jueves, 29 de junio de 2017

Reunirse para comer es un motivo de alegría

En la última entrada, del domingo 18 de junio, publiqué un comentario acerca de la nueva dimensión que han adquirido las reuniones sociales dentro del marco de las comidas y las cenas fuera de casa o en público. Reflexioné sobre los variados matices de las expresiones Cultura Gastronómica y gastronomía. También usé el término educación gastronómica para referirme a la actitud que exhibimos cuando nos sentamos a la mesa. En relación con esto último, denuncié la falta de cortesía y respeto que manifiestan muchas personas cuando se reúnen para comer con otras, ilustrando la carencia de modales con varios ejemplos; sin dejar de señalar, por otra parte, la vulgar moda de enseñar lo que se come, con la vana y superficial presunción de provocar envidia. Dije que era de mal gusto y propio de gente plebeya, es decir, inculta. Pues bien, en esta segunda y última entrada en torno al mundo del comer, quiero señalar en cambio las bondades de un rito tan viejo y saludable como el mundo. Porque reunirse para comer es siempre un motivo de alegría. Más aún: reunirse para comer es un rito genuinamente humano.


Para todas las culturas el mismo hecho de comer reviste un valor simbólico. Es obvio por un lado que alimentarse es una necesidad básica, pero no es menos verdad que el propio acto de comer es mucho más que alimentarse.

Cuando se comparte la mesa, las personas se introducen en una ceremonia, un rito que sirve para unir a los que comen juntos. Compartir aquí es principalmente usar algo en común, participar en algo con otra persona, vivir un acontecimiento del que se aprende algo, tal vez a valorar más a quien está enfrente y, por qué no, a apreciar mejor las cosas importantes de la vida. Así, no es el placer que causa comer lo que nos lleva a festejar una comida, sino más bien la alegría que proporciona entrar en comunión e intimidad con quienes se aprecia. Ésta es la principal razón de por qué las comidas y cenas en público revisten ropajes tan solemnes.

Comer o cenar fuera de casa, así pues, es llevar a cabo un acto social. El ser humano es un «animal social», y por eso está «condenado» a vivir en compañía. El hombre no vive solo, convive. Por eso las comidas son momentos de comunicación, de transmisión de tradiciones y fortalecimiento de vínculos. La sociabilidad también es una dimensión constitutiva de la persona, que no sólo está determinada por su biología, su psicología y su espíritu. Y por eso los bares y restaurantes son escuelas, que enseñan educación o cómo se carece de ella.

Es importante entender qué implica el hecho de que el hombre no vive solo sino que convive. Por eso me detengo un segundo ahora. Epicuro declaró que «debemos buscar a alguien con quien comer y beber antes de buscar algo que comer y beber, pues comer solo es llevar la vida de un león o un lobo». Es decir, juntarse para comer es propio de personas. Así, cuando las personas que se aprecian, se reúnen, sienten gozo, y desarrollan las actividades que nos identifican como personas (amar, pensar y sentir).

De esta manera la comida añade un valor adicional a nuestras relaciones. Siempre, claro está, que comer no se conciba como el principal fin del encuentro. En este caso quien nos acompaña no será más que un instrumento.


En resumidas cuentas, comer en compañía es un acto genuinamente humano, y un acto que además tiene la virtud de reforzar lo que somos mientras experimentamos la alegría de compartir nuestras vidas. Por eso cuando comemos juntos una buena comida celebramos ese encuentro por medio de algo agradable. Por eso las comidas y las cenas son un ritual que expresan, o debieran expresar siempre, el aprecio y el cariño, además del respeto, que sentimos por quienes comparten la mesa con nosotros. 

Además, ¿qué acto social puede superar al que nos hace compartir aquello que nos permite seguir vivos? Sólo se me ocurren los actos relativos al culto y por tanto al alimento del espíritu, pero sin duda el rito de comer no es menor ni ajeno al hombre; más bien al contrario, y creo que ya ha quedado suficientemente claro por qué comer con otros expresa realmente bien la necesidad que sentimos de tener relación con los demás, de comunicar y a la vez recibir vida. 


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