jueves, 11 de agosto de 2016

Retomo el pulso de La cueva de los libros

Retomo el pulso de La cueva de los libros después de una tregua que nunca ha existido, porque en realidad no he dejado de pensar en este espacio y tampoco he soltado de mis manos los libros. Sí he tenido tiempo sin embargo de reflexionar sobre este proyecto, de valorar mi exposición en el mismo, de mis propósitos y designios, y de cómo ejercer mi compromiso con el mundo en el que vivo sin acusar demasiado el desgaste. Pues si barajé hace semanas un alto en el camino, fue porque un exceso de mundo me había robado una paz interior que no hube de soltar nunca.

Ahora, tras dedicarme un tiempo a mí mismo (si es comprensible la expresión), sé cómo he de manejar esta indigestión de ruido para minimizar sus efectos.

Las razones de tal desasosiego eran múltiples. Sería imposible enumerarlas todas, y no encuentro la gracia para hacer un resumen sucinto. Las razones personales me las guardo, pero tienen que ver con mi letargo espiritual; las demás, si es que no son acaso personales también, me afectaron demasiado, sin ser nada del otro mundo tal vez, o todo lo contrario, pero gotas al fin y al cabo de un vaso que se acabó derramando.

Por una parte, las noticias del mundo son lamentables, y yo venía amontonando informaciones, estudios e indagaciones como para caer enfermo. De este zambullido, lógicamente, uno solo puede emerger como médium. Por eso vislumbro muy cercana una catástrofe que nos afectará a todos, y que nos sorprenderá como sorprendió la Gran Guerra a una población europea que atravesaba la Belle Époque y se creía segura. O quizá la catástrofe no sea repentina, sino de repente irremediable. Me gustaría equivocarme. Aunque creo que el mayor error sería no entender que la calamidad mayor es ya realidad, al haber sido arrancada la fe de millones de almas. Las autoridades, además, se han revelado como monstruos insufribles, verdaderos engañabobos que asfixian a las sociedades y persiguen un pensamiento único. En muchos aspectos Orwell ha sido superado. Cierran librerías de personas decentes, crean fiscales del odio, fomentan todas las perversiones, promueven deliberadamente la invasión islámica y la mezcla de religiones, montan de la nada ejércitos como ISIS, sacrifican personas en atentados cuyo único objetivo es amedrentar, soliviantar y provocar un choque de civilizaciones. La decadencia se aprecia en todos los órdenes, y el mundo ya es para cualquier persona sensible un lugar insalubre. En fin, veo más claro que nunca que el príncipe de este mundo es el diablo. Porque es la Mentira quien reina con plena autonomía. Porque la Mentira que nos están haciendo tragar es de dimensiones astronómicas.

De otro lado, llevo más de cinco años acumulando comentarios en este espacio hasta el punto que La cueva de los libros se ha convertido para mí en una especie de obsesión. El esfuerzo sin duda acaba deteriorando, pues al tiempo que dedico atenciones al blog he de ocuparme del estudio, del trabajo, de un amor por los libros que resulta insaciable, de diversas investigaciones y obras de creación que no pueden ser atendidas a partes iguales. Y he tenido que decir basta. Por lo visto me había llegado el momento de respirar hondo. Afortunadamente, las personas que me escriben al correo dándome las gracias por lo que escribo en La cueva de los libros, o comentando lo que le sugieren mis observaciones a los mismos, son para mí verdadero aire fresco. Por eso no me olvido de ellos, y ellos no deben temer tampoco por un espacio por el cual me desvelo para hacerlo cada día más acogedor y admirable.

A todos ellos mi agradecimiento sincero, lectores que me han escrito para animarme, al enterarse de que me tomaba un tiempo de reflexión y detenía las publicaciones.

Retomo por tanto el pulso de La cueva de los libros. Esta vez con más conocimiento, y sin ningún remordimiento por la marcha del mundo mientras yo me ocupo aparentemente solo de literatura y arte. Deseo sin duda seguir compartiendo mi pasión por el conocimiento, al menos mientras esto sea posible. Pero poniéndome a resguardo de los efectos nocivos del mundo: disfrutando de los pequeños placeres de la vida (cada uno tendrá los suyos, y los míos para mí me los reservo), huyendo como de la peste de la estupidez que transpiran los medios de comunicación y las redes sociales; y, sobre todo, honrando en mis quehaceres cotidianos a Dios, que es el primero de mis deberes como hombre, sin que haya otro mayor ni más reconfortante.

Tomás de Kempis, en el capítulo 20 de su Imitación de Cristo (Del amor a la soledad y al silencio) me ha venido punzando tiempo ha con estas inspiradas palabras:

Los mayores Santos evitaban cuanto podían la compañía de los hombres, y elegían el vivir para Dios en su retiro.
Dijo uno: “Cuantas veces estuve entre los hombres, volví menos hombre”. Lo cual experimentamos cada día cuando hablamos mucho.
Más fácil cosa es callar siempre que hablar sin errar.

Pues bien, yo en un espacio como éste he de hablar mucho. Por desgracia o por fortuna. Espero con todo no hacerlo de más. Mi intención, como siempre, es que lo que diga sea sustancioso, que lo aquí tratado suponga un oasis para quienes entren en esta biblioteca especial, y que de su paso por este sitio se lleven siempre algo nutritivo, pues de voces triviales está lleno el mundo.


3 comentarios:

  1. Estimao Luis: Creo que tu análisis de la situación actual es cierto y certero. Lo único que vislumbro en tu pesimismo (que comparto) es que nos falta fe en la acción del Espíritu Santo que actuará y dejará ver la fortaleza del Omnipotente.
    Saludos.

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  2. Coincido en todo contigo. Es cierto que nos falta a los creyentes esa fe en la victoria final. Salvador Borrego en La Cruz y la Espada advierte esto mismo al final de su libro: Sabemos que el Espíritu Santo se impondrá, pero hace falta una intervención sobrenatural para remediar este estado de cosas, una intervención que no concebimos cómo se podrá manifestar, pues el panorama es desolador.

    Respecto a la visión pesimista u optimista. Me gusta más el enfoque de Lulú Thiberville en El despertar de la señorita Prim. En ese gran libro, la anciana enseña a Prudencia que no hay centinelas pesimistas u optimistas. Hay centinelas despiertos y centinelas dormidos.

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  3. ¡Bienvenido de vuelta!

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