domingo, 29 de diciembre de 2013

España, Patrimonio de lo Sagrado: Murcia


Murcia, tierra de calor y de bellas mujeres, es una vega de sabores intensos. Me parece un lugar embriagador, enigmático incluso. La verdad es que consiguió embrujarme ya en las primeras visitas y convencerme de que tiene una personalidad poderosa y extraña. No sé la razón, apenas la intuyo, pero debe de ser el poso de culturas ricas en creencias escatológicas y el propio ambiente, denso, también embrujado. Sea como fuere, aquí, en los meses de calor sofocante que ha de atravesar este antiguo reino español, he comprobado que el aire se derrite y da lugar a una calima que todo lo enturbia, como si los misterios adheridos al polvo de estas tierras quisieran manifestarse.

Lo primero que me atraía de Murcia, como el imán que es para las mareas la propia luna, era la espléndida Catedral de Santa María. Su torre, la segunda más alta de España (casi 100 metros), otea las huertas que se extienden en esta caldera situada en la antesala del mar Mediterráneo, y se ve desde muchos kilómetros a la redonda. Es ésta una catedral con una vista impecable, pues se levanta sobre una plaza enorme que permite contemplarla en toda su majestad y belleza. En esta explanada lo primero que hago es admirar su fachada barroca, magnífica y exuberante, muy poderosa, pensada para conmover a los fieles con un diseño de la piedra de diferentes profundidades que acentúa el juego de luces y sombras. Y a su lado, la monumental torre-campanario, posterior al templo y anterior a la impresionante fachada barroca.

El escenario es perfecto para el lustre de la gran catedral. Bien abrigada por las calles y conventos del casco viejo.

Una vez dentro, me siento arropado por un escenario que me transporta en el tiempo siglos atrás. Los muros que me cobijan pertenecen a una bellísima nave gótica. Tras la reconquista de las tierras murcianas por los reyes cristianos en el siglo XIII, se pensó en la construcción del citado templo, que comenzaría a levantarse un siglo después y sería concluido finalmente a mediados del siglo XV. Lo primero que descubre el visitante de este lugar de culto es que el edificio tiene tres naves, de diferentes alturas, y según avanza unos pasos, que el templo concluye en una cabecera con girola. Son preciosos por ejemplo sus altísimos arcos, muy, pero que muy apuntados, y muchos otros detalles decorativos propios del riquísimo estilo gótico. Entre los anchos pasillos, después de rondarlos a mi aire, me decido a disfrutar de una visita guiada para empaparme de la historia de cada una de las capillas y conocer el museo de la catedral, hasta concluir con subida a la torre. Por fuera, para acabar este boceto apenas insinuado por el recinto, presto atención sobre todo a dos puertas, lo que me obliga a dar una vuelta completa por el perímetro del templo. La Portada de los Apóstoles y la de las Cadenas son las más valiosas, accesos en los que, me fijo, casi nadie repara. La primera puerta es un elegante y soberbio ejemplo de arte gótico, y la segunda, la puerta norte, un noble trabajo renacentista. Hay dos formas de mirar, la que se deleita del espectáculo sin mirar nada concreto, y la que observa, curiosa, los detalles de cualquier manifestación artística. Dedico mi tiempo a interpretar el lenguaje de las piedras y me marcho a otro punto.

No lejos de la catedral, se encuentra la figura de la mujer más hermosa de todas las murcianas. Y la competencia es bien grande, pues en términos generales, la mujer murciana es guapa a rabiar.

Hablo de la patrona de Murcia, de Nuestra Señora de la Fuensanta, cuya imagen descansa en el importante santuario que lleva su nombre; ubicado en los montes vecinos, pegados a la capital como el esposo a la esposa en sus lunas de miel, coronando la rica Vega del Segura. Y hasta allí, al balcón de Murcia, me muevo. Pero como en otras ocasiones, no pensaba que fuera para tanto. El lugar señalado es como un cuadro pintado por un genio.

Murcia es la ciudad por excelencia del barroco, y barroco es también el santuario citado, asentado en un paraje natural próximo a la pedanía de Algezares. Al bonito santuario se añade, además, la belleza de su emplazamiento. El templo, uno de los centros de devoción más importantes de España, se pensó a partir de que la vieja ermita se quedara pequeña para acoger a cada vez más cantidad fieles. Comenzado en 1694 y terminado en 1712, lo más llamativo del santuario, al margen de la Virgen, es el antiguo retablo churrigueresco, posteriormente reelaborado al estilo barroco, y los frescos y relieves. En su exterior, impresiona el barroquismo de los torreones.

Antes de precipitarme adentro, y comerme con la mirada la figura de la Virgen, custodiada por las monjas benedictinas del monasterio levantado a su lado, paseo por los alrededores del recinto, tratando de absorber su ambiente más íntimo. Mientras lo hago, recorriendo el horizonte desde el balcón de Murcia, retrocedo con la memoria hasta el origen de este punto caliente de la cartografía santa peninsular.

