Comentaba Azorín en su hermosa obra Castilla que el nivel de civilización de una sociedad se puede medir atendiendo al nivel de ruido que genera y soporta: "Muchas veces hemos pensado que el grado de sensibilidad de un pueblo —consiguientemente de civilización— se puede calcular, entre otras cosas, por la mayor o menor intolerabilidad al ruido. [...] A medida que la civilización se va afinando, sutilizando, deseamos en la vivienda permanente y en la vivienda transitoria —en las fondas— más silencio, blandura y confortación". La sensibilidad de esta generación de españoles, y por consiguiente su grado de civilización o educación, decrece gradualmente ante nuestros ojos sin que seamos capaces de atisbar el fin de semejante declive. Y los indicadores o chivatos los advertimos en todas partes. En las comunidades de vecinos, por supuesto, donde gritos y portazos son comunes y frecuentes. Pero sobre todo en las calles, donde no solo escuchamos la música vulgar procedente de algún vulgar coche con las ventanillas bajadas, sino que vemos con espanto y fastidio una hornada de endriagos urbanos estridentes y terribles.
