domingo, 10 de julio de 2016

Fahrenheit 451 de Ray Bradbury

Están de moda las distopías, y me pregunto por qué. ¿Intuición de lo que está por venir o aculturación programada por determinadas élites? En el cine este subgénero cuenta con excelentes películas (Metrópolis, Blade Runner, Gattaca o Matrix). En los últimos años han aparecido cintas como Calle Cloverfield 10 o La noche de las bestias; no sabría decir cuál es más inquietante. La literatura, por su parte, también ha sido generosa con esta temática. Me acuerdo a bote pronto de 1984, Un mundo feliz, Soy Leyenda, y más recientemente La carretera de mi admirado Cormac McCarthy o Los juegos del hambre. He de reconocer que algunas de estas obras me han reafirmado en la idea de que este mundo —horrible si es mirado sin venda— puede ser todavía peor. Pero también me han hecho comprender que en parte ya vivimos en las pesadillas que describen esos libros y películas. Fahrenheit 451 es hoy realidad en Barcelona.

La obra más celebrada de Ray Bradbury cuenta la historia de Montag, un bombero del futuro, un hombre que no es precisamente feliz en un mundo en el que la autoridad prescribe para todos la felicidad a la fuerza. Montag asume por tanto su desdicha con la resignación de un antiguo siervo de la gleba. Y eso que su trabajo parece divertido. Montag pertenece a una extraña brigada de bomberos cuya misión, por paradójico que resulte, no es la de apagar incendios, sino la de provocarlos. Y lo que habrán de quemar serán los libros que vayan encontrando.

El mundo que describe Bradbury en su más conocida distopía no permite la lectura. En ese infeliz mundo imaginario está prohibido leer. En el fondo se trata de mutilar el pensamiento. Las autoridades pretenden a toda costa que la población no piense, y por eso, en virtud de su mentalidad burocrática, prohíben el pensamiento y los libros. El infierno de Fahrenheit 451 no puede ser más convincente. Bien mirado, los medios de comunicación y los políticos son hoy la policía del pensamiento de este libro. No estoy exagerando, y mucho menos bromeando. El autor de este libro dejó para la posteridad una frase que refleja a la perfección la obra de la televisión, el resto de medios y los políticos serviles al sistema mundialista antihumano: «Si no quieres que un hombre sea políticamente desgraciado, no lo preocupes mostrándole dos aspectos de una misma cuestión. Muéstrale uno». Es lo que tratan de imponernos, cada vez de forma más descarada e impaciente. El pensamiento único, la verdad oficial, y los hechos tal y como interesan a quienes manejan el potaje de esta ficción infernal.

¡Pero qué más da! Como el propio Montag piensa, «nadie escucha ya. No puedo hablar a las paredes, porque éstas están chillándome a mí». En ocasiones he defendido que la literatura puede ser beneficiosa o perjudicial. No he creído nunca en la idolatría del libro, a pesar de que, usando un lenguaje religioso, puedo decir que los amo. No he idealizado la literatura jamás. Pero no carecen de sabiduría las palabras de Santa Teresa al decir: «lee y conducirás, pues si no lees, serás conducido». Así, de la misma manera que idealizar la lectura me parece un error, defiendo, convencidísimo, la responsabilidad de cada persona para hacerse cargo de sus propias lecturas. 

Los libros, de hecho, están, como expresa brillantemente este libro, para recordarnos lo tontos y estúpidos que somos. Son la guardia pretoriana de César, susurrando mientras tiene lugar el desfile final por la avenida: «Recuerda, César, que eres mortal». Pero la autoridad quiere siervos, y siervos tendrá si Dios por medio de los justos no lo remedia.

Al inicio de estas líneas decía que esta pesadilla se ha hecho real en Barcelona. En realidad hace tiempo que ha comenzado. Uno de sus capítulos más infaustos es el enésimo latrocinio que ha sufrido el librero barcelonés Pedro Varela. De Librería Europa, propiedad de este buen hombre, un servidor tiene una buena colección de obras; libros que por lo visto no pasan la censura ominosa del Sistema, pero que a mí me han permitido estudiar seriamente algunos temas, y poder enfrentar diferentes versiones históricas. Así descubrí por ejemplo las obras de Salvador Borrego o David Irving (indispensables para entender la Segunda Guerra Mundial y el mundo presente), reliquias como El crimen de Katyn, o los heroicos textos del Padre Julio Meinvielle. Incluso me dio la oportunidad, hace muchos años, de leer el Mein Kampf, que este año ha irrumpido en las librerías por el cese de los derechos de edición en una edición vergonzosa y viciada. Porque claro, no es aceptable que alguien quiera conocer de primera mano qué pensaba Hitler, para sacar por sí mismo sus propias conclusiones. No. Esas ocurrencias han de ser penadas por los fiscales del odio, porque en realidad son inclinaciones filonazis. Sin embargo, a mí me mandaron leer en la Universidad La ideología alemana y El manifiesto comunista de Karl Marx para adquirir las claves interpretativas de la historia, pues sobre eso versaba mi trabajo final de la asignatura. Y no denuncié a mi profesor, confieso comunista y paleto. 

En fin, a este paso se avecina una purga como la que anuncia la tercera entrega de la película distópica La noche de las bestias. Película cuyo trasfondo no puede dar más miedo. O una servidumbre voluntaria y silenciosa. Me da lo mismo. Los que deberían temblar en realidad son los malvados, para los cuales no habrá paz, pues son malditos, y malditos sean para siempre por corromper a tanta gente buena. Yo, como mal testigo de Cristo, sé que aunque los justos callasen, las piedras hablarían.

Por eso ahora me pondré cómodo para ver el fútbol. La antaño orgullosa Francia, Hija Primogénita de la Iglesia, se juega la Copa de África. Un acontecimiento imperdible. Y un signo más de decadencia.



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