sábado, 21 de febrero de 2015

Una breve reflexión sobre el Arte y sobre el valor objetivo de una obra de arte

Hace ahora una semana justa cenaba yo con unos amigos (chico y chica; él, técnico de museo, ella, maestra de primaria). Y la noche se dilató lo suficiente como para tratar la cuestión del arte con cierta profundidad e interés. Yo planteé mi visión respecto al arte «moderno» y sobre todo traté de implicar a mis amigos en algo que me preocupa y sobre lo que reflexiono habitualmente: el valor objetivo de una obra de arte. ¿Puede éste conocerse, o el valor artístico de pongamos una pintura es tan subjetivo como defendía uno de ellos? El otro, por su parte, comentaba que el valor de una obra la fijan los profesionales, que son los que en su momento determinan el precio de una obra que va a salir al mercado? ¿Y las que no lo hacen? En fin, en lo que resta de artículo trataré de mostrar que esta visión relativista no es adecuada para responder a la pregunta que yo me hacía -si puede conocerse el valor objetivo de una obra de arte-, porque el precio de una obra no indica siempre lo buena que es y porque existen sin lugar a dudas criterios objetivos para valorar una obra de arte. Sin pasar por alto, claro está, que el valor real de este tipo de obras es en parte intangible, espiritual o indefinible. Por lo tanto, espero al menos desenmascarar la falcia del relativismo del gusto en la que suelen resguardarse cuantos hacen del arte una pose social y piensan que son equiparables una escultura de Miguel Ángel y otra de Chillida, o una pintura de Velázquez y otra de Kandinski, haciendo depender así el valor del arte de un criterio puramente personal.

Todo el mundo sabe que una enorme masa de personas con formación artística no tiene reparos en adherirse a las últimas creaciones, defendiendo a capa y espada las vanguardias y cualquier abstracción infumable con el propósito -inconsciente o no- de figurar, de insinuar a la plebe que ellos sí saben de arte mientras que los demás no. Por supuesto parte de la muchedumbre los sigue, como el borrego ciego es guiado por su pastor al matadero. Y aunque no se equivocan del todo los pedantes, lo hacen en parte, pasándose de listos. Puede oírseles con facilidad decir qué interesante es éste o aquél cuadro pero raramente escucharemos una justificación por su parte. Tal vez tengan algún criterio, quizá no posean ninguno. El caso es aparentar que saben de qué va el rollo abstracto u otro tipo de aberraciones artísticas. Y el que no considere que semejantes aberraciones tienen su interés, es porque no entiende de arte. A mí esta postura afectada me parece -y así lo dije con todas sus letras- una bajada de pantalones y una prostitución intelectual. Un insulto a la inteligencia, en definitiva. Pues si alguien es capaz de fingir que Miguel Ángel y Chillida -¡el poeta del hierro!- son equiparables en algún sentido es que se ha vuelto loco y no tiene remedio.

La obra de arte ha de tener un valor objetivo. Cuestión aparte es que éste sea más o menos fácil de hallar, o más o menos fácil de apreciar por personas sin formación artística, y otra cosa es que hoy en día nos quieran vender gato por liebre. ¡Hay comparaciones que son odiosas, oiga! ¡Y además indecentes! Como la que se ha establecido recientemente entre la «Mona Lisa judía» y la obra maestra de Leonardo Da Vinci, pudiendo ser la primera contemplada en breve en el Museo de Arte Contemporáneo Reina Sofía, del cual yo arrojaría el 80 % de sus fondos sin pensármelo un segundo a la insaciable hoguera de las vanidades. Sobre todo para no alimentar la paridas de los artistas lunáticos que sólo saben vender aire.

¿Pero entonces el valor real de una obra depende del criterio de un profesional? ¿Es el precio de partida en una subasta su valor real? ¿El precio de adquisición final? Mi amigo, con el que cenaba el sábado pasado, me comentaba que en la exposición temporal que habían montado hace nada había un cuadro magnífico que era de propiedad familiar y que valía mucho más del precio que pagaría nadie hoy por él en una subasta. Entonces, ¿en qué quedamos?, le dije. Claro, si los cuadros del Greco no eran apreciados en el siglo XVIII, y en el XX el interés que despierta la obra del griego de Toledo es inmenso, ¿qué pasa aquí? Lógicamente su valor real será independiente del interés que despierte una determinada obra en un momento concreto de la historia, pues tan conocedores del arte eran los críticos barrocos como los actuales. Pues bien, será suficiente una imagen para poder enseñar que el aprecio vigente por algunas creaciones infumables no es más que una presunción que no tiene base.

Por ejemplo, si se preguntase a muchas personas si pondrían en su comedor, o en el mejor espacio de su casa, Las señoritas de Avignon de Picasso, muchos no dudarían en aceptar el famoso cuadro con los brazos abiertos. Normal. ¡Cuánto podrían presumir ellos de tener en casa uno de los Picassos más populares del artista malagueño! En cambio, si en vez de la pintura original lo que le ofreciesen fuese una lámina del mismo cuadro de 15 €, nadie aceptaría colocarla ni en su cuarto de baño. ¡No les gustará tanto! Y es que el cuadro es tan feo como gran parte del arte que nos ofrecen en las galerías de los museos dedicadas al arte contemporáneo, pues habiendo obras realmente valiosa en nuestros días, las instituciones en cambio apuestan por lo degenerado, lo extravagante y lo antiestético.