Buceando por las páginas de la leyenda que rezan sobre el lugar, nutriéndome antes de iniciar este desplazamiento por los montes murcianos, descubrí que en este paraje, conocido antiguamente como el Hondoyuelo, se apareció la Virgen para hacer brotar la «fuente santa». En la actualidad el manantial al que se refiere la leyenda sigue humedeciendo este paraje. Como consecuencia de esto, algunos santos se entregaron a la vida cenobítica, y, bajo las cuevas de aquella sierra, vivieron apartados del mundo dedicados a la oración y a una existencia elemental y sencilla. Andando el tiempo se fundaría en el milagroso epicentro una ermita, y ésta daría lugar, tras ser derribada con fines a mejorar la capacidad del templo, al actual santuario.

La iglesia, cuando penetro por fin en las penumbras que la guardan, es pequeña pero hermosa. No hay un alma, salvo en una especie de portería que queda afuera. La tengo, pues, para mí sola. Prefiero sin embargo echar unas monedas para ver en seguida la talla de la Virgen, a continuar en sombras. Dadas las luces —que no tiene sentido que permanezcan encendidas fuera de horarios de culto— la ermita resplandece. El retablo mayor concentra de repente mi atención, dorado, con columnas y estípites a los lados. En el centro una imagen de la Virgen, preciosa. Agraciada como pocas.

Como es habitual con las tallas de la Virgen, ésta luce vistosos ropajes, joyas regaladas por los fieles. Afortunadamente fue salvaguardada de los bárbaros comunistas, que, en los días negros de la Guerra Civil, profanaron brutalmente el tempo, destruyendo imágenes y convirtiendo el mismo en un almacén de pólvora. Caterva de satanases. ¿Hasta dónde llega el odio de esta legión miserable? ¿Qué daño hacen a nadie las imágenes cristianas donde corresponden? Pobres personas a las que arrebataron sus vidas, antes y durante la contienda, por sus creencias religiosas. En fin, no viajo para ulcerarme, aunque a veces el cuerpo me pide que baje fuego del cielo y consuma a los criminales… No siempre puede uno desprenderse de su Historia, para no tener que recordar viejos episodios repugnantes. Punto, desgraciadamente seguido. Entre los reconocimientos que adornan a la Virgen de la Fuensanta cuenta con el honor de ser proclamada Generala de las tropas españolas el 27 de mayo de 1808, llevando aún consigo el fajín que le ofreció el general Pedro Gómez de Llamas Molina. La hermosa patrona de Murcia, desde 1731, también dio su nombre a un batallón de caballería. Imagino el orgullo de sus miembros al tener a la Virgen como patrona. Cuando por fin se apagan las luces, ya he examinado los frescos y relieves, pero aún permanezco en silencio en el templo, oculto en las sombras. A veces, medio minuto más es un mundo. Por fin, al respirar la paz que deseo, emerjo afuera.

La luz inunda todo el orbe bajo este trozo de cielo. Desde este lugar privilegiado, oteando el espacio abierto, resuelvo entonces dirigir mis pasos al vecino Cristo de Monteagudo. Una soberbia cruz levantada en el Cerro de los Ángeles del pueblo que da su nombre a ese Cristo.
El gigantesco monumento, casi desconocido allende estas comarcas, impresiona por sus dimensiones y la piedad que transmite en la piedra labrada. Fue demolido por las hordas revolucionarias durante el conflicto civil del siglo pasado, y vuelto a levantar en 1951. Semejante manifestación de fe, con un Cristo entronizado en el cerro de un modesto pueblo cuya nación, a través de sus instituciones, ya no se confiesa cristiana, me emociona profundamente. Insólito monumento para un pueblo de caínes y rufianes, españoles envidiosos, sectarios, ignorantes, pendencieros, pero también, entre ellos, compatriotas leales, cumplidores, devotos, incluso santos. Casi todos hermanos enfrentados, con familias que viven en los extremos.

Traslado la realidad de este pueblo, que por otra parte desconozco, a una dimensión nacional. La raza española ya no quiere a Cristo en sus cerros, ni en las aulas, ni tan siquiera en las calles cuando se celebra la Semana Santa, pero ¿lo miran allí donde aún puede mostrarse sin complejos? Me pregunto, mientras asciendo a la base del inmenso monumento, con alguna que otra dificultad que impone el terreno, si este pueblo levanta los ojos al cielo y se dirige en oración al Señor, representado en semejante figura rocosa. En pleno, no lo creo. Unos pocos tal vez. Quizá muchos. Pero sospecho que la mayoría está en otras cosas. ¿Qué le importa a la gente, en realidad, me pregunto, si en el fondo no somos nada? ¿A qué dedican sus vidas si mañana serán polvo y cenizas? Me emociono por tanto a los pies del Cristo, colosal, formidable, bello. Pero también repudiado, descuidado, abandonado al sereno. Me voy de allí sobrecogido por un lado, y entristecido por otro. El monumento, el ambiente, la impronta del entorno, me ha trasladado el vacío que recibe ese Cristo desolado. Percibo, durante un instante, como un fogonazo que ilumina la mente, cómo de solo se siente.

