domingo, 2 de julio de 2017

¿Serán estos los últimos tiempos?

Ignoro si estos son los últimos tiempos. Y la verdad es que no tengo curiosidad por saberlo. Las palabras de a quien tengo por Señor y Maestro son que el día y la hora en que volverá de nuevo para establecer definitivamente su Reino «nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el hijo, sino sólo el Padre» (Mt 24, 36). Y aunque da unas indicaciones o señales precursoras acerca de cuándo será el fin, me basta con recordar dos de sus parábolas para saber de qué va esto.

La parábola del gran banquete, que encontramos por ejemplo en el capítulo 22 del Evangelio según San Mateo, se refiere al convite que un rey celebra por las bodas de su hijo. Este gran rey decide llamar a muchos invitados, pero éstos se excusan para no ir a la comilona. A pesar de todo, el gran rey insiste, y envía a sus criados a que salgan a las calles y a las plazas y a las encrucijadas de los caminos para llamar a muchos otros. Al final la sala de bodas se llena de invitados. Sin embargo, no conviene olvidar que fueron muchos los que no participaron de ese gran banquete; «porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos» (Mt 22, 14).

Por otra parte, la parábola de las diez muchachas necias —sin entrar en demasiadas profundidades— viene a decir lo mismo, pero con el matiz de que aquí se exhorta a estar preparado para cuando llegue ese momento, ya sea la muerte propia o la consumación de los últimos tiempos.

Dice la parábola, descrita en Mateo 25 y Lucas 12, que de las diez muchachas, cinco eran necias y cinco sensatas. Al parecer todas iban al encuentro del esposo con lámparas, pero lo que distinguía a unas de otras es que las necias no se proveyeron de aceite para mantener su vela encendida durante mucho tiempo. «Como el esposo tardaba, todas sintieron sueño y se durmieron. Mas a medianoche se oyó un grito: ¡He aquí el esposo! ¡Salid a su encuentro! Entonces se despertaron todas las muchachas y se pusieron a arreglar sus lámparas. Mas las necias dijeron a las sensatas: "Dadnos de vuestro aceite, porque nuestras lámparas se apagan". Replicaron las prudentes y dijeron: "No sea que no alcance para nosotras y para vosotras; id más bien a los vendedores y comprad para vosotras". Mientras ellas iban a comprar, llegó el esposo; y las que estaban dispuestas entraron con él a las bodas y se cerró la puerta. Después llegaron también las otras muchachas diciendo: "¡Señor, señor, ábrenos!" Pero él respondió: "Os aseguro que no os conozco". Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora» (Mt 25, 5-13).

En realidad, como ya notara San Jerónimo, las diez vírgenes o muchachas simbolizan a todos los cristianos. Es decir, la parábola advierte a los fieles, augurándole un penoso final a los que no estén preparados. Porque la lámpara sin aceite es la fe muerta; la fe verdaderamente viva es la que produce la luz de la esperanza que nos mantiene siempre en vela. Y lo que no se ama no puede ser esperado porque no se desea. Por eso aquí ni siquiera alude Jesús a los que no quieren ser parte de su Reino ni piensan asistir a su boda final con la Iglesia.

Me preguntaba al principio si serán estos los últimos tiempos. Yo no lo sé. No puedo saberlo. Pero sí tengo claro que una miríada de personas tiene «mejores» cosas que hacer que prepararse para asistir al banquete al que todo un Dios ha decidido invitarnos. Y que muchos cristianos, no sólo duermen mecidos por el arrullo del mundo y sus modas, sino que defienden las causas de los que pierden aceite y llaman amor a lo que para Dios es un acto abominable.

Pero allá ellos —qué le vamos a hacer—. A mí me queda el consuelo de las promesas de Jesús, y sus palabras finales a San Juan en el último capítulo de libro del Apocalipsis: «No selles las palabras de la profecía de este libro, porque el tiempo está próximo. Que el pecador continúe pecando, que el inmundo siga en su inmundicia, pero que el justo continúe practicando la justicia y que el santo siga santificándose. Yo voy a llegar en seguida, y llevo conmigo la recompensa que voy a dar a cada uno según sus obras» (Ap 22, 10-12).


En fin, parecerá lo que quiera y será más o menos duro, pero a mí no me parece locura nadar contracorriente, sobre todo cuando las aguas corren hacia cataratas. Principalmente en unos tiempos en los cuales «no sentir la putrefacción del mundo es indicio de contagio»[1].







[1] Nicolás Gómez Dávila.

2 comentarios:

  1. Mezcla, querido autor, dos cosas distintas: el conocer día y hora por un lado, con el conocer que estemos en los Últimos Tiempos.

    Y, no me extraña nada, porque la teología que se imparte en las facultades, es pésima aún en la Gregoriana o en Écôn.

    Los Últimos Tiempos empezarán cuando el pueblo disgregado de Israel deje la diáspora y se reúna en nación, no siguiendo hollada la Tierra de Salvador por gentiles, según la inerrancia de la Escritura.

    El estado de Israel se fundó el 14 mayo de 1948.

    Pero hay más signos cumplidos siguiendo el Apocalipsis en Castellani y me gusta mucho la frase de despedida de su artículo.

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    1. Con cariño, me gustaría contestar a sus palabras. Me acusa usted de mezclar dos cosas distintas, pero yo no veo por ningún sitio tal confusión; creo, por el contrario, que el artículo es perfectamente claro y que si se quiere entender, se entiende sin necesidad de grandes teologías.

      Si relaciono algo, en cualquier caso, es el día y la hora con el retorno de Cristo y por tanto con el fin del mundo. Cito el Apocalipsis, entre otras cosas, para que perseveremos en la fe y para que no olvidemos las palabras de nuestro Señor: «He aquí que vengo presto»... Por tanto, es obvio que cuando me refiero al día y la hora, me refiero a la pregunta que le hacen los Apóstoles a Jesús, en Lucas 21, preocupados por el fin de este mundo, y que está vinculado a la segunda venida de Cristo (discurso escatológico de Jesús en Mateo 24). En resumen, yo aquí uso la expresión «los últimos tiempos» para referirme al fin, o si quiere a la Parusía. Y creo que todo el mundo lo ha entendido así.

      Sin embargo, ya que echa de menos precisión teológica, lo que en rigor nos enseña la teología es que "los últimos tiempos" se inauguran con la Encarnación de Jesucristo: «Dios que en los tiempos antiguos habló a los padres en muchas ocasiones y de muchas maneras por los profetas, en los últimos días nos ha hablado a nosotros en su Hijo»... (Hebreos 1, 1-2). Así, si hemos de expresarnos estrictamente en términos teológicos, vivimos en los últimos tiempos o días desde que vino al mundo Jesús. Entonces se iniciaron los últimos tiempos porque se llegó a la plenitud de los mismos: «Mas cuando vino la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, formado de mujer»... (Gálatas 4, 5).

      Por tanto, los últimos tiempos (teológicamente hablando) no empezaron en 1948, o como usted dice «cuando el pueblo disgregado de Israel deje la diáspora y se reúna en nación, no siguiendo hollada la Tierra de Salvador por gentiles»... Me temo, estimado Costa Astur, que quien mezcla es usted, confundiendo los últimos tiempos con los signos de los tiempos.

      Seamos en definitiva fieles a Cristo hasta el fin, y llegue nuestro Señor cuando quiera.

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