domingo, 10 de enero de 2016

Monasterio de El Escorial, corazón del Sacro Imperio Cristiano y último baluarte español


Con añoranza vuelven a posarse mis ojos en los muros del Monasterio de El Escorial. Llovía cuando me acostaba anoche en el corazón del muy Cristiano Imperio Español, como si los ángeles llorasen por una civilización que tantas gracias ha merecido, pero a la que aguarda, sin esperarlo, una inminente ruina. 

La impresión que me produce la visión de este templo, sin saber por qué, encuentra siempre eco en el interior de mi cuerpo. Esta vez hay en mi corazón admiración y pena, no sólo maravilla. Por enésima vez vine a este lugar para contemplar estos muros prodigiosos, a invocar quizá la intercesión de San Benito, patrón de Europa, porque Europa está hecha migajas. Lo cierto es que la gran civilización europea está siendo invadida de forma silenciosa pero bien visible por un tropel de moros a los que se les ha dado alas —significativa paradoja— desde las mismas instituciones públicas europeas, cuyos miembros, por cierto, son títeres de las organizaciones masónicas. Por eso vislumbro para muy pronto motines peores que los que se han dado en Colonia. Pero no es el islam la única amenaza de Europa, son sobre todo los propios europeos que han consentido este desmadre que acabará en inmensa desgracia. Las políticas progresistas, el buenismo, el estercolero televisivo, el lavado de cerebro hollywoodiense, la tiranía relativista, la apostasía vaticana, la manipulación asquerosa de los medios, la educación misérrima, la ideología de «género», la enfermedad espiritual y ética, el culto a lo artificial, a lo postizo... Demasiados frentes convergen para hacer frente a todo esto.


Me pregunto por qué no habla nadie con claridad de una vez por todas. En España, a la vanguardia del buenismo y otras ideologías progres han estado, como es lógico, el Partido Comunista (Izquierda Unida) y el PSOE, ahora secundados por Podemos, en realidad porque lo llevan en su ADN; y por supuesto no sin el beneplácito del PP, que en algunas cuestiones incluso ha superado a aquéllos en semejantes delirios, no fuera a ser menos que los otros, y porque en el fondo también es un partido controlado por la masonería, como Ciudadanos, tan progre como los demás, y podría decirse que con más mollera que el resto (en la cuestión de la defensa nacional) si no fuera porque todos representan distintos caminos que conducen al abismo. Y esto ya no hay quien lo revierta. Porque nos vendieron una forma de gobierno llamada democracia y con ella han traído la maldición que la acompaña; a saber: laicismo radical y relativismo axiológico.

Por esto mismo las democracias a fin de cuentas se parecen al coño de la Bernarda.


Oswald Spengler defendió, en su famosa obra La decadencia de Occidente, que todas las culturas o civilizaciones experimentan varias fases, la última de las cuales es la de su declive. Y se atrevía a asegurar, hace unas pocas décadas tan sólo, que en Occidente el sol ya se estaba poniendo. Quizá sea irremediable a fin de cuentas. Pero el suicidio civilizacional, a mi juicio, es algo completamente nuevo. 

He regresado a San Lorenzo de El Escorial más bien buscando refugio. Perseguía esa paz interior que en los últimos días me había abandonado, fruto tal vez del caótico trasiego navideño, esa paz, como digo, que vale más que todo el oro del mundo escondido en las entrañas de la tierra. Una paz que a veces también me roba saber que hace falta un milagro para que Europa no vuelva a ser empapada de sangre. O sometida bajo una dictadura «democrática» de la peor especie. 

Precisamente en la Cripta Real he sentido la tristeza de los Reyes, convertidos en huesos y ceniza. Los restos de Carlos V y Felipe II descansan en este espacio sagrado y sorprendente, abrumados, me ha parecido a mí, por el destino final del Sacro Imperio Germánico, de la Europa cristiana por la cual gastaron hasta su último hálito de vida. Pero aquí ya no hay más que presagios de muerte. De hecho, ya no caben más ilustres huéspedes. En fin, ni en este espacio imponente he hallado la quietud que buscaba; hasta los muertos parecen estremecerse, incómodos en sus tumbas sublimes.

He dejado para el final, con la esperanza todavía viva, el Cristo de Cellini, al que he venerado, con gran emoción, envuelto aún en el silencio sacro que traía del Panteón de los Reyes. Pero sigo turbado. Sin la ataraxia anhelada que tanta falta me hacía. 

La más hermosa imagen renacentista de Cristo seguía clavada en la cruz cuando me he despedido. Me ha parecido entender que no va a mover ni un sólo dedo cuando los rigores comiencen. El Hijo ya no puede aplazar por más tiempo la santa ira que se avecina.  



1 comentario:

  1. Comparto absolutamente la impresión que transmite en este artículo. Es más, me parece muy consolador y reconfortante para los que nos sentimos tan solos in partibus infidelium. Recordando al gran Nicolás Gómez Dávila " A la lucidez de ciertos momentos la acompaña a veces la sensación de velar sólo en una ciudad dormida"

    ResponderEliminar