martes, 22 de septiembre de 2015

España, Patrimonio de lo Sagrado: El Valle de los Caídos

El sol se levanta, cuando el viajero ya conduce sus pasos hacia la tumba de uno de los personajes más vilipendiados de la reciente historia de España. Los huesos del dictador Francisco Franco descansan en las entrañas de una basílica asentada en el valle de Cuelgamuros, majestuoso paisaje alpino, que, en palabras del sacerdote e historiador Justo Pérez de Urbel, es «uno de los más bellos rincones de la geografía española». Pero no es éste el único motivo que mueve los pies del viajero, la Basílica Menor del Valle de los Caídos es un templo sobrecogedor y único. Sin duda el monumento y su entorno conforman uno de los espacios sagrados más valiosos del patrimonio hispánico.

Que los restos del dictador reposen en aquel sitio no le incomoda. Muy al contrario. Ha discurrido lo suficiente como para considerar a Franco una figura providencial, que libró a España de la perversa revolución comunista. El juicio casi unánime de los hombres le resulta indiferente. El viajero es seguidor de Cristo, y con orgullo se ajusta a lo exhortado por San Pablo en la carta a los Romanos: «no os amoldéis a este mundo».

El tráfico de la carretera, de camino a la Villa y Corte de Madrid, apenas le exige concentrarse. Dedica la mitad del trayecto a rezar el rosario, completo, con sus 150 avemarías, guiado por un anillo que sitúa para la ocasión en su dedo índice y que guarda en el coche. Al finalizar la plegaria le duele la garganta. Cada día habla para un auditorio, enseñando con gusto lo que ha dado de sí el Cristianismo. Por eso ha de cuidar su voz como si fuera un barítono. La verdad, no obstante, es que la garganta le está dando algunos disgustos.

Para la segunda mitad del camino escucha varios programas de Historia de la Iglesia, que dirige el profesor Alberto Bárcena en Radio María, descargados en su momento de la página web del programa. El profesor Bárcena por entonces acababa de publicar un trabajo definitivo sobre los presos del Valle de los Caídos. Libro que había sido ungido por el silencio mediático, al no comulgar con las ruedas de molino progresistas y sus anhelos de revancha. Además, el profesor Bárcena había realizado su tesis doctoral precisamente sobre este tema. El viajero pensó que pocas personas podrían toser a este señor en cuestiones del Valle, y sin embargo sabía que una buena parte de sus compatriotas mantendría vivo en su corazón el odio hacia el Valle contra toda razón histórica.

Se olvidó sin embargo de aquellas cuestiones cuando divisó desde la carretera la gran cruz, empotrada contra un cerro encendido de árboles. El signo de la Cruz Redentora, como la llamara Juan XXIII, «meta preclarísima del caminar de la vida terrena, que extiende sus brazos piadosos a modo de alas protectoras, bajo las cuales los muertos gozan el eterno descanso». No quiso especular el viajero sobre el porvenir de aquellas personas. Era al arcángel San Miguel al que le tocaba pesar sus almas en la balanza. Aunque estaba seguro de que no todos gozaban del referido descanso.

Al llegar a la barrera de seguridad del Valle, el viajero baja la ventanilla del coche. Suspira; por fin ha llegado. Pero sólo al dejar atrás las compuertas consigue llenar sus pulmones de aire. Parece como si hubiera traspasado un umbral invisible y hubiese ingresado en un lugar radicalmente diferente del que venía. Antes de dejarse llevar, sin embargo, considera qué opinión les habrá merecido a los guardas su llegada. Una persona sola no podía ser muy común en aquel sitio. ¡Qué más le daba! No era ningún descerebrado que quisiera hacer trizas aquel tesoro artístico.

Cuando por fin deja el coche a los pies de la inmensa explanada que da acceso a la basílica, se apea con gesto solemne, asciende unos peldaños y contempla el horizonte. No tiene prisa. Es la segunda vez que recorre ese escenario, la primera sin nadie que lo acompañe.

Al norte observa Navacerrada, una montaña poderosa de duras crestas. Majestosa la vista. Se gira un poco e intuye El Escorial. Lo siente al otro lado, apenas a unos cuantos kilómetros. Ocultas quedan sus torres tras los riscos vestidos de pinos, jaras, robles y algunos chopos. Es una buena decisión, se dice, dar un breve paseo y fundirse en aquella armonía perfecta.

El viajero se pregunta mientras camina, seducido por la atmósfera, por qué algunos lugares parecen llenos de gracia. ¿Qué increíbles encantos encubren los regatos de la Tierra? La luz, el aire, el agua corriendo, los árboles, un pájaro que canta cerca..., la vida sonríe y casi nadie lo aprecia.

Pero no todo es tan ameno en la existencia humana. El perfil de la realidad ofrece siempre una cara y su reverso. El viajero está seguro además que la realidad es mucho más compleja de lo que imaginamos. Infinitamente más compleja y rica. Y por tanto, increíblemente apasionante.

