viernes, 7 de julio de 2017

Un arte sacrílego al servicio del Anticristo


Nosotros los cristianos sabemos que Dios es la verdad de todas las ilusiones. Sabemos también que la realidad se nos presenta difuminada y en forma de apariencias. Y sabemos, en suma, que no hay que juzgar según las apariencias, sino juzgar con justicia[1]. El Principito decía que sólo con el corazón se puede ver bien, porque lo esencial es invisible a los ojos. Sin embargo, no es necesario penetrar la realidad primera con los ojos del corazón o de la fe para distinguir la belleza o fealdad de un objeto, al menos en cuanto a su aspecto exterior. Pues los hombres, hechos a imagen de Dios, poseemos un sentido estético que nos permite discernir de una ojeada qué obra es bonita y qué obra es grotesca, qué monumento es hermoso y cuál es siniestro, qué es, en definitiva, arte religioso y qué es arte sacrílego.

Lo que sí es cierto es que hoy nuestro juicio parece más nublado que nunca. Un eclipse amenaza todo lo verdadero, santo, bello y puro. También lo natural. Pero las tinieblas no son totales ni envuelven aún por completo nuestras almas. Por eso una madre como Dios manda no permite que sus hijos vayan al colegio con las ropas rotas y llenas de manchas. No sería propio de una madre consentir eso. Como tampoco sería propio de un sacerdote católico desgraciar su parroquia introduciendo obras impías y por ende blasfemas. ¿Cómo es posible entonces que la máxima autoridad de la Iglesia Católica, el Vicarius Petri, esté rodeada de una auténtica colección de obras sacrílegas?

Todavía es escasamente conocida La Resurrección que se erige en las entrañas de la Ciudad del Vaticano, concretamente en el Salón Pablo VI, a pesar de que todas las semanas sean miles las personas que se fijan en ella[2]. Por lo visto sobre todas estas personas se abate una niebla espesa que les anula el entendimiento cuando se detienen delante de esta obra, porque no se entiende que no protesten por semejante engendro, o que movidos por un celo divino, no lo echen abajo. Esta Resurrección, de hecho, es la prueba irrefutable de que la Santa Sede debe invocar con un clamor que haga retumbar los cielos la intercesión de Santa Lucía, o tal vez la del más poderoso de los taumaturgos. Su autor, relacionado con la masonería, hizo un esfuerzo, antes de asistir al tribunal de Dios, para explicar esta obra. Y ésta supuestamente representaría a Cristo, levantándose de un cráter abierto por una explosión nuclear. Pero el nombre de Cristo como sabemos está omitido en el título de la obra. Lo que hace pensar, observada atentamente la escultura, que quien hace su aparición en escena, surgiendo de repente desde las sombras, no es otro que el Anticristo[3].

Y si no lo es, la obra no deja de ser terriblemente fea. Y en tanto fea, impropia de un lugar que se pretende el centro neurálgico del cristianismo.

Por suerte Francisco tiene su propia idea del arte[4]. No en vano acaba de editarse un documental en el que se le ve divagando sobre el asunto[5]. Por tanto cabría pensar que alguien con idea de arte no permitiría que obras de carácter blasfemo enturbiasen la fe de aquellos cristianos que visitan a diario el venerable lugar donde yacen los restos del Príncipe de los Apóstoles. Pero la mencionada Resurrección sigue en pie desde Pablo VI, y cada día el Vaticano se hace con nuevas adquisiciones, cada vez más grotescas e infames. Basta asomarse a los jardines de los Museos Vaticanos (en Castelgandolfo) para contemplar un par de obras de uno de los artistas predilectos del «Papa». Allí están las «maravillas», como imanes y faros que encienden las almas y las unen con el Altísimo. Se trata de la Virgen de Luján y el llamado Cristo obrero. En verdad dos verdaderos escupitajos hechos con chatarra que en su día el propio Francisco «bendijo».

Pero para Francisco el autor de estos engendros es, pese a todo, un poeta. Y tan excelso, al parecer, que considera su obra toda «una estética de la esperanza»[6]. Hay que ser sinvergüenza y anticristo.

En fin, ¿alguien en su sano juicio daría valor a una obra deforme hecha, además, con materiales rebuscados entre los escombros? ¿Algún católico, sin sensibilidad artística pero con fervor religioso, contemplaría si quiera la posibilidad de representar a la Santísima Virgen María o a su bendito Hijo con hierros enrobinados y alambres retorcidos? ¿Queda valor, acaso, entre los siervos de Cristo para decir que hay un clero (o supuesto clero) que está adulterando gravemente el mensaje del Evangelio y por tanto injuriando a la persona de Jesucristo?

El arte sacro, a fin de cuentas, cumple una función específica con vistas al culto divino y a la santificación de los fieles. En primer lugar, una obra de arte digna sirve para alabar a Dios. Asimismo, toda obra de arte digna aprovecha como complemento a la predicación. Y en tercer y último lugar, contribuye al desarrollo de la fe y la piedad. Pues bien, ninguna de estas obras sacrílegas ha sido pensada y acogida conforme a los requisitos que la Santa Iglesia Católica dispone para que el arte sea llamado sagrado.

San Pío X, batallador del modernismo, advirtió que «nada, por consiguiente, debe ocurrir en el templo que turbe, ni siquiera disminuya, la piedad y la devoción de los fieles; nada que dé fundado motivo de disgusto o escándalo; nada, sobre todo, que directamente ofenda el decoro y la santidad de los sagrados ritos y, por este motivo, sea indigno de la casa de oración y la majestad divina»[7].

Pero ya se ve el caso que le han hecho a san Pío X los benefactores de este arte sacrílego, los prelados y autoridades que consienten por ejemplo la institución de lugares de culto como el templo del Señor de los Rayos de Aguascalientes (México)[8]. ¿Son por tanto templos católicos o guarida de demonios? ¿Es arte con el que catequizar a los fieles cristianos o propaganda del Anticristo? Al fin y al cabo, ¿qué esperar? Con esa idea del arte, ¿qué idea pueden tener de Jesucristo?




CONVIENE VER EL CONTRASTE




2 comentarios:

  1. Da grima y da miedo casi ese escenario en el Aula Pablo VI.
    Y hay más ejemplos como se ve en las otras fotos.
    Enhorabuena por observarlo y señalarlo.

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  2. Uno aprendió que los trascendentales Verdad, Belleza y Bondad, eran uno y lo mismo e indisolubles.
    Quizás porque se libró por razones cronológicas de la Logse, aprendió a sospechar cuando faltaba una de las tres patas al banco.
    Cuando falta la belleza, cuando se confunde la verdad con una ambigüedad peligrosísima y la bondad es como un anuncio de detergente, a ver a quién gusta más, uno se refugia en su biblioteca, en su particular cueva de los libros formada por miles de volúmenes recordando al gran Nicolás Gómez Dávila:
    "A veces, tengo la sensación de ser el único centinela despierto en una ciudad dormida"

    Haddock.

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