Un
lunes cualquiera, tras un sábado de discotecas y de recogerme a las tantas,
escapé durante dos días de este mundo de mentiras y envidias. Y estuve a punto
de romper con todo. Apuntísimo. De cortar lazos y de terminar con la algarabía.
En el fondo lo estoy haciendo, sólo que progresivamente. En realidad salía de
uvas a peras, muy, muy poco, por no decir nada. Pero cada vez lo hacía con
menos gusto y me encontraba más incómodo en esos locales ruidosos, aplastado
entre personas que no conocía de nada y que seguramente sólo deseaban con todas
sus fuerzas «pasárselo bien», arrancar unas horas de felicidad a este mundo tan
incomprensible y revuelto. Yo por entonces tenía otros alicientes, y era
cuestión de tiempo que me determinara a resolver de una vez por todas que para
mí había terminado la estúpida fiesta, la felicidad adulterada que otros
consumen a espuertas.