Por eso tras dar una vuelta por los alrededores del monumento se decide a entrar en el templo, que lo atrae como un imán para enseñarle mayores secretos. Conoce la oscuridad de la gruta que va a penetrar en un momento. El potente hechizo desplegado entre los muros de esa cripta. No es que desconfíe. Es que dentro el alma es cubierta por un velo de respeto.

Pero ha viajado hasta allí para eso. En marcha, se dice. Adentro.

Más allá de las pesadas puertas de la basílica, tenía razón, se acentúa el misterio. Allí las realidades naturales que deleitaban segundos antes los ojos del viajero se difuminan por completo; en el vientre de la montaña el tiempo parece detenerse. ¿Cómo es posible que haya lugares donde todo parece inalterable? Pocos lugares le impresionan tanto. En esa nave, concluye, hay sacralidad hasta en su diseño.

Una vez dentro, así pues, el viajero gestiona su acceso sin prestar demasiada atención a los funcionarios que ocupan su puesto. Sonríe, ausente. Su cabeza ya está mecida por el incienso y los ecos de las jaculatorias recitadas desde que se iniciara el culto en la basílica. Urge franquear las altísimas verjas forjadas con elegancia y dejar atrás el vestíbulo. Entonces, un túnel monumental, con bóveda de cañón adornada con casetones, impulsa la vista al final del recinto sagrado, donde se distingue al Crucificado, a la altura del Altar Mayor.

Considera el viajero la extraordinaria obra de ingeniería que supone horadar un cerro y construir en sus entrañas una iglesia de esas dimensiones. Dieciocho años de esfuerzos bajo la dirección de dos arquitectos distintos, y sin que costara una sola peseta al Estado español. Por otra parte, se había mentido miserablemente sobre los presos que trabajaron en esa construcción histórica, tanto que la mentira se había transmitido a la opinión pública como una enfermedad contagiosa e imparable. Los estudios serios, por el contrario, desacreditaban las falacias comunistas. ¡Y pensar que esas piedras bellísimamente ensambladas habían querido ser dinamitadas por los bárbaros!

Pero vuelve en seguida a sacudirse los pensamientos.

El recorrido por la galería seduce al viajero y lo hace sentir pequeño, dependiente del Dios ante el cual todo hombre y ángel doblará la rodilla, entre hermosos tapices historiados y relieves enormes relativos a la Virgen Santísima. Los candelabros de las paredes inspiran espacios ceremoniales, lugares especiales por los ritos y eventos que acontecen en su seno.

Al llegar al crucero, frente al Altar Mayor, separado por unos escalones, un espacio circular amplía el campo de visión del visitante. Delante, Cristo crucificado se alza en el centro, sobre un robusto madero. Está solo, y su mirada piadosa se dirige a los cielos. Aún recuerda el viajero su primer viaje al Valle, junto a su novia, y su regreso al día siguiente para asistir a una misa que, según le había comentado su hospedera, merecía la pena contemplar. Agradeció luego esa información, porque en aquella misa todas las luces del templo expiraban y sólo un débil haz de luz iluminaba al Cristo crucificado, provocando en el templo una sensación de recogimiento que muchos años después se tradujo en una fe robusta, amante de la meditación y el silencio.

No puede entonces evitar una ojeada sobre la primera tumba famosa que alberga el recinto, delante justo del altar; la otra se encuentra al otro lado. Yergue sin embargo su mirada al techo, allá donde Cristo dirige sus ojos, confiados y exultantes: Una bóveda admirable irradia su luz dorada sobre la cabeza del viajero y el cuerpo atormentado del Redentor del universo, como un sol que derramase sus gracias para la reconciliación de los hombres.

De repente se le ocurre algo. En esa ocasión el viajero posee una formación teológica de la que carecía en su primer viaje. Ese lugar motiva como pocos la meditación en la Redención de Cristo. Allí se concentran los osarios de gran cantidad de caídos en la Guerra Civil, y piensa que sólo ideologías intrínsecamente contrarias al Reino de Dios pueden provocar consecuencias así de lamentables. Un sacerdote rumano, Richard Wurmbrand, demostró los vínculos entre Marx y el satanismo. Casi nadie lo sabe, lo tiene claro. Como también tiene claro que muchas buenas personas se dejaron arrastrar por una ideología que vendía un paraíso en la tierra inexistente. Aquellos hombres se creyeron con derecho a todo, incluso a matar y robar propiedades ajenas.

Volvía el viajero sobre las mismas ideas una y otra vez. Aquel lugar evocaba en su imaginación cómo hubieron de ser aquellos tiempos revueltos.

A continuación, el viajero se recrea en una de las capillas, donde descansan innumerables restos de los caídos en la guerra fratricida. Le imponen los cementerios. Allí trae a su memoria las palabras del gran Papa León XIII, caladas de misterio, pero evidentes para cualquier hombre de fe: «El humano linaje, después que, por envidia del demonio, se hubo, para su mayor desgracia, separado de Dios, creador y dador de los bienes celestiales, quedó dividido en dos bandos diversos y adversos: uno de ellos combate asiduamente por la verdad y la virtud, y el otro por todo cuanto es contrario a la virtud y a la verdad».

