En un pasaje del célebre libro de los Salmos se lee que Dios reduce al hombre a polvo y lo llama diciendo: «Retornad, hijos de Adán». En el fondo, nuestras vidas —como prosigue el salmista— son apenas un ayer que pasó, una vela nocturna.
Esa certeza de la caducidad humana, que no es simple intuición poética sino experiencia universal, se hizo desgarradoramente real en Nagasaki, cuando la segunda bomba atómica arrojada sobre Japón cayó sobre la ciudad el 9 de agosto de 1945. En cuestión de instantes, miles de vidas se desvanecieron como el rocío bajo el sol de la mañana, y quienes sobrevivieron cargaron para siempre con las huellas imborrables de aquel horror. Lo que el salmista describía como destino inevitable del hombre —retornar al polvo— se convirtió allí en vivencia inmediata y atroz, dejando al descubierto la condición humana en toda su vulnerabilidad y fragilidad.
El testimonio de Takashi Nagai —superviviente de la bomba atómica y protagonista del libro que me propongo comentar— es una de las historias más singulares y conmovedoras que he leído. Su vida quedó plasmada con especial sensibilidad por el misionero marista Paul Glynn en Réquiem por Nagasaki, publicado originalmente en inglés en 1988 (bajo el título A Song for Nagasaki).
La narrativa se desarrolla con un tono contenido, casi reverencial, acorde con el carácter del protagonista. Glynn no pretende escribir un tratado teológico ni una crónica exhaustiva de la Segunda Guerra Mundial, aunque ambos elementos atraviesen el relato, aportando hondura y contexto a la biografía. Su propósito es otro: rescatar del olvido una vida que, según se desprende de cada página, se acerca con temblorosa dignidad a la santidad. La prosa, sencilla pero cuidadosamente tramada, permite al lector adentrarse en el alma de Nagai sin perder nunca el sentido del asombro. No hay afectación ni dramatismo impostado, sino un equilibrio delicado entre la catástrofe histórica y la elevación espiritual: una armonía que conmueve precisamente por su sobria belleza.
La conversión de Nagai, influida en parte por la lectura de Pascal y por su relación con los cristianos ocultos de Urakami, resulta particularmente significativa.
Takashi Nagai no nació cristiano. Era médico, científico, racionalista, hijo de una tradición cultural muy distinta de la occidental. En su juventud abrazó el escepticismo con la misma seriedad con que estudiaba física y radiología. Sin embargo, algo comenzó a resquebrajarse cuando se encontró con el rostro sereno de los cristianos japoneses: una comunidad humilde y silenciosa de Urakami, barrio de Nagasaki, que había resistido durante siglos como semilla oculta bajo tierra. La lectura atenta y asombrada de los Pensamientos de Pascal, aunque plagada de términos desconcertantes para él —gracia, paraíso perdido, redención—, abrió en su interior un surco inesperado, a la vez intelectual y afectivo. Su conversión no fue repentina ni arrebatada: se gestó lentamente, con la paciencia meticulosa de quien observa al microscopio. Y, sobre todo, fue una decisión libre, lúcida y radical. Nagai no adoptó únicamente una doctrina: eligió mirar la realidad con nuevos ojos y, como le sugería su maestro francés, descubrió en la oración la revelación viva del misterio de Dios.
Entre las dificultades que encontró en su camino, las más dolorosas fueron las familiares. Su padre, que identificaba el cristianismo como una superstición extranjera nociva para Japón y veía a los cristianos como traidores a sus antepasados por abandonar la piedad filial y la antigua religión, terminó cediendo al contemplar la mansedumbre y diligencia de su hijo, así como el exquisito decoro de su nuera, Midori, que pronto le dio un nieto. Este personaje, el de la esposa de Nagai, es de una dulzura conmovedora, y resulta inevitable admirarla como modelo de virtudes, señora humilde de las tareas domésticas.
Y cuando el lector ya se ha encariñado con los personajes, irrumpe la tragedia.
Como he indicado al principio, el 9 de agosto de 1945, a las 11:02 de la mañana, la segunda bomba atómica estalló sobre Nagasaki. Detonó en el aire, a unos 500 metros de altitud, generando una esfera de fuego de una intensidad insoportable a la vista. La onda expansiva y el calor abrasador redujeron a ruinas un radio entero de la ciudad: casas, escuelas y templos desaparecieron en segundos. La catedral de Urakami, situada muy cerca del epicentro, quedó destruida de inmediato. En su interior, mientras se atendían confesiones en preparación para la fiesta de la Asunción, se encontraban decenas de fieles y dos sacerdotes. Todos ellos murieron en el acto. La comunidad cristiana del barrio —la más numerosa de Japón— perdió a miles de sus miembros ese mismo día. Los supervivientes emergieron desfigurados, con la piel quemada o desprendida, arrastrándose en busca de agua para aliviar una sed insoportable, rodeados de cuerpos carbonizados en un solo instante. En toda la nación, el recuerdo de aquella mañana abrió una herida que trascendió la destrucción material: el reconocimiento de la vulnerabilidad extrema de la vida humana frente a una violencia absoluta creada por el hombre.
