¿De qué sirve luchar contra el destino? Esta es la gran pregunta que se hace el Claudio de Robert Graves al final de su obra de mayor enjundia. Y yo me pregunto lo mismo. Él no quiso ser emperador, y le tocó serlo. Mis creencias no me permiten creer en el destino, ciertamente, pero algo debe de haber detrás de cada signo, de cada niño venido al mundo, pues los hay a los que Fortuna parece sonreír de forma caprichosa, y otros a los que pareciera haberlos mirado un tuerto. Los romanos de antaño no son diferentes a los hombres y mujeres de ahora. Soñamos, amamos, deseamos y nos inquieta lo mismo. Y de la misma manera que las generaciones se suceden, con mayor o menor ventura en el examen de la vida, las civilizaciones nacen, crecen, se envalentonan, y sobre todo sucumben. ¿Quién puede, entonces, hacer justicia contando su historia?
