma al final de su ensayo que «nada es preferible a la amistad», sus mejores párrafos los dedica precisamente a sus manchas o amenazas:

(79) «Dignos de nuestra amistad son tan sólo quienes tienen en sí mismos algo que merezca ser amado. Estos escasean mucho, como escasea todo lo bueno»... 

(82) «La mayor parte quieren con gran injusticia, por no decir desvergüenza, que sus amigos sean tales como ellos mismos no pueden ser; y exigen de los amigos lo que ellos mismos no están dispuestos a hacer por éstos. Lo justo, por el contrario, es que comencemos a ser buenos nosotros, y busquemos luego otro que se nos parezca»...

(83) «Así, pues, yerran lamentablemente quienes piensan que la amistad da carta blanca para toda liviandad y pecado. La naturaleza nos ha dado la amistad como sostén de la virtud, no para cómplice del vicio; a fin de que, no pudiendo la virtud llegar por sí sola a las más altas cumbres, llegara unida y asociada con la otra. Si esta sociedad existe ya o existió entre algunos o se forma algún día, debe ser considerada como la mejor y más dichosa compañía para conseguir el bien supremo de la vida»... 

(85) «Por lo cual (no me cansaré de repetirlo), se debe amar después de haberlo pensado, y no aguardar a pensarlo después de haber amado. En muchas ocasiones pagamos caros nuestros descuidos, pero nunca tanto como en la elección y trato de los amigos: porque, entonces, la reflexión es ya tardía y no queda más sino a lo hecho pecho, como dice el refrán antiguo. Pues, comprometidos ya mutuamente, bien por un prolongado trato, bien por los servicios recíprocos, de pronto, al surgir algún tropiezo, rompemos las amistades a mitad de la carrera». 

Finalmente, como antídoto para este destino, Cicerón insiste una y otra vez en el ejercicio de la virtud, pues «la virtud es la que concilia y conserva las amistades. Porque en ella se basan la armonía, la estabilidad y la constancia de los sentimientos». 

De Amicitia, pues, como dije al principio, enseña el origen de la amistad, su naturaleza, y, sobre todo, sus amenazas. Pero aceptando el valor que Cicerón otorga a la amistad, y asumiendo la definición que del término hacen la Real Academia y el Diccionario de Autoridades, creo que la pregunta más interesante que pueda sugerirnos este clásico hoy, es si actualmente la amistad existe, y de existir, en qué medida. Así pues, pureza y desinterés, como declara el DRAE, no parece que destaquen mucho en los hombres actuales; y en cuanto a la benevolencia, de la que habla el de Autoridades, indicando por ello buena voluntad hacia el amigo, tampoco parece que nos defina demasiado en nuestras relaciones personales. Ahora bien, cada uno aplicará estas definiciones a su experiencia y sabrá mejor que nadie, al menos si no se engaña a sí mismo, cuántos «amigos» tiene y, sobre todo, qué clase de «amigos» son. 

Por mi parte, contemplando el asunto en términos generales, no me parece que las amistades gocen hoy de buena salud.






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