martes, 6 de enero de 2015

España, Patrimonio de lo Sagrado: San Andrés de Teixido


En los confines del mundo antiguo se encuentra un pueblo que parece salido de una leyenda celta, un escenario de aromas vikingos donde quién sabe si aún no viven allí, escondidos entre los húmedos bosques gallegos, los supervivientes del pueblo nibelungo, en épica coyunda con los restos romanos de los legionarios de César. San Andrés de Teixido es uno de los enclaves que más han sugestionado mi ánimo, un trocito de paraíso para quien estima en mucho valor la belleza de la Creación y el silencio de los rincones olvidados pero cargados de presentimientos. De vez en cuando, dando rienda suelta a una imaginación que no controlo, rememoro ese lugar extraordinario, imaginándome de nuevo en aquel espacio verde y encantado pegado al Atlántico, cuyo epicentro es la pintoresca ermita consagrada a San Andrés, el apóstol hermano de San Pedro, y del que la leyenda áurea cuenta increíbles relatos.




El encanto inenarrable de este mítico lugar se acentúa por su especial enclave geográfico, empapado hasta el tuétano de ensalmos, almas en pena y misterios, que infiltran cada hoja, ebria de lluvia y primitivas historias de aparecidos contadas al calor de la hoguera, y que, en determinadas noches infestadas de misterios, se revelan periódicamente a los que aún no se cuentan entre los muertos. Las brumas se entretejen entonces formando cerradas tramas de vapores que impregnan el ambiente con parsimonia, con la misión de esconder eficazmente entre la niebla esa enigmática aldea, librándola de miradas impías e indiferentes. De la curiosidad maldita de los aburridos e irreverentes turistas del mundo moderno.

Pues lugares como San Andrés de Teixido han de ser honrados como merecen. Ya que su personalidad, si se me permite la expresión, revela un espacio de resonancias desconocidas, de ecos que proceden de lo Profundo, de lo Inefable, de lo Eterno.



En San Andrés, empero, la mayoría de curiosos suele llegar hasta la capilla, meter el hocico, fisgonear seis o siete segundos, dar media vuelta y abandonar para siempre ese lugar emblemático. ¿A qué narices, me pregunto, se desplaza la gente hasta los confines del mundo antiguo si no dedican ni media hora de atención genuina ni muestran el más mínimo interés espiritual por lugares que son valiosos precisamente por la belleza de sus entornos y la carga ambiental que los transita? Ni siquiera he hablado de cultura, y no hace falta hacerlo, porque su cultivo está hoy desatendido. Bien es cierto que la cultura ha sido alcanzada históricamente sólo por unos pocos. ¿Pero qué ocurre con la ausencia actual de intereses e inquietudes de este tipo? A veces he tenido la impresión de que los turistas buscan en los lugares que visitan un gran tesoro, y por eso avanzan sin descanso de un punto a otro como si la recompensa del viaje se encontrara al final del mismo. ¡Qué contentadizos —como llama a los turistas Umberto Eco en su Historia de las tierras y los lugares legendarios— son los viajeros del tercer milenio! Viajando buscan una meta que nunca llega; viajando persiguen un misterio que no tiene término.


Yo, como León Bloy, a veces he sentido el hastío que produce la gente cuando se mueve en manada y por motivos espurios, y horror hacia los hombres a los que el gran pensador francés consideraba "burgueses", aquellos en los que las inquietudes intelectuales o espirituales brillan por su ausencia. Y comprendo, como le ocurrió a León Bloy, que tildar de borregos, frívolos, cretinos e idiotas a los que tienes enfrente conlleva el desprecio de los necios, que, por ser abundantes, es un desprecio monumental y pesado, un desprecio maligno y celoso que dirigen contra las almas más nobles, esas que envidian al mismo tiempo que ofenden. Un desprecio, por tanto, que en el fondo es una forma de honra.



2 comentarios:

  1. ¡Es un lugar mágico! bueno es que no se conozca demasiado... tanta gente y alboroto perdería el encanto
    ¡Maravillosa Galicia y su costa da morte!

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