domingo, 17 de noviembre de 2013

España, Patrimonio de lo Sagrado: Alcalá del Júcar (Albacete)



Posiblemente no haya muchos lugares en toda España donde la belleza sea tan evidente como en Alcalá del Júcar. Escondido en uno de los bordes de la provincia de Albacete, Alcalá es un pueblecito de alrededor de mil trescientos habitantes, situado en los dos costados de un barranco por el que lleva siglos filtrándose el río Júcar.


Los españoles somos gentes privilegiadas que tenemos por todos lados, a nuestro alcance además, maravillas en las que nuestro espíritu se siente como en casa. Este que enseño ahora es un pequeño paraíso que visito varias veces al año, para contemplarlo y respirar hondo, para tomar algo fresco, o incluso para jugar al tenis —en épocas de calor padeciendo los mosquitos que pululan por la pista mientras me concentro pasando bolas—, ya que está a un pasito de mi tranquilo pueblo.

Pero lo extraordinario de esta garganta natural son los caprichos de la propia naturaleza, que reúne en un hoyo, reservado de los grandes llanos que la resguardan, un universo de riqueza natural fusionada con la vida humana que asombra al viajero. Con seguridad los meses de primavera y verano son los más acertados para visitar este sitio, sobre todo cuando el sol va muriendo al pintarse la tarde, y porque se disfruta en condiciones de sus terrazas o incluso de un buen paseo. Pero no es el estío la época en la que más me gusta ver este rincón precioso del Júcar. Yo procuro asomarme por este pueblo al menos una vez en el mes de noviembre.

Entonces se produce en aquella gruta llena de vida y color un espectáculo inenarrable. A su manera, la naturaleza rinde culto al Dios Altísimo, y se viste de gala envuelta en lujuria, gritando de gozo, ataviada por verdes pinares e hileras de chopos incendiados como velones de cera. Pues abrazando el cauce del río, los álamos transforman el paisaje con sus luces de bengala y ofrecen un contraste con los tonos apagados del otoño que cuesta decir con palabras.

Hay tres vistas espectaculares del paraíso manchego, y varios puntos únicos en los que detener la vista para recrearse en ellos. Una de las preciosas perspectivas referidas se consigue desde la última calle del pueblo. Para dar con ella hay que ascender y no poco, dirección al castillo, pues la mayor parte del pueblo se aferra desde que el polvo conserva su nombre a esa cara del cerro. Arriba hay casas excavadas en la roca, entre las que sobresalen las cuevas del diablo, que he podido visitar en varias ocasiones hablando con los propios vecinos del pueblo. Encaramándose en zigzag por las callejas del municipio, se llega a la última, adornada con bonitos maceteros de particulares salpicados de flores. Allí se descorre el telón y surge un precioso escenario frente a mis ojos. Parece que se encuentra uno en algún singular balcón conquistado por ángeles. También se puede ver desde los accesos más próximos al castillo una vista parecida, o desde el pasadizo de entrada a la fortaleza.

La otra vista digna de disfrutar está justo enfrente. Para ir hasta allí debemos volver a bajar y cruzar la rambla por el centro del pueblo hacia el otro extremo. En ese lugar nos espera una insólita plaza de toros, por la forma triangular y su reducido tamaño, desde la que se contempla una panorámica de Alcalá del Júcar magnífica. Me gusta deambular por el exterior del particular ruedo y sentarme un rato en algún punto elevado. En ese lugar privilegiado la imagen ejerce una fuerza poderosa que traslada mi mente más allá de lo ordinario… Y por último, la más alucinante de todas las vistas se alcanza saliendo del pueblo hacia la aldea de Las Heras. El que viene de Casas Ibáñez se topa siempre con ella, pero no todas las entradas al pueblo vienen de esa parte. En una
de las curvas de ascenso —o bajada— que se retuercen, se puede ver un espléndido espectáculo con el pueblo recostado en la montaña del lado derecho; con un tapiz de cuantiosos pinos al fondo; y abajo, en el eje del cuadro, abriéndose paso para escoltar al Júcar, un batallón de chopos con sus bayonetas caladas dispuestas al hombro y los penachos en llamas.

Pero no se respira el alma de un pueblo sólo capturando estampas. Hay que pasear por él para hallar sus zonas sagradas, sus rincones hieráticos, sus escondites ideales. Con esto en mente, el caminante se confunde en el entorno y su gente. A mí no me gusta viajar de otra manera, es decir, necesito hacerlo a mi aire. Pues bien, en el mismo corazón de Alcalá del Júcar encuentro el más importante de estos rincones. Entre el puente, y lo que los vecinos llaman «Playeta», se despliega un escenario irreal y apócrifo. Nunca he visto tonos tan vistosos y diferentes mezclados en las hojas de los árboles como en el recodo que hace el río en medio del pueblo. En ese punto, con la fina arena en el suelo, el agua soñando profundamente, y los árboles que vencen sus ramas sobre la orilla del estanque, hay que parpadear mucha veces para no creerse en un cuento fantástico. Habrá incluso a quien le parezca el bosque de los dioses de Invernalia en el que Eddard Stark elevaba sus oraciones rogando consejo. A mí, en noviembre (según el clima los colores son más o menos vivos), me lo parece.