A otro amigo mío, que tiene varias láminas en su casa de pinturas famosas, no se le ocurriría decorar su habitación con láminas de Miró, pero tiene enmarcadas sin embargo La rendición de Breda y el Fusilamiento de Torrijos; y no sólo porque le guste la pintura histórica, sino porque con su formación artística, que no tiene ninguna, es capaz de percibir si una obra es bella, o desagradable. Y lo que sirve para este amigo sirve para el resto de mortales. Por tanto, la afectación del crítico nada tiene que ver con el valor real de una obra de arte.

Pensemos, si no, en otra imagen que quiero proponer ahora. Cualquier persona que visita la Basílica de San Pedro de Roma -y no hace falta que sea creyente-, se siente arrobada; en cambio, el Museo Guggenhein de Bilbao produce rechazo y mareo. Una obra está orientada a transmitir belleza, la otra sólo su responsable lo sabe. Con todo, no puede ser lo mismo la complejidad técnica de la cúpula de San Pedro diseñada por Miguel Ángel, y la perfección milimétrica de cada una de sus piezas, creadas y ensambladas magistralmente por los canteros renacentistas, que un muro de acero retorcido. Así, la complejidad técnica por ejemplo es uno de los criterios objetivos que pueden alegarse para defender el valor objetivo de una obra de arte; ahora bien, complejidad orientada a transmitir belleza, que no siempre así sucede. No obstante, para el ejemplo que quiero poner a continuación me vale.

Lo cierto es que Las Meninas de Velázquez están al alcance de muy pocos. Pues su complejidad, en todos los sentidos, formales y compositivos, no pueden lograrla más que un puñado de artistas sublimes. En cambio, hacer una raya horizontal en un lienzo está al alcance de cualquier sinvergüenza. Y evidentemente el valor real de una y otra obra es aproximadamente infinito. Aun cuando un cuadro de Piet Mondrian, por ejemplo, o de Jackson Pollock, pueda venderse por millonadas estratosféricas.

Lamentablemente todavía recuerdo un conocido vídeo en el que con motivo de la Feria Arco de arte contemporáneo colaron una obra hecha por niños, los cuales extendían con alegre anarquía y con sus manos inocentes los colores sobre un lienzo; el resultado se presentó en Arco y hubo quien, para demostrar su estulticia delante del mundo entero, se hizo el entendido. El hombre que penetró en las oscuras intenciones del autor del cuadro, observando la profunda angustia que transmitía el mismo, llevará a día de hoy la cara colorada. Yo en su lugar no saldría en mucho tiempo de casa de la vergüenza. Pero eso sólo les puede pasar a los esnobs y a los pedantes, que para figurar cuánto saben hacen el ridículo en cada una de las ocasiones que tienen para demostrarlo. Razón llevaba Edmond de Goncourt al decir que «un cuadro de museo es, posiblemente, quien tiene que escuchar más tonterías en el mundo».

En fin, en realidad el valor real de una obra de arte no puede ser establecido por nadie, pues la verdadera obra de arte trasciende, pero eso no significa que no pueda saberse qué es realmente bueno y qué es una auténtica basura. Me pregunto quién puede defender que la diferencia entre el Perseo con la cabeza de Medusa de Benvenuto Cellini y una araña de Louise Bourgeois radica en el gusto. No. El argumento es sencillamente indecente. Pues como acertó en decir Nicolás Gómez Dávila: «El relativismo del gusto es la excusa que ponen las épocas que lo tienen malo».

¿O vamos a equiparar seriamente La Coronación de la Virgen de Velázquez con determinado arte cristiano actual? ¿O una pintura de John Constable con semejante Paisaje interior, o con la adjunta Montaña mágica? Nadie en su sano juicio, despojado de estupidez y presunción, verá en obras parecidas una correspondencia con las palabras de Aristóteles, según el cual el arte es dar cuerpo a la esencia secreta de las cosas y no copiar solo su apariencia. El hombre ya es bastante apariencia como para darse cuenta de esto, la verdad; pero hay que decírselo aunque le duela, pues somos verdades a medias, o si se prefiere, mentiras con patas. Y en la medida que la justicia es estrictamente dar a cada uno lo que le corresponde, el arte no puede aceptar que se valore en la misma medida que lo feo valga tanto como lo bello, que lo fácil se compare con lo virtuoso y esforzado, que lo superfluo tenga tanto nombre como lo imperecedero; en definitiva, que a lo auténtico se equipare lo falso, que se dé lugar a que un paisaje abstracto horripilante, incluso La Montaña Sainte-Victoire vista desde Lauves de todo un Cezanne, pueda ser más conocido que la Vista de Arco de Durero.

En definitiva, si el valor de una obra lo marca la moda, que sustituyan los frescos del Juicio Final de la Capilla Sixtina por la Composición VII de Wassily Kandinski; sin duda reflejará mucho mejor esta última pintura la situación actual de la Iglesia y del Mundo.

Pero también puede ser que yo sea un tipo indeseable e intolerante, retrógrado, xenófobo, machista y antisemita; y que los monumentos con los que están «embelleciendo» nuestros gobernantes cada una de nuestras ciudades y museos sean sublimes obras de arte, capaces de emocionar únicamente a los pocos entendidos de este inabarcable universo del Arte; para los cuales, o se está al día y se pondera cualquier extravagancia que cobre auge, o no eres nadie. Mira, no te ofendas, dirán: todo vale. Sobre todo si hace gracia, como el Ecce homo de la pobre Cecilia Giménez.










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