sábado, 3 de noviembre de 2012

Lincoln de César Vidal y Thomas DiLorenzo (y muy pronto de Spielberg)


El 16º presidente de los EE.UU., Abraham Lincoln, es uno de los personajes históricos más importantes del Nuevo Mundo, y una figura considerada como el “gran emancipador” y el héroe que salvó la nación de la secesión. Otras voces, en cambio, han desmentido en los últimos años la creencia popular, y denunciado que el verdadero Lincoln nada tiene que ver con el mito fabricado en su nombre. En este comentario, escogiendo con gusto el desafío de bucear en la historia, recojo el estudio de dos libros. Hace años leí Lincoln de César Vidal, y entre otros papeles forjé una idea acerca de este hombre y de las delicadas circunstancias políticas que le tocó vivir. Al regresar sobre el libro, muy bien documentado y magníficamente escrito, he tenido la impresión de que se me escapaba algo, de que no estaba todo claro, de que había algo más. Buscando la verdad he enfrentado esta obra con la biografía de Thomas DiLorenzo, El verdadero Lincoln.

            
           En profundidad llevo meses estudiando al personaje y a la apasionante época de la guerra civil norteamericana. Y he llegado a la conclusión de que la leyenda levantada acerca del considerado por el pueblo americano el mejor presidente de los Estados Unidos, se tambalea seriamente.

            Pero no queramos ver en los personajes históricos esculturas frías y sin vida, coherentes de la noche a la mañana. Pues todo hombre se dice y se desdice, actúa y se arrepiente, piensa algo y después ya no defiende eso mismo con tanto celo. Dudas, inseguridades y necesidades en definitiva forman parte de nuestro adn. Y los personajes históricos no escapan a estas condiciones. Juzgar le corresponde a Dios. El hombre curioso solo puede indagar en las obras de estos personajes y alumbrar sobre ellos un balance razonable.

            Sin embargo, la tentación del historiador y del hombre profano es manejar una serie de hechos para, analizándolos, fabricar un discurso que le convenga, o que le sirva a su cosmovisión personal, descartando o ignorando otros hechos relevantes que pudieran cambiar radicalmente ese discurso. Seamos conscientes del riesgo.

Una nación grande y dividida

 ¿Dónde nace Abraham Lincoln? Leamos a César Vidal:

«La nación —formada por europeos y surgida de un proceso de independización de uno de los grandes imperios europeos de la época, el inglés— contaba con una serie de características que la diferenciaban considerablemente de cualquier modelo político entonces en vigor. De entrada, sus fundadores tenían la pretensión de resucitar la democracia, una forma de gobierno emanado de la voluntad popular, que adjudicaba toda la soberanía al pueblo —y no a un monarca— y que había surgido en Grecia más de dos milenos antes, que solo se había aplicado en la ciudad-estado de Atenas y que había concluido de una manera tan desastrosa que buena parte de los filósofos griegos que asistieron a su desaparición no solo la consideraron justificada, sino que se esforzaron en buscar alternativas de marcado carácter totalitario»[1].

            Tras abrazar el modelo democrático, los ciudadanos de aquella nación situada en el norte del continente americano, le imprimieron un espíritu propio:

  1.       Desconfianza en la naturaleza humana.
«Los Padres Fundadores podían creer en la igualdad de los seres humanos creados por Dios, en la realidad de una serie de derechos emanados directamente de esta circunstancia y en la existencia de una serie de verdades evidentes por sí mismas. Sin embargo, eso no llevaba a considerar al ser humano como una creación bondadosa que solo se veía estropeada en sus comportamientos por la mala educación. Por el contrario, asumiendo el principio bíblico de la caída, creían que existía una inclinación al mal en el ser humano y que lo mejor que podía hacerse era reconocerla y actuar en armonía con este hecho irrefutable, por desagradable que fuera. La primera consecuencia de esta asunción fue la articulación de un sistema de división de poderes que impidiera la acumulación del poder político en unas solas manos»[2].

       2.      Libertad de cultos y separación de la Iglesia y del Estado. Lo que no se tradujo nunca en un sentimiento anticlerical.

      3.      Forma republicana de Estado.

      4.      Concepto meritocrático de la existencia (opuesto al utópico, y al aristocrático).


Sin embargo, frente a estos principios fundacionales nacieron dos graves problemas: el carácter federal de su constitución (relación de poder que debía existir entre el poder central y los diferentes estados federados) y la existencia de la institución de la esclavitud. Con estos dos espinosos adversarios tuvo que lidiar Abraham Lincoln.

El nacimiento de una nación (los orígenes son necesarios)

Dejando de lado los primeros asentamientos ingleses en aquellas tierras, lo cierto era que los británicos debieron hacer frente al interés francés, y holandés, para asentarse en lo que más tarde serían los EE.UU. A lo largo del siglo XVII y de la primera mitad del XVIII, los colonos ingleses colaboraron sin problemas en estos enfrentamientos con la metrópoli. Terminados estos, Londres decidió (Jorge III) que las deudas contraídas en la guerra fueran cargadas a las colonias en forma de impuestos (Townshend Acts). Las colonias, indómitas ante cualquier clase de nuevos tributos, se opusieron boicoteando los productos británicos. El choque entre tropas británicas y colonos era cuestión de tiempo, y precisamente con una refriega empezó la Guerra de Independencia.

