En mi último encuentro en el Madrid de los Austrias con un colega de la buena literatura, salieron a relucir los enigmas históricos de Shakespeare y Cervantes. Sin duda, los orígenes de uno y otro dan para muchas horas de tertulia, así como sus obras. Sin embargo, aunque mi interlocutor considera El Quijote un libro de envergadura universal, las Novelas ejemplares no le parecen gran cosa. Creo que es una estimación acertada, pero preliminar. Las Novelas ejemplares poseen un notable valor didáctico, y a través de ellas, además, Cervantes pone de manifiesto, entre otras cosas, su arte de enseñar deleitando. En resumen, aunque estas entretenidas narraciones son desiguales, y ciertamente no pueden compararse con Macbeth o El Quijote, tampoco son obras de poca monta.
La séptima novela corta de Cervantes se titula El celoso extremeño. El protagonista es Felipo de Carrizales, un hidalgo extremeño nacido de padres nobles que viaja a Sevilla, desde donde finalmente da el salto a las Indias en busca de mejor fortuna. Entonces tiene 48 años. Veinte años después, y habiendo hecho un caudal millonario, siente el deseo de volver a su patria.
De nuevo en España conoce a Leonora, joven y bella, con la que contrae matrimonio, y de la que espera unos vástagos a los cuales legar su patrimonio. Ella es una esposa sumisa, que acepta no tener más voluntad que la de su esposo. Y él, que es un ser celoso en extremo, sólo piensa en esconder su belleza.
