viernes, 30 de septiembre de 2016

El conde Lucanor de Don Juan Manuel

Un buen amigo me preguntaba hace poco cuál era el próximo libro que pensaba comentar en La cueva de los libros. Cuando se lo dije me miró con asombro. Más bien su mirada fue una mezcla de susto, sorpresa y estupor. No sé por qué. Pues El conde Lucanor es una joya en prosa del medievo español. Y su autor, Don Juan Manuel (un príncipe escritor), todo un maestro en el arte de la narración y de esa máxima medieval que consiste en enseñar deleitando.

La vida de Don Juan Manuel se desarrolla fundamentalmente en la primera mitad del siglo XIV, aunque él nace en 1282, en la villa de Escalona (Toledo). Estuvo emparentando con la realeza (era nieto de Fernando III el Santo y sobrino de Alfonso X el Sabio), y se vio envuelto en numerosas intrigas políticas, sin descuidar en absoluto su obra literaria, que fue por cierto cuidada con esmero por él mismo, con la intención de conservarla y facilitar así su transmisión. De casta le viene al galgo, y por eso el autor del Conde Lucanor continúo la labor de depuración de la prosa castellana que ya inició su tío, el rey sabio, con una clarísima voluntad de estilo y un lenguaje diáfano y parco.

Si me entretengo divagando sobre la vida y personalidad de este hombre extraordinario de la Castilla medieval es porque le he seguido los pasos con regocijo, tratando de observar los mismos paisajes que él observara antaño, y con El conde Lucanor bajo el brazo. Pues bien, si no estoy equivocado, el verano pasado (2015) se dio a conocer un audiovisual sobre la Ruta del Conde Lucanor (yo al menos lo descubrí entonces). Un audiovisual que recomiendo. En el mismo se habla de tres poblaciones, lugares que hollara Don Juan Manuel con sus botines de caza: Escalona, Peñafiel y Villena. Por fin he podido visitar los tres lugares, y aunque parezca mentira, y Villena sea el punto que tuviese más cercano, ésta ha sido la última en recibir mi visita (más bien su castillo). Sin embargo, ha sido al regresar por enésima vez a Alarcón, otro enclave del que Don Juan Manuel fue señor, cuando he decidido escribir sobre este príncipe escritor.

Conforme pasan los años, disfruto más y más viajando en solitario. Últimamente, de hecho, me da por comer en algún bar con solera de los pueblos que visito, mezclándome con los lugareños. Mesones sencillos que pongan de menú algo típico y me hagan continuar la marcha satisfecho. También llevo conmigo algún libro relacionado con el viaje, aunque luego apenas lea nada. En este caso, como El conde Lucanor es un libro con 51 cuentos y multitud de aforismos, resulta ideal para hacer un alto y leer una de sus breves piezas (cosa que he podido hacer en mi último desplazamiento). Entre los cuentos de la primera parte, o ejemplos que Patronio expone al conde para ilustrarle acerca de un problema que éste le ha planteado, destacaría como piezas maestras, aunque pueden gozarse muchos otros, el cuento II (Lo que aconteció a un hombre bueno con su hijo), el VII (Doña Truhana), el XI (El deán de Santiago) y el XXXV (Lo que aconteció a un mancebo que se casó con una mujer muy fuerte y brava).

En todos los cuentos Don Juan Manuel demuestra haber recibido una educación esmerada. Sus fuentes son varias, tanto clásicas como medievales. Pero más allá de su vasta cultura, o el ingenio evidente de su prosa y de sus artificios narrativos, lo que encumbra la obra del príncipe escritor es que haya logrado insuflar a su gran libro un carácter intemporal. La sorprendente vigencia de estas historias, que son perfectamente aplicables a los lectores modernos, proyectan la obra de Don Juan Manuel más allá de su tiempo y de su espacio concretos, convirtiéndola en un clásico universal. Debido también a su estilo moderno, elegante y sencillo, sus ficciones enseñan y divierten, incluso hoy, en una época especialmente reacia a los consejos o a los textos con moraleja. 

En fin, hacer la Ruta del Conde Lucanor en buena compañía puede ser más estimulante incluso que hacerla en solitario. Pero solo si, entre el parloteo ordinario, entre el palique de siempre, se entreveran conversaciones sobre estos otros asuntos, literarios, artísticos, intelectuales, cultos. Lo común aburre, lo extraordinario, en cambio, enardece. 

Una recomendación final. Leer a Don Juan Manuel en español medieval es una hazaña que para quienes no debamos estudiar filología hispánica no tiene ningún sentido. En este caso es preferible leer el original traducido o adaptado a un español actual, que no reste ni quite nada, pero que sea accesible y conserve intacta su esencia. Gracias a una amiga librera he podido ojear unas cuantas ediciones modernas; y de las adaptadas, ninguna mejor que ésta de Editorial Castalia, en su colección Odres Nuevos.

De resultas, Don Juan Manuel justifica mejor su obra que yo mismo. Por eso prefiero que sea él el que responda a mi buen amigo, y le incite a leer esta joya medieval, que sigue reluciente a pesar de la ineptitud de algunos profesores de instituto:


En el nombre de Dios: amén. Entre las muchas cosas extrañas y maravillosas que hizo Dios Nuestro Señor, hay una que llama más la atención, como lo es el hecho de que, existiendo tantas personas en el mundo, ninguna sea idéntica a otra en los rasgos de la cara, a pesar de que todos tengamos en ella los mismo elementos. Si las caras, que son tan pequeñas, muestran tantísima variedad, no será extraño que haya grandes diferencias en las voluntades e inclinaciones de los hombres. Por eso veréis que ningún hombre se parece a otro ni en la voluntad ni en sus inclinaciones, y así quiero poneros algunos ejemplos para que lo podáis entender mejor.

Todos los que aman y quieren servir a Dios, aunque desean lo mismo, cada uno lo sirve de una manera distinta, pues unos lo hacen de un modo y otros de otro modo. Igualmente, todos los que están al servicio de un señor le sirven, aunque de formas distintas. Del mismo modo ocurre con quienes se dedican a la agricultura, a la ganadería, a la caza o a otros oficios, que, aunque todos trabajan en lo mismo, cada uno tiene una idea distinta de su ocupación, y así actúan de forma muy diversa. Con este ejemplo, y con otros que no es necesario enumerar, bien podéis comprender que, aunque todos los hombres sean hombres, y por ello tienen inclinaciones y voluntad, se parezcan tan poco en la cara como se parecen en su intención y voluntad. Sin embargo, se parecen en que a todos les gusta aprender aquellas cosas que les resultan más agradables. Como cada persona aprende mejor lo que más le gusta, si alguien quiere enseñar a otro debe hacerlo poniendo los medios más agradables para enseñarle; por eso es fácil comprobar que a muchos hombres les resulta difícil comprender las ideas más profundas, pues no las entienden ni sienten placer con la lectura de los libros que las exponen, ni tampoco pueden penetrar su sentido. Al no entenderlas, no sienten placer con ciertos libros que podrían enseñarles lo que más les conviene.

Por eso yo, don Juan, hijo del infante don Manuel, adelantado mayor del Reino de Murcia, escribí este libro con las más bellas palabras que encontré, entre las cuales puse algunos cuentecillos con que enseñar a quienes los oyeren. 


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