domingo, 6 de septiembre de 2015

El campamento de los santos de Jean Raspail

Soy católico e inhumano. Católico porque confieso al Dios de Cervantes y Quevedo, al del Gran Capitán y don Juan de Austria, al de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. Y soy inhumano porque considero que Europa no debe acoger a miles de musulmanes, a riesgo de perder su identidad y quedar sometida más pronto que tarde a la secta de Mahoma. Les propongo a estas pobres personas un nuevo rumbo: Arabia Saudí, Irán, India y Pakistán. Para los buenistas de mi mundo seré una bestia sin corazón, pero ningún hijo de puta europeo protestó hace meses cuando cortaban cabezas de cristianos en Siria e Iraq. La Cristiandad ya es un ensueño del medievo; los psicópatas del Nuevo Orden Mundial trabajan a destajo para preparar la irrupción del Anticristo. Y ponen a sus altavoces satánicos, los medios de comunicación, ha decirnos qué hemos de hacer y creer. Un fin de semana leyendo El campamento de los santos es motivo suficiente para comprender que la profecía de Gadafi bien pudiera hacerse realidad en breve, siendo Europa conquistada por el Islam, no mediante las armas, sino a través del vientre de sus mujeres. Pagaremos con creces nuestra idiotez en cualquier caso. Porque no hay remedio para gentes sin Dios y sin entendimiento, para sociedades ebrias de estulticia y zombificadas por los medios.


Hace nueve días escribía en este mismo espacio un comentario sobre la tragedia de Esquilo Las Suplicantes. En esa obra se pone de manifiesto el dolor y la angustia de cuantos se ven sacudidos por la guerra. En la misma, unas mujeres piden asilo en tierras no del todo extrañas al huir de sus odiados maridos. Suplican protección. Piden con humildad, e invocan a los mismos dioses de los habitantes de Argos, esperando su compasión. Este dato no es baladí; que las suplicantes tengan la misma religión que sus protectores. Por el contrario, las hordas de musulmanes que acometen las fronteras europeas en estos días, no piden por favor; exigen su derecho a entrar en Europa y establecerse en Hamburgo o Berlín. ¡Cuándo se ha visto eso! Y se supone que hay millones de refugiados a las puertas, llamando con fuerza.

El campamento de los santos, el libro del que me aprovecho para lanzar esta crítica contra los gobernantes europeos y el anestesiado ganado que los apoya, parece superar las predicciones de Nostradamus y el mismísimo Julio Verne. Los vaticinios de estos parecen juegos de niños comparado con la novela de Jean Raspail, que en estos momentos parece consumarse. En la novela de Raspail, escrita en 1973, Occidente es invadido de repente por millones de personas necesitadas. Ya no llegan los inmigrantes en pequeñas embarcaciones, como un goteo de seres errantes; ahora millones de refugiados se presentan ante las fronteras del mundo «desarrollado». Los interrogantes de esta novela plantean escenarios inquietantes. ¿Cómo habría de responder Europa ante una invasión semejante? ¿Serían estos millones de personas una bendición para el envejecido continente, o, por el contrario, significaría su llegada el fin de toda una civilización?

Quizá estemos a un paso de descubrirlo. Mientras tanto, el demonio de Francisco, que cada vez que cita la Escritura hace temblar los huesos de San Pedro, se rasga las vestiduras y ordena a cada parroquia que acoja a una familia de musulmanes; pero no alzó la voz de igual manera para urgir la defensa de los cristianos masacrados en Oriente Medio. 

Parar la guerra para que estas personas regresen a sus hogares es la solución a este drama humano. Y así se ha pronunciado el patriarca melquita Gregorio III Laham: «Esperamos la paz, no palabras sobre emigrantes y discursos de bienvenida». ¡Pero cómo van a parar la guerra aquellos que la han provocado!





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