domingo, 3 de diciembre de 2023

Los cuatro jinetes del Apocalipsis de Vicente Blasco Ibáñez | Reseña y comentario crítico

La guerra es una realidad tan universal como la muerte. Por desgracia, a lo largo de la historia de la humanidad los conflictos armados han sido una constante, arraigada en el tiempo y el espacio, devoradora de hombres y mujeres, niños y ancianos. Hace ya demasiados siglos que Homero, en su inmortal poema bélico, reflejó su naturaleza desgarradora y traumatizante. Pero fue a raíz de la revolución industrial y el surgimiento de nuevas ideologías irreconciliables cuando la guerra adquirió una capacidad de destrucción sorprendente y una violencia insólita. Las dos guerras mundiales dejaron un balance de millones de muertos y cientos de ciudades devastadas, truncando por completo las ilusiones y esperanzas de cuantos de un modo u otro las padecieron. Desde luego, las luchas armadas entre pueblos y naciones siempre son un drama, aunque a veces, para defenderse, también son una necesidad tan vital como el agua. No es el caso de la Gran Guerra, que fue básicamente una guerra civil entre europeos, enfrentados por intereses de diversa índole, fundamentalmente relacionados con rivalidades económicas y militares, sin entrar a considerar las causas ocultas (¿quién puso la pistola en la mano de Gavrilo Princip?). Pues bien, sobre el punto de inflexión que supuso la Primer Guerra Mundial escribió una famosa novela el escritor español Vicente Blasco Ibáñez. Su título, Los cuatro jinetes del Apocalipsis, evoca las calamidades del fin del mundo, prefiguradas en los males de la Gran Guerra, un conflicto sin parangón que dejó al mundo tiritando y con mil rencillas pendientes de resolverse.

La novela en cuestión, que gozó de un éxito editorial mayúsculo, contando incluso con adaptación cinematográfica, no es sin embargo la obra más lograda del sectario escritor nacido cerca de la playa de la Malvarrosa. Es algo fría, forzada en cuanto a los sentimientos acerca de los cuales deberíamos sentirnos identificados, a pesar de que se empeña por conmovernos y consternarnos. Al menos en mi caso no he conseguido sentir empatía hacia los personajes, englobados en familias enfrentadas por la guerra: los Hartrott y los Desnoyers, descendientes de un acomodado granjero español afincado en Argentina, residiendo los primeros en Alemania y los segundos en Francia, países beligerantes en la Gran Guerra.

El protagonista de la novela es Julio Desnoyers, un argentino frívolo y aburguesado que baila profesionalmente el tango y tiene seducida a una guapa francesa, Margarita Laurier, casada con un señor aburrido que durante el conflicto se convierte en una especie de héroe de guerra y vuelve a llamar la atención de su mujer, para desgracia de un Julio al que la catástrofe ha trastornado sus planes.

Para el novelista en cuestión, el propósito del libro es doble. El primero, mostrar la lluvia de tristezas que cayó sobre Europa con la Gran Guerra, simbolizada en los jinetes del Apocalipsis, cada uno de los cuales representa una calamidad diferente: la peste, la guerra, el hambre y la muerte. Todo ello paralizó el progreso y la civilización, que retrocedieron ante la barbarie. Esas desgracias las describe principalmente Marcelo, padre del protagonista, que, dando por hecho que la humanidad se ha vuelto loca, e inquieto al apreciar el porvenir incierto de su nación y familia, se acerca imprudentemente al frente para tener noticias de su hijo. Las visiones que se le ofrecen son ciertamente patéticas, horribles, quedando de manifiesto en la tercera y última parte de la novela que para un hombre sin fe, la muerte es una locura incomprensible y una tragedia. El segundo propósito es menos noble. Hacer propaganda de guerra. Como reconoce el propio Blasco Ibáñez en su nota al lector, Pointcaré, a la sazón presidente francés, le animó a escribir «un libro que sirva a nuestra causa», por lo que Los cuatro jinetes del Apolispsis supone una diatriba contra Alemania, única culpable de la guerra, siendo sus soldados poco menos que fieras.

Como contrapunto de esta visión, Francia es encumbrada. Para Blasco Ibáñez el país galo dio lugar a una civilización que amaba la paz y la dulzura de la vida, y para todos aquellos pueblos que «creen en la libertad», «hizo la más grande de las revoluciones». Respecto a esto último, omitió sin embargo que también fue la cuna de los jacobinos y del terror de masas. La mitificada revolución ahogó en sangre toda Francia desde sus mismos comienzos, cortando cabezas a diestro y siniestro, y pisoteando los derechos del hombre y del ciudadano que tan ufanamente habían proclamado los exaltados de la Asamblea Nacional.

Finalmente, dejando de lado algunos feos a los españoles del siglo XVI, que, «al batallar con media Europa por la unidad religiosa y el exterminio de la herejía, trabajaban por un ideal erróneo, oscuro, pero desinteresado», apreciamos después de todo que Los cuatro jinetes del Apocalipsis es una novela de encargo, muy sesgada en cuanto a su visión histórica y escasamente lucida en lo formal. Y esto último es difícil de perdonar al autor de La barraca y Cañas y barro, Arroz y tartana y Flor de mayo; relatos emocionantes que cobran vida a partir de una prosa briosa y musical.

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