viernes, 6 de junio de 2014

Monarquía o República: Reflexión en torno a la tradición o la revolución en España

Defiendo la Monarquía española igual que defendería la República federal si fuera ciudadano de los Estados Unidos. La cuestión por tanto va más allá de ser, sentimental o intelectualmente, republicano o monárquico. Pero en mi caso me toca defender lo mío. En primer lugar porque valoro la tradición. Después, porque el prestigio que tiene la Corona española en todo el mundo es enorme, y ningún político español disfruta en los foros internacionales de la influencia y el reconocimiento de Juan Carlos I o el futuro Felipe VI. En tercer lugar porque el Monarca no es un político, algo que no ocurriría en España si desgraciadamente el día de mañana se proclamase una Tercera República. Y por último porque la Monarquía resulta más barata que una República gestionada por burócratas.


Estos son motivos de muchos peso. Para mí al menos. Aparte está lo que enseñan las dos experiencias históricas republicanas en España.

En España, es constante y repetida la exigencia de unos pocos españoles de que se permita una consulta popular para decidir si queremos que continúe la Monarquía o en cambio se instaure una nueva República. Aburre y cansa el asunto, casi tanto como que los políticos catalanes estén todos los días en los medios exponiendo sus problemas. Es siempre la misma cantinela de unos cuantos, que en el fondo lo que piden es la sustitución de un representante por otro.  Representante, por cierto, que ejerce un papel meramente simbólico, porque carece de competencias ejecutivas y por tanto nada pinta en las decisiones de gobierno.

Entonces, ¿de dónde viene el odio de algunos hacia la Corona? ¿Es casualidad que los enemigos de España —los separatistas catalanes y vascos— estén también en su contra? ¿Acaso entienden que la desaparición de la Corona abre la veda para sus delirios independentistas, eliminada la figura capital de la unidad nacional? El gobierno catalán proclamó la independencia de Cataluña de forma ilegal precisamente durante el período de la Segunda República, cuando más débil estaba España. Si se conociera la historia y hubiera más españoles decentes los sueños republicanos serían hoy defendidos por cuatro gatos. Pero no me hago ilusiones; no hay razones suficientes para quienes no tienen nada que perder o se encuentran a gusto en un ambiente revolucionario.

El debate por tanto está viciado. Todavía colean en España cuentas pendientes de la Guerra Civil, que cicatrizaron en su día, y en los últimos años han vuelto a abrirse fruto de la agitación ideológica de un presidente infame. Me refiero a José Luis Rodríguez Zapatero. ¿Les gustaría a los republicanos españoles a José María Aznar de Presidente de la República? ¿A Mariano Rajoy? ¿A Cayo Lara o a Gaspar Llamazares? ¿A Pablo Iglesias? El nombre daría igual, al principio, claro, con tal de derribar la Monarquía primero. En fin: la defensa de la proclamación de la Tercera República tiene que ver más con nostalgias utópicas, malas digestiones, y rencores que han heredado las generaciones a través de la sangre.

Pero más allá de peligrosas quimeras, ¿se viviría mejor en España bajo una República o con la actual Monarquía? Esta me parece de verdad la pregunta relevante. Y puesto que ni Rey ni Presidente de República poseen competencias gubernativas —salvo que yo recuerde en USA—, no veo de qué manera cambiaría para bien la situación nacional sustituyendo una institución por otra. Francia, Italia y USA se rigen por un sistema republicano; España, Reino Unido y Japón por otro monárquico. Sin diferencias en cuanto a su calidad de vida. ¿Por qué entonces tanto empeño en cambiar una institución representativa, simbólica y ajena a las decisiones políticas? Precisamente porque conozco la respuesta considero que a los españoles nos conviene conservar como oro en paño nuestra Monarquía.

Primero por el valor incalculable de la tradición. Y en segundo lugar porque a los españoles nos resulta infinitamente más barata la Monarquía que a los franceses e italianos sus respectivas Repúblicas.

