Muy pocos personajes literarios despiertan tantas simpatías como Don Quijote de La Mancha. Otro personaje simpatiquísimo, sin duda, es Sherlock Holmes, creación, por cierto, de notable influencia quijotesca. Uno y otro son personajes admirables, de coraje ilimitado, consagrados a cruzadas tan necesarias como singulares. Al primero, como sabemos, lo inmortalizó Cervantes enfrentándose a toda clase de entuertos, injusticias y agravios. Al segundo Arthur Conan Doyle, que hizo que el suyo se opusiera a criminales de la peor condición. Cometido que los vuelve a nuestros ojos acreedores de los mayores elogios. Y no sólo por los fines perseguidos, sino también por los medios empleados para lograrlos. Para admirar a Sherlock Holmes, en concreto, basta uno de sus más breves y populares relatos: La banda de lunares. Y es que las escasas páginas de esta trepidante aventura son un concentrado esencial de lo que cabe esperar del más genial detective privado que se ha plasmado en un libro.