Los colonos se reunirían en el 2º Congreso continental, el 10 de mayo de 1775, celebrado en Filadelfia. Se determinó crear un ejército, a cuya cabeza situaron a George Washington. El 2 de julio de 1776 el Congreso continental proclamó la independencia, y dos días después Thomas Jefferson redactó una Declaración de Principios. El conflicto se extendió hasta 1783 con victoria rebelde. La nueva nación, como hemos visto, nació con un problema muy serio: cómo mantener unidos a los 13 estados fundacionales. Las alternativas eran dos. Una confederación de estados, o una unión nacional de carácter federal (los estados perderían soberanía). Los partidos de la época se dividieron en republicanos y federales, según apostaran por una solución u otra. Y la “Era de las buenas intenciones” dio paso a la “Era de las rivalidades”, un periodo de cuatro décadas en el que, “a pesar del enorme crecimiento territorial, la situación nacional se fue enrareciendo progresivamente a causa de las tensiones entre el poder federal y los estados federados. Esas tensiones, en buena medida propias del modelo federal, se verían extraordinariamente agudizadas por la existencia de una institución como la esclavitud. La tensión iba a llegar al punto de amenazar con la aniquilación de la Unión en 1861»[3].

La cuestión de la esclavitud. Dos modelos políticos: El Norte y el Sur

En primer lugar hay que estudiar la mentalidad de aquellos hombres en aquella época. Para buena parte de la población, los negros eran inferiores a los blancos y, por lo tanto, no era extraño que se vieran reducidos a la esclavitud. Los que pensaban de manera diferente eran pequeñas comunidades religiosas (cuáqueros). La presencia de esclavos africanos en el continente americano se debió a la prosperidad de las plantaciones de tabaco y algodón de los estados del Sur. El boyante negocio pronto exigió mano de obra abundante y barata. Pero en los estados del Norte no predominaba esta economía agraria. Allí los negocios eran las finanzas, el comercio y la industria. Y el Sur, mientras exportaba materias primas, importaba productos manufacturados. Los estados del Norte, tratando de evitar la competencia de productos europeos, consiguieron aprobar la imposición de altos aranceles a la importación. Y lógicamente, el Sur se vio perjudicado con estas políticas proteccionistas. Denunciaron la violación de sus intereses y las tensiones crecieron.

Según César Vidal, “el nacionalismo sureño se dedicaría cada vez más a pervertir el sistema democrático y a erosionar la Unión para defender una institución que cada vez era objeto de mayores críticas. En calidad de una de sus mejores armas, los sureños recurrieron a dividir a los estados libres”[4].

La llegada de Lincoln a la presidencia de los EE.UU. —firme defensor de la Unión y favorable a la abolición de la esclavitud—, el 6 de noviembre de 1860, se interpretó como una desgraciada noticia para los intereses sureños. Carolina del Sur fue el primer estado en separarse de la Unión el 20 de diciembre, y con la escaramuza del Fuerte Sumter, dio comienzo la guerra civil norteamericana.

Lincoln y la Guerra de Secesión Norteamericana (1861-1865)

La contienda civil costó más de medio millón de vidas. Para el autor de esta biografía “la victoria de Lincoln no implicaba la derrota del Sur. Aunque personalmente era contrario a la institución de la esclavitud y se oponía a su expansión, no era menos cierto que había declarado sin dejar lugar a equívocos que su primera misión era la de mantener en pie la Unión y que estaba en contra de la intervención de los estados esclavistas. La convivencia con Lincoln era, por lo tanto, posible, y la secesión —y la guerra ulterior— no resultaba inevitable”[5]. Aunque Vidal cierra aquí una frase redonda, poco después reconoce que “seguramente, la secesión habría tenido lugar de todas maneras” (p. 124).

Ahora bien, lo que busco en el fondo de todo este asunto es saber quién provocó la discordia civil. ¿Cómo se introdujo la semilla de la secesión? ¿Dónde está el origen de la guerra?

Las cartas sobre la mesa: Revisión de la obra de Lincoln
  •      La esclavitud

En este asunto la verdad no es tan oscura. Se puede decir que Lincoln deseaba erradicar la esclavitud, pero siempre que sobreviviera la Unión. La principal preocupación era sea. Y así los expresó explícitamente el presidente:

“Mi objetivo fundamental en esta lucha es salvar la Unión, no salvar o destruir la esclavitud. Si pudiera salvar la Unión sin liberar a uno solo de los esclavos, lo haría. Y si pudiera salvarla liberando a algunos y dejando de lado a otros, también lo haría. Lo que hago en relación con la esclavitud y la raza de color lo hago porque ayuda a salvar la Unión”.
No se puede, por tanto, considerar a Abraham Lincoln el “gran emancipador” de los esclavos. Además, su Proclama de Independencia fue una astucia de guerra. La historia muestra, para algunos, que fue el capitalismo quien demolió la institución, seguramente con el empuje de algunas comunidades religiosas preocupadas moralmente con el asunto. De esta manera, para el gran Abraham Lincoln la esclavitud —aunque le repugnara y hubiera decidido acabar con ella— fue un asunto secundario.

