jueves, 1 de diciembre de 2016

El tiempo todo lo devora

Veo a Saturno devorando a su hijo con saña intemporal. Goya lo pinta loco, maldito, surgiendo de un fondo oscuro para acabar con todo rastro de materia y humanidad. Es un engendro, como un espectro furioso que no ha encontrado descanso en el más allá. Rubens, en cambio, lo presenta añoso y solícito, pero no senil, pues devora con satisfacción y en nada se advierte su decadencia física; muy al contrario, se le ve en plena forma, y con un apetito desmesurado, inmortal. Ambos son caníbales. Y sin embargo no representan el odio, sino el tiempo que todo lo devora. Saturno (o Cronos, según se quiera) es la encarnación de esa dimensión física que representa la sucesión de estados por los que pasa la materia hasta su destrucción final.


Me vienen a la mente las palabras de Gracián: "Todo lo que nos pertenece es el tiempo". Esto vendría a significar que sólo somos dueños de nuestro propio destino. Esta posesión es ciertamente inquietante, porque invita a hacer uso de ella. Más bien nos fuerza a ejercerla, hasta el punto de que al no tomar partido ya lo estamos tomando. Será que la forma de gastar el tiempo verdaderamente importa. Y más que la forma, el objeto, la finalidad de cuanto hacemos. Sea como fuere, el tiempo acaba devorando todas las cosas: "tempus edax rerum", diría Ovidio. Parece entonces una burla, un engaño sádico. Quevedo se fija en que el tiempo "ni vuelve ni tropieza", y Fray Luis de León entiende que es un ser hambriento, famélico, implacable y voraz. Quiere persuadirnos de que no hay ninguna promesa que él no pueda desbaratar, ni esperanza que humillar.


¿Pero es posible que devorar a un niño sea casualidad? El mito relata que Saturno-Cronos reacciona contra un vaticinio que augura para él una futura desgracia: Gea le asegura que perderá su reinado a manos de sus hijos. En consecuencia los devora. Sin piedad. Con una ansiedad satánica. Con un vértigo infernal. El mito aquí se presta ha ser estrujado y examinado con lupa, y eso es lo que en mí suscita una visión distinta de los cuadros de Rubens y Goya. Saturno-Cronos es el tiempo, tiempo que en forma de figura devora a un niño, símbolo de toda pureza e ingenuidad. ¿Acaso el paso mismo de los años no infunde malicia y combate toda magnanimidad?

Cabe, además, hablar del poder de aplastar las ilusiones que tiene este dios destructor. Ya lo he insinuado. No es ningún secreto que la misma flor que hoy admiro, mañana estará muerta. El niño crece, y con él su mundo mágico e ideal se desmigaja, se vuelve retales, castillos en la arena que son sepultados por la pleamar, por las sucesivas oleadas que en forma de tedio, nostalgia, fracasos de diverso signo, mazazos y desengaños, se abaten contra tan tiernas murallas.Y así se consumen las generaciones, porque "todo mortal es hierba, toda su gloria como flor del campo. La hierba se seca, la flor se marchita, cuando el soplo del Señor le llega".


Ahora bien, el alimento del tiempo es la materia. Y la materia no es infinita. Saturno-Cronos por tanto no puede ser un dios absoluto. Y de hecho Zeus lo aplasta, se impone a él y lo hace trizas. Pero enseguida Zeus también se deshilacha. San Pablo les hablará a los antiguos fieles del cronida en el famoso areópago. El Apóstol que se tiene por aborto ante el Señor les presenta al Dios desconocido. Antes de él, Jonás prefigura al hombre que matará a la propia muerte. Con la Resurrección, Jesús supera los terrores que infunde la temporalidad. Saturno-Cronos devora a sus hijos, como el tiempo devora y consume nuestro aliento, pero Saturno-Cronos no es más que la ballena que vomitará a Jonás, el abismo que se romperá en mil pedazos y dejará salir al Resucitado, el Dios del que dada testimonio San Pablo a los paganos de la urbe de Sócrates y Fidias.

En este sentido, Shakespeare intuyó una verdad magnífica. Para el genio británico somos del mismo material del que están tejidos los sueños. Por eso el tiempo no puede tener la última palabra. Y no la tendrá. Aunque para quienes no han cerrado una historia o cierta etapa de su vida, el tiempo siempre regresa. Dispuesto a devorarlos. Aun así, a cada noche le sucede una aurora. Por eso el tiempo no puede realmente intimidar a nadie, si se sabe que nunca es tarde para volver a empezar, si se hace hoy lo que no se hizo ayer.

¿Y después? Pues después Dios dirá. Porque jamás ha habido un niño tan adorable que su madre no haya querido ponerlo a dormir.



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