viernes, 27 de mayo de 2011

After dark de Haruki Murakami

Unas pocas horas, el total de una madrugada, es tiempo suficiente para que Haruki Murakami exprese el inmenso vacío del ser humano contemporáneo, sin ilusión y, sobre todo, sin identidad. Sin embargo, conforme nos alejamos de la medianoche para acercarnos a un nuevo amanecer, así también se disipan las expectativas de una historia demasiado cotidiana, marginal, como para conmover.



After Dark es una narración con un enfoque literario alternativo. Casi parece más un guión cinematográfico que no una verdadera novela. El narrador, que no es omnipresente, se desplaza a diferentes lugares y describe lo que está ocurriendo en cada uno de ellos. En todo momento indica qué debe llamar nuestra atención, desde qué ángulo mirarlo o qué podría estar sugiriéndonos lo que describe. Además, informa qué músicas están sonando en cada nuevo lugar que pisan los personajes.

Al margen de la perspectiva literaria, Murakami desarrolla su historia en plena madrugada, cuando la noche se extiende manifestando su potencia, y los personajes se encuentran más indefensos y vacilantes. La atmósfera está impregnada de temor, de ese recelo que provocan las sombras, de respeto a lo desconocido; donde parece latir el riesgo esencial a la noche (proyectado a través de la mafia china). Los escenarios por los que transcurren los acontecimientos en After Dark, o los locales en los que se cruzan los personajes, parecen pinturas de Edward Hopper; cuadros fríos, solitarios, reflexivos, ideales para relaciones ocasionales, perfectos para encuentros imprevistos.


Y así, en una ciudad que bien podría ser Tokio, o cualquier otra, Mari Asai está sumergida en su lectura, sola, en un local que desconoce, y dispuesta a pasar la noche leyendo tras haber perdido el último tren de vuelta a casa. La joven pronto tiene un invitado inesperado a la mesa, Takahashi, un chico al que conoció en una antigua fiesta y que al principio no reconoce. Las primeras conversaciones —será lo habitual posteriormente—, son intrascendentes y sin interés alguno. Poco a poco irán revelando sin embargo personalidades desgarradas y no tardarán en contarse sus problemas mutuamente. Luego, Mari, una vez se ha marchado Takahashi, vuelve a sufrir una nueva interrupción. Esta vez es Kaoru, una mujer a la que no conoce de nada y que se dirige a ella para pedirle ayuda. Kaoru es la encargada de un love-hotel, Alphaville, donde un cliente le ha pegado una paliza a una prostituta china con la que trata de comunicarse sin éxito. Al parecer Takahashi le había confiado a Kaoru, a la que conocía tiempo atrás, que Mari sabía chino y que podría ayudarla. Esta parte es sin duda la mejor del relato, exactamente hasta que dan con Shirikawa, el responsable de la paliza. Mientras, la hermana de Mari, Eri Asai, una belleza que ha trabajado como modelo, duerme profundamente en un extrañísimo sueño que la ha postrado durante días. Encuentros casuales y escenas oníricas, un relato sin más interés que las relaciones que pueden establecerse por la noche entre un puñado de desconocidos.

Sin embargo, lo que parecía al principio una original forma de desarrollar cómo actúa la Providencia en unas horas, parece simplemente un cuento de adolescentes, cuyo contenido no en vano es para los más adultos, adolescentes protagonistas, en fin, consumidos por un profundo problema de identidad. Este y no otro es el asunto de After Dark: los problemas de identidad de individuos que no se encuentran a gusto siendo como son, porque ni tan siquiera saben quiénes son. Los complejos de estas personas se manifiestan con imágenes como el sueño, la noche o la oscuridad. Shirikawa por ejemplo apalea a una joven prostituta porque le ha "bajado" la regla, cuando hacía un alto en su trabajo nocturno como informático, mientras su mujer duerme tranquila esperándolo. Antes de marchar para casa, realiza una serie de abdominales en la oficina como una especie de ritual. Personajes excéntricos y poco corrientes, a pesar de lo que pretenda el señor Murakami. Pero es Mari a mi entender el mejor personaje de Murakami, una chica que no sabe bien quién es, y que a pesar de resultar muy frágil no llega a conmover porque ni ella misma es capaz de quererse. Quizá, me he preguntado, no afloren los sentimientos de lástima hacia los personajes por el mensaje conceptual del autor, demasiado onírico y enrevesado. Y es que la imagen final en la que Mari se desnuda para meterse en la cama junto a su hermana dormida me lleva a sospechar que la hermana no existió jamás, y que sólo fue una figura que se inventó Mari para afrontar su bestial soledad; dando vida en su mente a un modelo como el que le hubiera gustado llegar a ser, pero al mismo tiempo una ilusión que la aleja, abismal y peligrosamente de su yo, de su verdadera identidad. 


Después de todo, After Dark no llega a emocionar. La historia no conmueve, el concepto no engancha y el método, en apariencia original, no ayuda. Lo cierto es que recurrir a imágenes oníricas para explicar el problema de la identidad es complicar las cosas demasiado. Merece la pena sin embargo leer al japonés, porque la historia rezuma calidad, es, como digo, original y, sobre todo, se advierte la suficiente profundidad como para profundizar en la interpretación del texto. No obstante, After Dark se apunta también, cómo no, a la literatura actual: centrada en personajes extraños, inadaptados, poco «normales», que hacen de la locura (causada por los problemas de identidad) una vía de escape, en vez de huir de los problemas superándolos por su esfuerzo, afirmándose a través de los méritos personales. Compañeros de narrativa no le faltan a Haruki Murakami. Ahí tenemos la prueba de Millenium de Stieg Larsson o La soledad de los números primos de Paolo Giordano. Con personajes atormentados por sus complejos, que huyen hacia delante para abrazarse finalmente a la locura. ¿Será Mari Asai como Jack (Edward Norton) en El club de la lucha, y su hermana Eri, un producto de su mente trastornada, como el personaje que inventa Jack, Tyler Durden (Brad Pitt)? Eso me temo. Con todo, creo que si le diera a esta obra una segunda oportunidad, me gustaría bastante más que en esta primera lectura.



Espacio, Japón y su literatura

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