viernes, 4 de marzo de 2016

Un mundo oscuro y agresivo

El mundo es cada día que pasa más oscuro, agresivo y hostil. O tal vez sea una distorsión de mi mirada. Yo todavía recuerdo, no hace tantos años en realidad, cómo se dormía en los pueblos con las puertas de entrada a las casas abiertas; con las puertas de par en par, quiero decir, y no sólo con la llave sin echar. En estos momentos, esto mismo es absolutamente inconcebible.

En España, al menos, el crimen perverso de Alcácer significó un punto de inflexión. El mundo ya no era tan seguro como antes. Las madres estrechaban el cerco en torno a sus hijos y los padres imponían horarios más estrictos para salir de marcha. Aquellos crímenes siguen sucediendo, pero a nadie le importa lo más mínimo. A nadie le importa nada en realidad si no es directamente afectado por una injusticia de ese o cualquier otro tipo. Como a nadie le importa que por las calles de Moscú haya paseado hace unos días la cabeza de una niña su mahometana cuidadora. ¿Se habrán enterado siquiera? Pero más allá de esto, por entonces, en 1992, los ordenadores iniciaban su conquista de los hogares españoles, y la revolución de Internet estaba a punto abducir a medio planeta.


La televisión, instrumento envenenador por excelencia, ha contribuido enormemente a enrarecer el ambiente. Ha esparcido mentiras, inmundicias, y la peor versión del ser humano. Pudiera ser sin embargo una herramienta fabulosa para educar a las masas, pero es por el contrario un medio para degradarlas. ¿Quién está detrás de este proyecto? Yo he indagado lo suficiente y sé quiénes son los hijos de las tinieblas que están detrás de todo esto, pero saberlo o no, de poco sirve; lo decisivo es si a estos lobos se les da la espalda o si, en cambio, se les deja entrar en casa para que con nuestro consentimiento emponzoñen nuestras almas. Lo cierto es que hoy toda la tierra, maravillada, sigue a la bestia. Lo puede comprobar cualquiera echando un vistazo a las redes sociales. Entonces es cuando uno entiende que la partida la va ganando el diablo, porque el odio es una constante en todas partes.


Y como es lógico, esta proyección del mundo se refleja en la calle. Lo vemos en personas iracundas y maleducadas, superficiales hasta la nausea, vulgares y ruines, falsos y envidiosos, maldicentes, es decir, vomitorios andantes, o por mejor decir, gentuza infame, como ha dicho cierto novelista. Y son mis vecinos, en definitiva; mis conocidos y amigos, mis familiares. No hace falta irse muy lejos; cada cual tiene cerca ejemplos de cuanto digo. Individuos con los que no vale la pena ni mentar palabra. Sujetos y sujetas, en definitiva, con más leyes que el talmud babilónico, incoherentes hasta el paroxismo, tontos del culo y lerdas que no valen ni siquiera una mierda, una mierda cualquiera de esas con las que nuestras mascotas nos obsequian en las aceras de nuestras ciudades, y que crecen en las mismas exponencialmente, a pesar de que exponencialmente se multiplican en los ayuntamientos las unidades verdes. 


El pueblo ha renunciado desde hace mucho a la vida auténtica, a la vida responsable y madura, aceptando la tutela del Estado, para vivir como simples infantes. El pueblo, en realidad, con tener pienso y entretenimiento tiene bastante. La gente ya tiene suficientes Mcdonals para comer y payasos en los que mirarse. 

¿Pero no habrá entre tantos imbéciles gente buena? La hay, y muy decente. ¿Y va a ser toda esta gente buena sepultada entre tanto estiércol, abrumada por tanto necio, asustada hasta tal punto que ya no estén dispuestos a dar la cara o a manifestar su fe en público? Recuerden entonces los que reconocen a un sólo Señor que existe esa luz que permite orientarse en este oscuro mundo, una luz que supone al final nuestro único motivo de esperanza.


Así, dirá Jesús, «todo el que escucha mis palabras y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero ésta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca. Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: ésta se derrumbó, y su ruina fue grande».


Pues eso mismo. Los cristianos podemos estar tranquilos si seguimos con autenticidad a Cristo. El mundo será todo lo oscuro y agresivo que tenga que ser, pero podremos dormir con las puertas de nuestras casas abiertas. El diablo cuenta las victorias por miles, y no tiene bastante, no tiene bastante porque sabe que al final de la historia quien vence es Cristo, el hombre que le derrotó en las tentaciones. Por eso los que desprecian lo que el Hijo de Dios hizo por ellos, cierren sus casas o no, atesoren fortunas o blasfemen en chándal, no tendrán quién les ampare. Y se engañarán a sí mismos si creen que pueden burlarse del Altísimo. Si creen, en definitiva, que el Altísimo, cuando les llegue su hora, tendrá piedad de ellos, si ellos en vida despreciaron al que tendrán por juez cuando, como toda rata, se mueran.

Antes de eso, nos alcanzará el castigo, no cabe duda. Es la firme ley teológica que esclarece la historia. Porque Europa es ahora la mujer que monta la bestia del Apocalipsis y los pueblos cristianos han dejado de serlo. Resuenen en La Cueva, por tanto, los ayes del presbítero Julio Meinvielle, a ver si Europa y España comprenden que las campanas doblan ya por el Viejo Continente: «¡ay de los pueblos cristianos si llega un día en que olvidan que su Salud es Cristo! ¡Ay de la Europa si llega un día en que quieren romper los suavísimos lazos que la unen a la Santa Iglesia de Dios!».


1 comentario:

  1. Leo su post tras asistir al derribo de la iglesia de los Corazonistas, tercera iglesia derruida en 250 metros y en 30 años en la "Muy noble, leal y valerosa" villa en la que habito.Me siguen desfigurando el mapa de mi niñez.
    Las imágenes de su blog (que dicho sea de paso, me parece excepcional, tanto por su estética como por su contenido, y del que soy gran publicista)reflejan perfectamente cómo me siento.

    Suscribo totalmente todo lo que dice. Y me parece de una ceguera sobrenatural, que esta sociedad corrupta y hedonista, abortista y degenerada, de tanto festejar las gilipolleces de la furcia televisiva de turno o los goles del analfabeto engominado, no vea que esto se hunde, y no tendremos a un San Agustín que con una "De civitate Dei" dignifique la caída.

    Haddock.

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