En medio de aquel escenario apocalíptico, la mirada de Nagai adquirió una profundidad inesperada. Lo más admirable es que llegó a aceptar «la bomba atómica como parte de la Providencia Divina, que siempre sabe obtener bien del mal». Esta perspectiva espiritual, incomprensible y hasta incómoda para muchos de sus compatriotas, lo distinguió con un testimonio único. Lo vieron consumirse lentamente, debilitado, casi inmovilizado, apenas descansando, pero sin renunciar nunca a la oración ni a la escritura. Continuaba alentando a quienes lo visitaban y, con su abandono confiado en Dios, mostraba la fuerza de la gracia en quienes se abren a ella.
Por eso esta obra trasciende la biografía convencional: Glynn logra retratar a su protagonista con respeto, hondura y una delicadeza narrativa que permite al lector acercarse, con reverencia, a la grandeza humana y espiritual de Nagai. El resultado es el retrato de un hombre marcado por la ruina, pero capaz de alzar la mirada más allá de la devastación, transformando el sufrimiento en plegaria y la existencia en un silencioso martirio cotidiano. Nagai descubrió en carne propia, de manera singularmente intensa, que «a lo sobrenatural se llega mejor si haces de tu corazón una cabaña vacía de todo, menos de lo esencial».
No aspira esta obra a reemplazar un análisis político o militar de las decisiones que condujeron al bombardeo, ni un estudio de los conflictos previos de Japón en Manchuria, ni mucho menos a abarcar la pluralidad de experiencias de los hibakusha (supervivientes de la bomba atómica). Sin embargo, ello no le resta en absoluto valor al testimonio personal del protagonista, cuya vivencia ofrece una luz única y profundamente reveladora.
En definitiva, Réquiem por Nagasaki no es solo la crónica de una vida excepcional, ni la memoria de una ciudad mártir. Es, sobre todo, un recordatorio de que incluso en las ruinas más oscuras puede levantarse un canto. En Takashi Nagai, el polvo al que retorna todo hombre no fue mero símbolo de desolación, sino tierra fecunda: en ella germinó la esperanza, y desde allí se alzó una voz que sigue interpelando a nuestro tiempo con una pregunta tan antigua como ineludible: ¿qué hacemos con nuestro dolor? ¿Le otorgamos un sentido, o lo dejamos sin respuesta? Y más aún: ¿nos hemos detenido alguna vez a considerar nuestra vida como un don, como un regalo frágil e irrepetible? La lección de Nagai —silenciosa, humilde, luminosa— no es otra que esta: aun en medio del sufrimiento más atroz, es posible transformar la herida en plegaria, la pérdida en ofrenda y la existencia entera en gratitud.
Algunas claves, observaciones o reflexiones que me ha sugerido Réquiem por Nagasaki
El polvo como destino y como semilla
El Salmo recuerda que todo hombre retorna al polvo; la vida de Nagai muestra que incluso ese polvo puede transformarse en semilla fecunda, de donde brota la esperanza.-
La fragilidad humana frente a la técnica
La bomba atómica encarna el extremo de la capacidad destructiva del hombre. Nagasaki recuerda que la ciencia, sin conciencia, puede volverse contra la vida que pretende servir. -
Una conversión razonada y paciente
La fe de Nagai no surge del arrebato, sino de la reflexión, el estudio y el encuentro con una comunidad humilde y perseverante. Es un recordatorio de que la fe también puede madurar en diálogo con la razón. -
La santidad cotidiana
Ni Nagai ni su esposa Midori aparecen como héroes espectaculares, sino como personas que encarnan una grandeza silenciosa en lo doméstico, en la fidelidad, en el cuidado del otro. -
La herida de Nagasaki como espejo del mundo
Lo ocurrido el 9 de agosto de 1945 no fue solo una catástrofe local: abrió una grieta que interpela a toda la humanidad sobre el uso del poder, la violencia y el sentido de la historia. -
El dolor como lugar de revelación
Nagai no buscó escapar de la tragedia ni romantizarla: aceptó su sufrimiento como camino en el que Dios podía obrar. La clave está en cómo transformó la herida en plegaria y servicio. -
La vida como don
En medio de la devastación, Nagai vivió con gratitud lo que aún se le concedía: escribir, rezar, animar. Su vida plantea al lector una pregunta radical: ¿vemos nuestra existencia como un regalo, incluso en la fragilidad? -
El Dios que sufre y ama
El testimonio de Nagai revela la diferencia esencial entre el catolicismo y otras formas de sabiduría o religiosidad. Frente a los racionalismos secos o a las tradiciones japonesas que ofrecen serenidad o disciplina, el cristianismo le presentó a un Dios hecho hombre, que sufre y muere por amor a la humanidad. -
La delicadeza japonesa
La cultura en la que Nagai nació y creció conserva una cortesía refinada y un exquisito amor por la naturaleza, visible tanto en los modales cotidianos como en la poesía tradicional. Esa sensibilidad —atenta a lo pequeño, a lo efímero, a la flor que se abre y se marchita— se entrelaza con la fe, mostrando cómo, a pesar de las dificultades, el espíritu japonés pudo acoger la revelación cristiana sin perder su elegancia y hondura propias.
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