domingo, 27 de marzo de 2011

¿Cómo habla Dios?, de Francis S. Collins

Este libro es uno de esos extraños testimonios que aparecen de cuando en cuando de la mano de alguna autoridad mundial para discutir el pensamiento dominante de su época o destapar los prejuicios de la mayoría de sus contemporáneos. Francis S. Collins es uno de los científicos más prestigiosos a nivel mundial en el campo de la genética. Personalidad destacada en el Proyecto Genoma Humano, sus descubrimientos en la codificación del genoma y la naturaleza de la molécula del ADN le llevaron a deshacerse de su pasado ateísmo, abrazando plenamente la fe, y haciéndolo además al abrigo de la razón más estricta. ¿Cómo nos habla Dios? es un estudio valiente y necesario que, escrito por un intachable científico —Premio Príncipe de Asturias 2001—, aceptando plenamente el progreso científico concilia, por extraño que parezca hoy en día, ciencia y fe, o lo que es lo mismo, racionalidad y religión. 

     Francis S. Collins, a partir de su experiencia personal, reconcilia así pues lo que aparentemente parece incompatible: defender la ciencia y a la vez creer en un Dios trascendente o considerar la fe como una elección racional. No existe contradicción para el científico estadounidense entre las dimensiones científica y espiritual. Si bien cada una tiene su propio lenguaje y su propio ámbito de búsqueda, ambas son fuente de valiosas revelaciones. De esta manera, Collins cayó en la cuenta de que el concepto de lo correcto e incorrecto era universal en todos los seres humanos y reconoció la existencia de la ley moral, algo que pasa generalmente desapercibido.

     El autor reflexiona sobre la ley moral y observa lo siguiente: «¿Por qué existiría un hambre tan universal y exclusivamente humana si no estuviera conectada con alguna oportunidad de ser satisfecha?»[1]. Y poco después sigue: «¿Pudiera ser que este anhelo por lo sagrado, que es un aspecto universal e intrigante de la experiencia humana, no fueran buenos deseos, sino un indicio que señalara hacia algo superior a nosotros? ¿Por qué tenemos un ‘vacío con la forma de Dios’ en el corazón y en la mente, a no ser que tenga por fin ser rellenado?»[2].

     En ¿Cómo nos habla Dios? también se afrontan cuestiones problemáticas para los creyentes, y asuntos que echan para atrás a muchas personas que recelan de la fe antes de saber qué es, como por ejemplo: ¿qué hay de todo el daño hecho por la religión?, ¿cómo puede una persona racional creer en los milagros?, o, ¿por qué un Dios amoroso permitiría el sufrimiento en el mundo? En el fondo, todas estas preguntas son tópicos que se repiten infatigablemente para poner en entredicho la posibilidad de la existencia de Dios, pero que son superados por respuestas cargadas de sentido que lo que consiguen, precisamente, es hacer más plausible la realidad de un Dios creador.

     Francis S. Collins recorre en ¿Cómo habla Dios? las grandes preguntas de la existencia humana. En unas páginas algo más exigentes y técnicas, desarrolla la relación y conciliación entre la fe y, entre otras cosas, las evidencias de fósiles, la revolución que trajo Darwin y su teoría de la evolución, y los hallazgos proporcionados por el ADN y las investigaciones sobre el genoma humano. También establece un debate entre creacionismo y evolucionismo y de forma original propone que no se contradicen, pero defiende tenazmente el evolucionismo, considerándolo innegable a la luz de las evidencias actuales. Teoría que no excluye de ningún modo la posibilidad de un Dios creador. Esta armonía entre ciencia y fe es de un arrojo admirable, y a la vez está defendida con gran solidez argumental, aunque yo no la comparta absolutamente, principalmente porque el evolucionismo sigue manifestando lagunas importantes.

     Finalmente, nos dice Collins después de su exposición, sólo caben cuatro posturas posibles con respecto a la fe:

1.      Ateísmo y agnosticismo (la ciencia le gana a la fe)
2.      Creacionismo (la fe gana a la ciencia)
3.      Diseño inteligente (la ciencia necesita ayuda divina)
4.      BioLogos (ciencia y fe en armonía)

     Así, el autor hace un repaso de las cuatro opciones posibles. En primer lugar —comentaremos solamente el primer punto por considerarlo el más interesante y desmitificador— se detiene en una elección de considerable fuerza en nuestros días pero a la que discute de forma convincente.  Del ateísmo dice que es la postura más irracional de todas. Una forma de fe ciega que adopta una serie de creencias que no pueden defenderse mediante la razón. El agnosticismo, en cambio, considera Collins que es una posición perfectamente defendible. Agnóstico es aquel que en este momento no le es posible decidirse a favor o en contra de la existencia de Dios. Ahora bien, el agnosticismo conlleva el riesgo de convertirse en evasión, y lo que es peor, resulta una posición fácil que define a una persona intelectualmente pobre:

