martes, 4 de agosto de 2015

Impresiones de un viaje remoto


Salvo que medie una fuerza mayor, hoy no hay europeo ni aun occidental que renuncie a un buen viaje. El turismo se ha convertido en las últimas décadas en un fenómeno podría decirse mundial, y no hay familia o pareja de enamorados que no inmortalice su éxodo en algún lugar emblemático. La necesidad de comunicarse del ser humano es algo incuestionable. Pero también hay mucho de apariencias en este peregrinaje festivo y con apenas alma. Para Ortega sería otro fenómeno de masas. Para mi abuela, un motivo por el que decir «he estado aquí y allá». Un viaje, pese a todo, es mucho más.

Concluí mi último viaje hace apenas unos cuantos días. Galicia, Asturias, Cantabria… sin olvidarme de las tierras de la vieja Castilla en las que me detuve para ir a mi destino y después regresar a casa. Con el recuerdo encendido de algunos rincones de la cornisa cantábrica, me siento impulsado sin saber muy bien por qué a escribir un puñado de impresiones motivadas por éste y otros viajes anteriores.

La primera es que a pesar del encanto de los lugares, el bullicio ahoga sus verdaderos secretos. El rumor de gentes espanta rápido al misterio, incluso la magia de ambientes que sin ésta se quedan yermos. Y si por un lado el misterio de lugares que están preñados de atmósferas especiales se recoge en grutas cada vez más abisales, nosotros por nuestra parte perdemos a pasos de gigantes la sensibilidad con la que apreciar la magia suspendida sobre determinados lugares, al estar cubiertos nuestros ojos por una neblina espesa que no hay manera de volver diáfana. Y así se vuelve profética la cita de Orwell, según el cual ver lo que tenemos delante de nuestras narices requiere un esfuerzo constante.

Las redes de carreteras, con todo el adelanto que han traído, se han llevado consigo el ambiente propicio para que empapen en nosotros los profundos mitos y las sabias leyendas. Ya nadie escucha verdades presentadas bajo la forma del cuento al calor de una hoguera. El coche ha inundado el mundo de un ruido incesante que está sofocando el espíritu, y la televisión y la revolucionaria Internet están transformando nuestros cerebros, llenándolos de imágenes y por tanto aniquilando nuestra imaginación, y de novedades vulgares y totalmente superfluas. Mientras tanto los númenes y las hadas se inmolan en masa al sentir extinguido su culto. No sin antes maldecir a la raza humana, que ha sido arrancada ya contra natura del entorno mágico que la rodea, de la naturaleza, de todo trato con el firmamento que la contempla y sus rutilantes estrellas.

Las antenas de telefonía móvil, los artilugios del demonio que nos abrasan la mollera con millones de redes inalámbricas que se entreveran, la aceleración de los tiempos y que todo el mundo va con prisa a todas partes, el trasiego incesante de coches y personas, la música popular que anega el alma y hace estéril musitar una sencilla plegaria, ¿cómo descifrar así el lenguaje arcaico de algunos parajes? Parajes algunos en los cuales todos y cada uno de nosotros deberíamos descalzarnos. Como Moisés, que fue reprendido para que recibiera con sus pies desnudos una tierra que era sagrada, en este caso el monte Horeb. Y me vienen a la mente nombres de lugares que no diré por temor a ser cómplice de aquellos que viajen y mancillen tierras de belleza sacra con su impúdica ignorancia o su miserable falta de respeto.

Y es que me he cruzado por aquí y allá con enamorados que discutían en medio de sus tan anheladas vacaciones, y con familias enteras que resoplaban como si compartiesen los dolores del parto. El objetivo, no hace falta ser muy perspicaz, es la foto. En la mayoría de los casos, se viaja para sostener una imagen, pues se discute tanto o incluso más que habitualmente, en el fragor de los días rutinarios. Y uno se fija, claro. Nadie en el balcón mientras llueve de madrugada, empapando la sorprendida naturaleza, que se muestra entonces más bella que nunca. Ni siquiera a ella se le hace ya mucho caso. Nadie en un acantilado, frente al mar, oliendo la hierba mojada y pensando en los días de historia que han visto esas costas. Nadie en las catedrales que repare en el sagrario. Nadie en los museos que no mire los rótulos que indican el nombre del autor de no sé qué cuadro. Para luego volver con estrés posvacacional, según dicen ahora. ¡Que Dios me perdone, pero vaya generación de idiotas!

Se hace imprescindible finalmente hallar el silencio. Se trata, lo veo claro, de una cuestión de salud social. ¿Habrá que hacer como el personaje de Kawabata en el País de Nieve, huir a las montañas para desear de nuevo el trato con la gente? A veces se me ocurre que soy un hereje pensando estas cosas, uno de aquellos que tratara en su Historia de los Heterodoxos Menéndez Pelayo, si no se hubiera alejado el propio Jesucristo de las multitudes para orar tranquilamente en la montaña.


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