Ahora bien, si el argumento económico, que es la primera queja que profiere un republicano español contra la Corona, se cae por su propio peso, la próxima excusa es que a los reyes no se les elige democráticamente. Y se quedan tan anchos. Sin embargo, no todo debe elegirse democráticamente. Salvo que el caos absoluto sea el fin perseguido. Los generales de un ejército, por ejemplo, no son elegidos democráticamente. Gracias a Dios. Tampoco el cuerpo de docentes de la universidad española puede ser elegido por sus alumnos. A Dios gracias de nuevo. Como no es elegido el grupo de jugadores de la Selección Nacional de fútbol que irán al mundial a representar a España. Ni mucho menos se elige democráticamente a nuestros padres o a nuestros hijos. ¡Y vaya si nuestros padres nos representan! La hinchazón democrática está vaciando los cerebros. «La ciudadanía» no entiende que lo que algunos llaman «el pueblo» no es infalible cuando ejerce su derecho al voto, ni el resultado de unas elecciones garantiza ningún progreso.

Aunque en relación con esto habría que añadir dos cosas. La Monarquía fue elegida en 1978 por la mayoría de españoles, muchos de los cuales siguen vivos actualmente. Por tanto, nadie que defienda conscientemente la democracia puede negar la legitimidad de la Monarquía Española, pues se erigió mediante principios democráticos, aunque el resultado no gustase a unos cuantos. Más aún: Los norteamericanos llevan dos siglos y medio con la misma constitución y a nadie se le ocurre plantear que ésta no tiene ya vigencia. Y dos. Si invertimos la situación actual, se podrían exponer las vergüenzas de más de uno… Si en vez de tener hoy Monarquía tuviésemos República, ¿qué pasaría? ¿Qué ocurriría, si en vez de abdicar el Rey Juan Carlos hubiera muerto o renunciado el Presidente de la República? Pues que todos aquellos que defienden hoy la celebración de un referéndum para decidir si debe suceder Felipe VI a su padre o si los españoles prefieren un sistema nuevo y por tanto una República, tendrían que admitir que se convocara una consulta general para elegir la continuidad republicana o entronizar un nuevo monarca. Vamos, un disparate. Una locura porque no existiría la sucesión natural y ni tan siquiera la democracia, ya que los resultados electorales nunca serían del todo efectivos, pendiendo siempre de un hilo. Por tanto, sin sucesión natural, sin estabilidad… la anarquía.

Quizá a los españoles solo nos falta educación. Empezando por la educación que recibimos en nuestras casas, lo que mamamos en el seno de nuestras familias. Pues educación, entre otras cosas, significa aprender el valor de las cosas. Si tuviéramos más educación, entenderíamos entonces qué significa tradición y qué revolución, y por qué es preferible la primera a la segunda.

Para algunos españoles, si el ganador de unas elecciones resultara ser el diablo, no tendría importancia. Lo importante es que lo hayamos elegido nosotros. Y esto no sé si es más soberbia o estupidez.

Con todo, el monarca después podrá ser bueno, malo o regular. Pero esa es otra cuestión.


Para conocer los frutos del pensamiento revolucionario, no hay mejor receta que el gran clásico de Edmund Burke: Reflexiones sobre la Revolución en Francia.

Para aquellos que tengan interés en conocer el valor de la tradición, les recomiendo leer al ilustre profesor Russell Kirk. Especialmente su biografía de Edmund Burke, y los capítulos I (La cabeza de la Gorgona) y VIII (El problema de la tradición) de Un programa para conservadores. Es un placer observar cómo este colosal maestro norteamericano funda su pensamiento en la cultura clásica. Es decir, en armonía con lo que los sabios de la antigüedad han mantenido desde hace miles de años. 

O al profesor español Pedro Schwartz y su libro En busca de Montesquieu. En él se imparte una clase magistral de lo que es democracia y de cuáles son sus amenazas y fallas internas. Mi intención es que de esta gente se nos pegue algo.



1 comentario:

  1. José Luis Núñez18 de junio de 2014, 19:21

    Bravo. Excelente artículo. Aunque los fanáticos no atienden a razones. Pesa mucho como dices la herencia familiar. Y no poco la estupidez.

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