sábado, 6 de febrero de 2016

Oro y humo, mi segunda piel

De repente, de camino a casa, me llega un whatsapp de un viejo amigo, el más viejo en realidad, porque nos conocimos en la guardería: «Ya sé que a ti la música no te va mucho —dice— pero la letra está muy bien. Luego me cuentas qué te parece». Me envía un enlace para ver la canción en Youtube. Una vez en casa, me pongo cómodo y la escucho. Le comento a mi amigo que desde luego no es El encantamiento de Viernes Santo del Parsifal pero que en su registro la canción me ha gustado mucho. Es la verdad. Sobre todo me ha sorprendido su letra. Por lo visto todavía hay personas en el mundo que reconocen la mentira que supone pretender escalar los cielos y creerse igual a Dios. ¿Será posible?


Mi amigo sabe que la música no es mi gran debilidad. Tolero cualquier música, sin embargo, pero mi favorita es el silencio. Y aunque mi ignorancia en este arte mayúsculo del espíritu humano es oceánica, escucho a menudo piezas clásicas y todo tipo de música sacra. La basura popular es otra cosa bien distinta. Huyo de ésta como los vampiros de los ajos. Sé por experiencia que la música comercial actual tiene por función desecar las almas, saturarlas, extinguir la necesidad de elevación propia del espíritu humano.


Pero la letra de esta canción me ha traído a la memoria algo que comentaba hace algo más de una semana en la presentación mi último libro, ¿Existe Dios? En la conferencia, como digo, comentaba que el ser humano es un ser contingente, que no tiene vida en sí mismo, que no tiene en sí mismo la razón de su existencia. Decía que toda persona procede de otra, que nadie elige nacer, que nadie se da a sí mismo la vida. Y utilicé dos imágenes para subrayar esta idea. Comenté que dos elementos básicos para la conservación de la vida humana son el oxígeno y el alimento. Dos elementos, en efecto, que nos vienen de fuera, que no hallamos dentro de nosotros, y que precisamos ineludiblemente para seguir existiendo. Pero mientras el oxígeno no requiere esfuerzo para asumirlo en nuestro organismo, el alimento sí hay que salir a buscarlo. En fin, no puedo extenderme en estas cuestiones. Lo que buscaba con estas ideas era advertir a los asistentes que somos ciertamente seres dependientes. Por otro lado, constaté que todo ser humano es mortal, que no hay persona que no muera, quiera o no quiera. Y en este sentido se imponía decir de tal ser que es realmente débil; un ser por consiguiente cuyas fuerzas están contadas, pues quiera o no quiera, morirá, y no sólo él, sino aquellos que ama. ¿Y qué locura será ésta, si este ser frágil y dependiente de vez en cuando se engríe y, poseído por la soberbia, se endiosa y se cree invulnerable?


Pues bien, sobre esto habla la feliz canción que mi amigo quería que escuchara. 

Desde luego comienza fuerte. Arranca de hecho con una afirmación indiscutible: «nos creemos fuertes, piedra y espada intocable». Y en seguida, a modo de poética confesión, hace saltar todo por los aires: «Y basta una ráfaga de viento para tumbarme». ¡Cuánta verdad hay en estas dos frases! Y pese a todo, rendimos culto en este podrido mundo a la falsedad y las apariencias. Debajo del oro y el humo, que es nuestra segunda piel, nuestro burdo disfraz más bien, escondemos verdades que no queremos que la luz haga públicas. No queremos reconocer que siempre se depende de alguien, no queremos reconocer que debemos agradecimiento a muchas personas, no queremos reconocer que a nuestro alrededor hay seres mejor que nosotros, no queremos reconocer que llevamos en el alma ciertas heridas, lo solos que estamos, queremos por el contrario seguir creyendo que es posible rendir culto a lo que nada es y nada vale. Polvo y ceniza que se envanece aunque su vida sobre la tierra tenga fecha de caducidad.

Y así, se pregunta esta inusual canción, haciendo metafísica con las estrofas finales, ¿«qué pasará cuando alguien sople y ese polvo salga volando»? Sí. ¿Qué pasara cuando «en vez de oro lo que asome sea carne y nuestro cuerpo pálido temblando?». ¡Qué gran pregunta! ¿Qué pasará cuando alguien sople y ese humo salga volando y en vez de focos, de los encantos del mundo con los cuales nos deslumbramos, «el sol de la tarde nos impida seguir disimulando?».

Por desgracia, me parece que muy pocos saben ya que el oro de nuestras caretas y los focos bajo los cuales nos gusta ser enfocados, no son más que ese humo del que habla esta canción, oro y humo «que no deja ver», ilusión, vana fantasía; hombres que se creen dioses, y que por eso mismo no pueden hacer otra cosa que mirarse el ombligo. 

¿Será tarde para esta gente cuando el hermoso sol de la tarde les haga levantar la vista y contemplarle? ¿Qué pasará cuando alguien sople y los ídolos se caigan? ¿Sabrán los hijos de Narciso y Prometeo adónde aferrarse?





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