miércoles, 4 de enero de 2017

Hasta el último hombre de Mel Gibson

Es conocido mi amor profundo por Mel Gibson. Una admiración que se remonta al año 95 (Braveheart) y que esta noche, si cabe, ha crecido un punto más, después de haber visto su última y deslumbrante película. Una década después de Apocalipto, este genio absoluto del séptimo arte ha vuelto a cuajar una cinta maravillosa. Sin duda la mejor y más estudiada cinta bélica que recuerdo, también la de mayor potencial y recorrido. Si con La Pasión de Cristo caí rendido a los pies de Gibson, ahora el sombrero me quito. Hasta el último hombre es una historia inspiradora, conmovedora y grandiosa, que condensa perfectamente las palabras de Jesús recogidas por Mateo: «os aseguro que si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a este monte: Vete de aquí allá, y se trasladaría; nada os sería imposible». 

Hay dos mundos enfrentados en esta película, que corresponden a las dos partes de la misma. Una primera parte idílica, que rezuma clasicismo por todas y cada una de sus costuras, y una segunda, brutal y realista. Ambas, sin embargo, traspasadas por una cosmovisión idealista, o mejor dicho, trascendente. Una y otra muestran, en definitiva, los dos extremos de la vida: lo que son primicias de leche y miel (el protagonista se enamora de una chica y es correspondido), y el horror inenarrable de una guerra como la del Pacífico.

Hay de un lado una historia de amor exclusivo (él y ella) y, por otro, una historia de amor universal (el desprendimiento del protagonista y su confianza inquebrantable en el Dios que nos cobija). El amor recorre de cabo a rabo la cinta, siendo la luz que permite seguir adelante entre tantas tinieblas. En esta cinta Gibson resume en qué consiste la vida y cómo se le debe hacer frente a la cultura de la muerte: el amor, que como dejara constancia Platón en el Fedro, es lo que nos hace participar en vida de las cosas divinas.


Respecto al personaje que encarna magníficamente Andrew Garfield, y en torno al cual gira toda la película, resulta evidente que se trata de un auténtico héroe. Desmond Doss es un hombre animado por la virtud sobrenatural de la fe, penetrado absolutamente por ella, de ahí su entrañable candor y pureza. Puedo decir que si este hombre me ha cautivado es porque es un ser irreprochable, un modelo, casi un arquetipo inalcanzable, el hombre que podría ser y no soy. Desmond no renuncia a su fe ni en el peor de los infiernos. Su testimonio es inspirador. Ha dado todo lo que tiene y se ha fiado de Dios. Se entiende entonces perfectamente que la arrebatadora Teresa Palmer (no sé cómo han podido convencer a un ángel para que formase parte del reparto) se fije en ese hombre que está hecho de otra pasta, y lo desee como esposo para llegar a ser con él una sola carne.

Vamos, a años luz de la mujer actual, tan sobada e impúdica que dan ganas de llorar. No en vano la Biblia que tanto ama el cristiano protagonista de este precioso relato se refiere repetidas veces a la importancia de hallar a una buena mujer, advirtiendo en numerosas ocasiones de los peligros que encierra una mujer perversa (todo el libro de los Proverbios es una lección magnífica en este sentido). 

En fin, no deseo extenderme. Lo anterior no es una crítica, ni un análisis informal, ni nada por el estilo. Fruto de mi entusiasmo, simplemente he dejado fluir parte de lo que me sobra en el corazón a través del teclado. Sirvan estas palabras únicamente como una invitación a ver la película. Porque de verdad es grandiosa.




2 comentarios:

  1. Gracias, sr. Segura, por la reflexión, que me ha resultado inspiradora, como la película de la que habla. Feliz fiesta de la Epifanía del Señor.

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    1. No se merecen esas gracias, Javier. En realidad he escrito cuatro frases, como resultado del entusiasmo que me embargó al ver la película; nada serio, por tanto. Sí te diré que desde el martes estoy rumiando la cinta, y que cuanto más la pienso y analizo, más me entusiasma. Seguramente desde una perspectiva teológica cristiana a esta gran historia se le puedan hacer varias observaciones (por ejemplo en relación a la gracia que pueda operar en una Adventista del Séptimo Día), pero sigo pensando que «Hasta el último hombre» es una película maravillosa.

      Mis mejores deseos también para la manifestación gloriosa del Niño que celebramos mañana.

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