Regreso a la capital abatido. Tengo que atraer a mí el recuerdo de Nuestra Señora de la Fuensanta para deshacer el nudo en el estómago que me ha creado la visión de un Cristo espectacular pero despreciado por criaturas que nos aferramos al cieno del que salimos, enfrentadas unas a otras por posesiones vulgares, y enojadas con la vida y con Dios mismo.

Mi última parada, antes de visitar el bellísimo Teatro Romea para disfrutar, a la caída de la tarde, de La dama duende de Calderón de la Barca, es el Museo Salzillo. Tengo ganas de conocer de cerca las obras maestras del magistral escultor murciano. Ellas me quitarán el sabor amargo que traigo de la población de Monteagudo.

El inmueble designado está ubicado en una antigua iglesia del centro, y está dedicado al prestigioso escultor murciano del siglo XVIII Francisco Salzillo. Soberbios son sus pasos de Semana Santa, sus trabajos más populares. Estos son los que más esperanzas tengo de ver, y por ello me lanzo ya a describir aquellos que más me agradaron, pasando por alto otras importantes exposiciones del Museo como por ejemplo su magnífico Belén. Pues bien, en la última etapa del recorrido, el visitante desciende hasta la Iglesia de Jesús, donde se encuentran los conocidos pasos. El lugar es precioso, mayor aún los tesoros que alberga bajo su techado.

La obra más sublime de todas las que se hospedan aquí del maestro Salzillo es La Cena. Un conjunto impresionante en estilo barroco de la escena evangélica de la cena pascual que comparten Jesús y los doce Apóstoles. No me puedo creer aún que las figuras sean de madera; policromada, por supuesto, pero madera. Tampoco la capacidad del genio Salzillo para otorgar al conjunto carácter solemne, por lo que representa (la institución de la Eucaristía), y a la vez lograr semejante clímax expresivo. Pero lo tengo delante. Es una obra maestra. Para ello, para dotar de naturalidad y vida al conjunto, el artista murciano —compruebo admirado— se vale de la Última Cena de Leonardo, escogiendo el instante de la traición. De esta manera, los gestos y reacciones de los hombres en torno a Cristo no pueden ser más elocuentes. La acusación de Jesús despierta comentarios, miradas cruzadas, movimientos bruscos, estupor y pesar. Hay tensión en la escena inmortalizada. Los discípulos se reconocen fácilmente por un observador ilustrado. El contraste entre San Juan y Judas Iscariote es una lección propia de un grande. Mientras el discípulo amado reposa tranquilo a la vera del Señor, el traidor vuelve su cabeza hacia el espectador. Maravilloso detalle. Lástima que no pueda acercarme lo suficiente, o rodear totalmente la obra.

Cada uno de los pasos posee una riqueza teológica admirable. De La oración en el huerto, por ejemplo, me sorprende el diferente sueño de cada uno de los Apóstoles en escena y, sobre todo, el rostro de Jesús, con la mirada hundida en pensamientos que no comprendemos. El ángel dulcifica la angustia que experimenta el Mesías; contrasta con el sufrimiento que ha de soportar en la hora conocida como de las tinieblas. Es un conjunto admirable.

La obra más barroca de todas, en cambio, es La Caída. En esta se ve el prendimiento de Jesús, de enorme intensidad teatral. Incluye detalles de gran patetismo como la espina de la corona hincada en un párpado de Cristo. También es asombroso el odio de los otros actores de la composición. Descubrir estos pormenores frente a cada una de las obras me produce un placer inmenso. Para alguno de los visitantes que también visitan el Museo Salzillo, compruebo, debe ser una pérdida de tiempo. Cada uno por lo visto interpreta como quiere el carpe diem.

Para el final me dejo, pues está solo, bajo el templete de la nave central, el único paso que no es de Salzillo. Nuestro Padre Jesús Nazareno. Es difícil explicar con palabras el enigma que transmite. Observar la imagen durante unos minutos en silencio, altera mi cuerpo. ¿Cómo puede tener una mirada tan errática y ausente? Por lo que sea, me asusta. Me cuesta mirarlo. Me aturde la soledad del «superhombre», la angustia de Cristo, remolcando un madero envuelto en el halo de su misterio.

Pero ya está bien de asuntos serios, me digo, de materias graves y solemnes. Incluso el misterio fatiga. Así que me marcho. En medio del crepúsculo, con la tregua que da el calor después de un día agobiante, paseo entre palmeras y mezquitas reconvertidas en conventos. Es en sí misma una meta andar por el centro de Murcia al final de la tarde entre mujeres tan guapas, pero he comprado un billete para reposar el espíritu entre las butacas del Teatro Romea. Es, en sí mismo, una joya. Una de tantas que atesoran las tierras murcianas.



1 comentario:

  1. Genial tu interpretación de algunos rincones de Murcia. Sin duda, una gran desconocida, pero que, tras su paso por ella, su huella queda imborrable en el visitante.
    Gracias por tu artículo.
    Cordiales saludos!
    Un murciano de nombre, Javier Bemar

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