Ya no quiere seguir discurriendo sobre ideas que han hecho que amigos y hermanos se maten antaño. Sólo desea que empape a través de sus poros la santidad que flota entre aquellos paramentos. ¿Pero por qué querrán destruir un monumento tan excepcional como ése?, se dice. Y no puede dejar de preguntárselo. La cruz. Eso es, la cruz molesta. La cruz recuerda al mundo que sus obras son malas. Por eso se odia a Cristo, como él mismo enseña a los suyos, según recoge el capítulo siete del evangelio de San Juan. ¿Podrán los enemigos de Cristo con la gran cruz que domina el Valle?, discurre al fin. Lo han de tener difícil; los terribles arcángeles de Juan de Ávalos velan por aquel recinto. Sus descomunales espadas están listas contra los impíos. Pues «celosos de la honra de la Casa de Dios, montan guardia permanente en solemne advertencia a los que entran».

Se va el caminante de allí al fin perseguido por una estela de nostalgia. Sabe que se encuentra en un lugar incomparable. Y no quiere decir adiós tan pronto. Lo esperan, sin embargo, en la Posada Don Jaime. Ha vuelto a hospedarse en el viejo palacete que regenta Esther, donde ya pasara un par de noches en 2009 junto a la que por entonces era el amor de su vida.

—¿Qué tal ha ido, Luis? ¿Cómo ha encontrado el Valle después de 6 años?
—El Valle está como yo, Esther, envejecido.

En los ojos de la dulce dueña del hotel asoma un destello de tristeza. En San Lorenzo de El Escorial son muchos los que entienden perfectamente qué monumento incomparable es el que tienen a dos pasos. El Valle es para ellos un lugar sagrado, no menos importante que el fastuoso Monasterio que sitúa el nombre de ese pueblo en los mapas de las principales maravillas del mundo moderno. El Monasterio lo reserva para el día siguiente, y luego regresará a casa, dando gracias por ese viaje.

No se va esta vez el viajero a tomar unas tapas al estrecho y oscuro local donde 6 años atrás pasara una de sus mejores noches con aquella chica cuyo nombre sigue tatuado en uno de sus brazos. Ha comprendido que ese tipo de instantes felices aparecen cuando ellos quieren, no cuando uno se empeña en dar con ellos. Y ha ido hasta allí en solitario.

Sube a la buhardilla, pues, dando las buenas noches. Siente entonces que refresca bastante, lo que facilita que fluyan pensamientos e ideas remotas. Pero esa soledad no es ninguna pesada carga para él. Sabe aprovecharla, y su alma se lo ha agradecido sobradamente en los últimos años. Aunque nada llena del todo, no al menos de forma permanente. Por eso se pregunta si sería más dichoso con ella a su lado. ¿Con otra tal vez? Tipo raro, se dice. Pero tipo raro al fin y al cabo que en esos momentos está muy a gusto con lo que hace.

Mientras se ducha, no puede disimular una sonrisa; ha recordado algo que sabe pero que olvida a menudo: necesitamos compartir cada instante feliz que vivimos.



2 comentarios:

  1. Tengo 48 años, desde los 16 años por diferentes motivos he estado en Madrid y conozco muchos de sus lugares, entre ellos El Escorial. La pasada semana fué mi última estancia de tres días, y hoy me he encontrado con esta entrada hablando de El Valle de los Caidos; y he caído en la cuenta, que no lo conozco, que en muchas ocasiones he pensado: en mi próxima estancia en Madrid, quiero ir a visitarlo; pero nunca ha llegado ese día.

    Tras la lectura de esta entrada, me doy cuenta, que personalmente y de forma inconsciente también he abrazo prejuicios negativos colectivos y propagados por el "actual sistema democrático" en su continuo falseamiento de la historia; y de los que afortunadamente, en estos últimos 15 años he ido actualizando.

    En cuanto pueda tener la oportunidad de un nuevo desplazamiento a Madrid, lo tendré presente, antes que los de "progrelandia" se encarguen de disipar cualquier resquicio de este lugar, y no se pueda (entre otras cosas) acceder a poder escribir entradas tan inspiradas.

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  2. J.A. Vallejo-Nágera, en su libro "locos egregios" en el capítulo sobre Hitler -y para distanciarlo de él- nos informa que Franco, a pesar de todas las posibilidades que tenía, ordenó a los arquitectos que la cúpula del Valle tuviera medio metro menos que la de Miguel Ángel "por respeto a la primera iglesia de la cristiandad"
    Dicho esto, no puedo menos que añadir:
    ¡Ay, España, España, ¿qué te fizieron? ¿cómo la que fuera "espada de Roma, martillo de herejes, luz de Trento, cuna de San Ignacio" se ha convertido en el bardaje de la UE, de la ONU, y de la masonería en general? ¿cómo la que más mártires aportó a la Iglesia y santos más notables dio recibe en las instituciones a piojosos perroflautas?
    Si el genio de la lámpara me ofreciera tres deseos, sólo pediría uno:
    La Parusía.

    Haddock.

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