Cuando se sale del encantamiento, lo natural es adentrarse en el parque. Justo al lado del estanque se estira un camino de tablas que lleva hasta un espacio ocupado por árboles viejos y bancos para el asiento. Uno de ellos, el último, nos sitúa frente al puente de aspecto romano, delante de una modesta pero bonita iglesia al final de una cuesta escalonada cuya torre estira su cuello para seguir el curso del agua.

En este punto, embrujado por el rumor del torrente que no cesa de correr, y donde alegran el retiro algunos patos de plumaje pardo, se viste el suelo con una alfombra de amarillas e intensas hojas destronadas. Siempre me ha parecido aquél un lugar mágico.
Luego se impone dar una vuelta por las afueras, que a nada de dar unos pasos se está en ellas.


Al cruzar el puente dirección a la iglesia, torcemos en cambio hacia la izquierda y nos situamos un instante justo encima de la insólita mole blanca que, sin inclinación alguna, se levanta como la espalda de algún dios condenado al exilio. En ella sorprende la erosión de tiempos remotos. La piedra presenta cortes afilados, caprichosos surcos labrados a fuerza de tiempo y de aguas. También en la propia piedra surgen los ventanucos de algunas casas, vanos abiertos en plena roca encalada. Después, si seguimos unos metros, descubrimos un campo de fútbol de tierra vigilado en el horizonte por las viviendas de Casas del Cerro. También en ese lugar hay una compañía de chopos con el uniforme de otoño en posición de firmes, como un destacamento encargado de resguardar las huertas cercanas.

Por último, si no nos importa recorrer unos kilómetros por la salida de los pueblos de Recueja y Jorquera, descubrimos por la misma carretera un paisaje idílico. Nada más salir de Alcalá del Júcar por este extremo hay un ensanche para detenerse. Allí ya no se escucha el murmullo del agua, pero el encantamiento en esa garganta sigue flotando en el aire. Yéndonos hacia delante, en el margen derecho, tramos de árboles encendidos nos acompañan, y en su fondo, si miramos más allá del quitamiedos, el suelo fundido se ha convertido en oro.

Pero si todavía queda hambre de más emociones, no muy lejos de Alcalá del Júcar hay otro escenario sorprendente en Villa de Ves, precisamente en el santuario del Cristo de la Vida. Lugar de hechos sacros donde las gentes de los alrededores llenan la ermita en un día señalado del año para honrar a su santo, y que tendrá, como merece, mi particular homenaje. Cada 14 de septiembre, el entorno del santuario acoge a cientos de fieles, para venerar al Cristo que, representado en una talla preciosa, nos atrae con la belleza de su heroica estampa. A mí, veteranas memorias que frecuentaron el lugar en ese día tan importante del mes de septiembre, me hablaron de insólitos fenómenos como fuegos que no habían quemado nada allí donde se habían avistado; me comentaron la historia de un carro tirado por mulas que a punto estuvo de caer por el desfiladero, y que frenó en seco al encomendarse a la Virgen Santísima el hombre que las montaba; y otros muchos milagros asociados a una imagen poderosa, y cada vez más querida por mí.

En cambio, si se quiere explotar a fondo el entorno de Alcalá del Júcar también se puede bajar paseando hacia Tolosa hasta dar con Las Rochas, antigua aldea y paraje virgen en el que se disfruta de algunas casas rurales. Es este un entorno muy desconocido incluso para las gentes de los pueblos más cercanos.

En cambio, si ya hemos abastecido de suficiente alimento a nuestra alma, sólo hace falta rogar que, si volvemos en el mes de noviembre, salga el día nublado… para que no brille de envidia un día soleado, sino las copas incandescentes de los álamos.


Puesto que desconozco si hay letras insignes relacionadas con este lugar emparentado con mi tranquilo pueblo, y comarcas así mejor acompañarlas de algún tipo de literaturas, escribo estas insuficientes palabras en honor de esta garganta encantada:

Alcalá del Júcar despliega sus alas
en un nido manchego, en una garganta.
Es un abismo no demasiado profundo,
donde ningún hombre siente temor a nada;
pues al posarse la mirada en este barranco,
de repente, como por arte de ensalmo,
emerge en nuestra propia alma
un encantamiento como el que provoca
la caricia de la hermosa mujer
de la que se está enamorado.



2 comentarios:

  1. es el sitio mas hermoso que he visitado ,gracias.

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    1. No me extraña, Maribel, que Alcalá del Júcar te haya fascinado. Es un rincón de gran belleza, y con una atmósfera sana y muy agradable. Si tienes la oportunidad, vuelve a visitar Alcalá en el mes de noviembre; con suerte la naturaleza se vestirá de mil colores para entregarse a tu mirada.

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