  •             ¿Quién empezó la guerra?

Para Vidal, recordamos, los sureños pervirtieron el sistema democrático y erosionaron la Unión. ¿Pero para defender la institución de la esclavitud? No es muy creíble. Es más razonable que para defender sus intereses comerciales, aunque en el trabajo esclavo se sostuvieran sus negocios. Creyeran estos o no si el gobierno federal sería capaz de recurrir a la fuerza para defender la Unión, los estados sureños —que se consideraban perjudicados por las políticas federales que beneficiaban las industrias del Norte a su costa—, reivindicaron legítimamente su derecho a la secesión. ¿Forzó Lincoln la guerra imponiendo su voluntad a los sureños? ¿Las reivindicaciones de los estados del Sur eran legítimas? Con los elementos que he ido situando en ambos platos de la balanza a partir del estudio de esta cuestión, la respuesta es afirmativa.

Para llegar a esta conclusión hay que atender a los siguientes hechos: Los EE.UU. de América fueron en origen un conjunto de colonias británicas que decidieron rebelarse contra la metrópoli y se constituyeron en Estados independientes. Después, soberanamente, decidieron unirse en una confederación. Andando el tiempo decidieron entonces disolverse y vincularse por medio de una federación. Resumiendo, la secesión es el origen de este pueblo.

Y aquí viene lo relevante. Algunos de los estados que firmaron la Constitución, se reservaron explícitamente el derecho a salirse del acuerdo si consideraban que sus libertades e intereses eran violados o perjudicados. Condición que aceptaron y asumieron el resto de estados. Dicho esto, es evidente que los estados estaban legitimados a romper con la Unión si así lo consideraban —y decidían democráticamente en sus parlamentos— oportuno. La negativa de Lincoln y otros a dejar salir a cualquier estado que lo pidiera fue, por tanto, injusta. La unión voluntaria pasó a ser impuesta.

Me pregunto por qué no permitiría Lincoln el desgarro de la Unión en ningún caso. Quizá fuera un patriota. Pero defendió a unos y perjudicó gravemente a otros; hombres libres como él sobre los que no tenía derecho a imponerles una permanencia forzosa en la Unión. No hay que olvidar que Lincoln hizo carrera en la industria de los ferrocarriles en los estados del Norte, y que defendió estas industrias desde el gobierno con las denominadas “medidas internas”, perjudicando, como se ha dicho, a los negocios del Sur. Si partimos de que la Confederación creó un área de libre comercio que irritaba a los estados del Norte, y que pagaban la mayoría de aranceles, se entiende que si el Sur se desenganchaba, todo el castillo nacional se vendría abajo. Y esto no podían consentirlo.

Sin embargo, una vez elegido por segunda vez presidente, en su discurso inaugural (4 de marzo de 1865) Lincoln pronunció unas conmovedoras palabras:

“Con malicia hacia nadie, con caridad hacia todos, con firmeza en lo que es recto, si Dios nos permite verlo, vamos a terminar pronto el trabajo que tenemos pendiente: curar las heridas de la nación (…) y hacer todo lo que se pueda para alcanzar y celebrar una paz justa y duradera, entre nosotros y con todas las naciones.”

Y pese a estas sentidas palabras, con su política, Lincoln alentó —quizá sin ser consciente del todo— al estallido de una guerra innecesaria que barrió medio millón de hombres sobre la faz de la tierra.

La estrella de este hombre apasionante se apagó el 15 de abril de 1865. John Wilkes Booth lo asesinó de un tiro en la nuca en el teatro Ford. El vacío que dejó el legendario presidente retrasó la reconstrucción de la nación y el proceso de curar las heridas de la guerra. Murió creyendo, después de todo —pese a que padeció las bajas de ambos ejércitos y discurrió mucho sobre la necesidad de la contienda—, que hacía lo correcto.

Con tristeza, pero no con maldad,
Se llevaron a cabo los hechos generosos,
En la tormenta de los años que se desvanecen
No se ganó batalla más valiente:
Bajo el suelo y el rocío,
Esperando el día del juicio;
Bajo los brotes, se encuentran los Azules,
Bajo las guirnaldas, se encuentran los Grises

Ya no se escuchará más el grito de guerra
Ni los serpenteantes ríos enrojecerán;
¡Desvanecen para siempre nuestra cólera
Cuando colocan laureles en las tumbas de nuestros muertos!
Bajo el suelo y el rocío,
Esperando el día del juicio,
Hay amor y lágrimas para los Azules,
Hay lágrimas y amor para los Grises.




FICHA
Título: Lincoln
Autor: César Vidal
Editorial: Acento Ediciones
Otros: 2002, 348 páginas

FICHA
Título: El verdadero Lincoln
Autor: Thomas DiLorenzo
Editorial: Unión Editorial
Otros: Madrid, 2008, 272 páginas
Precio: 27 €





[1] p. 27
[2] p. 28
[3] p. 35
[4] p. 39
[5] p. 123

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