«Para defenderlo bien, se debe llegar al agnosticismo sólo después de haber reflexionado sobre las evidencias a favor y en contra de la existencia de Dios. Es raro el agnóstico que ha hecho este esfuerzo. (Algunos que lo han realizado —y la lista es más bien de personajes distinguidos— han llegado inesperadamente a convertirse en creyentes.) Más aún, si bien el agnosticismo es un patrón por omisión posiblemente cómodo para muchos, desde una perspectiva intelectual transmite cierta pequeñez. ¿Deberíamos admirar a alguien que insistiera en que no se puede conocer la verdadera edad del universo y no se hubiera dado tiempo para ver la evidencia?»[3].

     Después de todo, el progreso de la ciencia provoca pánico en no pocos creyentes temerosos de que la ciencia algún día pueda demostrar que Dios no existe, como si eso fuera posible. Esto, sin embargo, es un miedo absurdo y por tanto irracional. Si la razón les grita que las herramientas de la ciencia no son las adecuadas para demostrar la no existencia de Dios, y en última instancia que la ciencia no puede ir más allá de sus límites y, además, profesan una fe sincera, no tienen qué temer. Al contrario: «Si Dios creó el universo y las leyes que lo gobiernan, y si dotó a los humanos con capacidades intelectuales para discernir su funcionamiento, ¿querría él que desestimásemos esas capacidades? ¿Se sentiría disminuido o amenazado por lo que descubriéramos sobre su creación?»[4]. No parece lógico en absoluto. Por tanto, la ciencia no hay que temerla sino desarrollarla, para profundizar en los secretos de un orden tan maravilloso que sólo puede haber nacido por obra divina. De esta manera, Francis S. Collins, en ¿Cómo nos habla Dios? La evidencia científica de la fe, une fe y razón, ciencia y religión, y lo hace sin problemas.

     Sin embargo, para que exista fe —y esto es muy importante— debe desaparecer la evidencia. La incertidumbre es esencial al hombre; no puede ser de otro modo. Por eso, la duda es una parte inseparable de la creencia. ¿Cómo no debería ser así? Si para creer en Dios necesitásemos su evidencia, es decir, la evidencia entendida como la comprobación empírica de Éste, no haría falta la fe y en consecuencia tampoco seríamos libres:

«Pero imagine un mundo así, en donde la oportunidad de hacer una elección libre en cuanto a las creencias desapareciera por la certeza de la evidencia»
[5].
     Quizá, esa sed de volver el alma a la fuente eterna que ha percibido Collins y otros muchos creyentes a lo largo de la historia, nos debiera hacer reflexionar sobre nuestra misión en la vida y movernos a ajustar los sentidos al máximo para sentir cómo nos habla Dios. Pues Dios, en efecto, nos ha dicho cosas. En realidad nos habla a diario.

[1] p. 46
[2] p. 46 y 47
[3] p. 184
[4] p. 167
[5] p. 41

2 comentarios:

  1. Este libro tiene que ser apasionante. Trata una temática muy interesante, y a la vez parece bastante complicado de entender, porque no es fácil conciliar todos esos términos que siempre hemos catalogado de contrarios. Pero las lecturas difíciles, las que nos llevan a la reflexión, y más si tiene relación con Dios, son las mejores, desde luego.

    Pero, algo que no entiendo es, ¿cómo puede decir que el ateísmo es la forma más irracional? ¿no sería todo lo contrario? Quizá cuando me lea el libro entenderé la postura del autor y lo que quiere decir exactamente en relación a esas cuatro posturas de la fe, que me resultan muy inquietantes.

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  2. El autor argumenta que "si Dios está fuera de la naturaleza, entonces la ciencia no puede probar ni refutar su existencia". Parece lógico ¿no? Y citando a Stephen Jay Gould, defensor del evolucionismo: "La ciencia solamente puede trabajar con explicaciones naturalistas; no puede ni negar ni afirmar a otro tipo de actores (como Dios) en otras esferas (por ejemplo, el reino moral)". Hasta aquí, Francis S. Collins.

    Si el ateo es aquel que está convencido de que Dios no existe, ¿cómo puede hacer descansar su creencia en algo que no puede probar jamás?

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