sábado, 12 de diciembre de 2015

Cantar de mio Cid: Primera gran obra de la literatura castellana

Prescindiendo de las discusiones relacionadas con la autoría del manuscrito, y de otros asuntos peliagudos propios del texto, del que ya se han ocupado por cierto, y muy seriamente, especialistas como don Ramón Menéndez Pidal, la historia del Cantar de mio Cid es motivo suficiente para proporcionar a cualquier lector una experiencia literaria plena y emocionante. No en vano se trata de la primera gran obra de la literatura castellana; uno de los pocos cantares de gesta que se conservan, y un testimonio único por tanto de una época desconocida por el gran público, pero rica sin embargo en personajes y expresiones artísticas.


Es en el ecuador de la Edad Media cuando surgen estas narraciones épicas de gran extensión compuestas en verso, conocidas como cantares de gesta. Narran las hazañas de grandes héroes contemporáneos, y son transmitidas oralmente por juglares, que las acercan a un pueblo ávido de relatos donde los héroes defienden a su pueblo y vencen finalmente a sus enemigos. El Cantar de mio Cid, compuesto seguramente a principios del siglo XIII, tiene por protagonista a un personaje histórico, Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, que vivió en la segunda mitad del siglo XI, y que es presentado aquí como guerrero victorioso, vasallo ejemplar y magnífico padre y esposo.

Menéndez Pidal dividió el Poema en tres cantares, prevaleciendo desde entonces su criterio filológico. Así, el Cantar del Destierro es seguido por el Cantar de las bodas, y éste, por el último cantar: La afrenta de Corpes. El autor, o autores anónimos, conocía, por su fidelidad a la realidad histórica, los hechos que narra. El marco, como es conocido por todo el mundo, es la España de la Reconquista, en el siglo XI (Toledo es recuperada en 1085).

El relato épico comienza así pues con un momento de tensión producido por una injusticia. El Cid es desterrado por el rey Alfonso VI, después de haber prestado valiosos servicios como recaudador de tributos en tierra de moros. El héroe marcha entonces de Vivar a Burgos, donde el rey ha prohibido que se le brinde hospitalidad. Pero el Cid no se desanima. Y su salida de Burgos resulta impresionante: El Cid se encomienda a la Virgen y le pide que lo guíe en adelante:


La cara de su caballo - vuelve hacia Santa María,
alza su mano derecha - y la cara se santigua:
«¡A Ti lo agradezco Dios, - que el cielo y la tierra guías;
que me valgan tus auxilios, - gloriosa Santa María!
Aquí a Castilla abandono, - puesto que el rey me expatría;
¡Quién sabe si volveré - en los días de mi vida!
¡Que vuestro favor me valga, - oh Gloriosa, en mi salida
y que me ayude y socorra - en la noche y en el día!
Si así lo hicieseis, oh Virgen - y la ventura me auxilia,
a vuestro altar mandaré - mis donaciones más ricas;
en deuda quedo con Vos - de haceros cantar mil misas»

La exclamación del Cid acerca de sus restantes días es impactante. ¡Quién sabe si volveré en los días de mi vida!, proclama. Y las carnes de uno se abren. Sin ninguna villa que lo acoja, el Cid recurre a los frailes del monasterio de San Pedro de Cardeña, donde son recibidas su mujer y su hija. Pero el Cid ha de marchar. En tierras aragonesas obtendrá brillantes victorias frente a los moros y meterá en vereda al conde de Barcelona, Berenguer Ramón, aliado de los mahometanos. Ya en el Cantar de las bodas el Cid ganará Valencia, y esta última victoria hará recapacitar al rey Alfonso, que perdonará después de todo a su buen vasallo, el cual ha estado enviándole presentes de cada batalla coronada de gloria.

No obstante, cuando las cosas parecen arreglarse, la envidia de los condes de Carrión enturbia de nuevo la suerte del Cid. Con malas intenciones éstos piden en matrimonio a las hijas del noble soldado. El rey ve el enlace con buenos ojos, y el Cid finalmente accede en contra de su voluntad. En la última parte del Cantar se produce la afrenta de Corpes. Doña Elvira y doña Sol son azotadas brutalmente por sus maridos, dejándolas medio muertas. Naturalmente el Cid reclama justicia al rey, su señor. Finalmente los paladines del Cid desafían a los salvajes yernos de su señor y los derrotan. El poema termina con el anuncio del matrimonio de las hijas del Cid con los príncipes de Navarra y Aragón. El ascenso del Cid ha sido después de todo fulminante. Se trata de un hombre justo y virtuoso que al final de sus días estrecha lazos de sangre con la realeza. Un ser, en último término, que puede llamarse dichoso.

Es por tanto el Cid, como personaje mítico o literario, lo que me interesa en este momento. Para hacer notar sobre todo el relieve de figuras como éstas, de las que este mundo está tan hambriento. Al contrario de héroes sobrehumanos como Roland, el héroe del Cantar de mio Cid es totalmente humano. Sus virtudes son heroicas, claro está, pero no superan los límites físicos porque él no está libre de las contingencias propias de los de su especie. Es el Cid así pues un hombre íntegro. Valiente ante los reveses del destino. El vasallo más leal. Familiar y cariñoso hasta el extremo con los más cercanos. Y por supuesto piadoso, pues da cumplida cuenta a Dios de todos los favores recibidos.

No es extraño, por tanto, que un ángel del Señor consuele al desterrado en su última noche en Castilla y éste reaccione marcando el signo de la cruz sobre su frente. No hay que olvidar que no era precisamente el Cid un monigote, sino un soldado del rey castellano, un guerrero que lidió con la muerte y derramó abundante sangre enemiga. Un fervoroso cristiano que al rey y a Dios servía con espada en mano... 

No dejaré de preguntarme, me temo, qué hace justo a un hombre a los ojos de Dios. Menos vacilaciones me crea la grandeza del protagonista de este Cantar. No en vano el Cid es héroe por aclamación popular.


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