Huelga decir que en las últimas décadas las tradiciones navideñas se han ido deshaciendo como un azucarillo en una taza de té caliente. Los antiguos villancicos, los dulces caseros, el árbol y el belén montados en familia, la asistencia a las misas de gozo y a la Misa del Gallo, y en definitiva el espíritu cristiano, todo, absolutamente todo lo bello, bueno y verdadero, está desapareciendo.
Tampoco existe literatura católica de cierta entidad sobre la solemnidad en la que se conmemora el mayor acontecimiento de la historia universal: el nacimiento de Cristo, Hijo de Dios y Salvador nuestro. Todo un Dios que se hizo hombre para ser conocido, honrado, amado y servido.
El relato más famoso y elogiado sobre las fiestas navideñas es Cuento de Navidad, de Charles Dickens. Sin embargo, hablando con propiedad y precisión, la conocida narración protagonizada por Ebenezer Scrooge no puede considerarse cristiana, a pesar de la metamorfosis obrada en el alma del mezquino personaje. Es un bonito cuento de fantasmas con una moraleja digna de aprecio. Nada más.
En cambio, durante el Adviento de 2020 ha llegado a las librerías un cuentecito navideño que merece la pena considerar: Un cuento de Navidad para Le Barroux. Su autora es Natalia Sanmartín Fenollera, cuya ópera prima, El despertar de la señorita Prim, fue un éxito en varios países y nos conmovió por su clarividencia y sensibilidad.

