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lunes, 29 de julio de 2019

La frutería del barrio

Durante los primeros e hibernales meses del año, fueron muchas las tardes que pasé por delante de la frutería del barrio. Pasaba de largo, después del trabajo, de camino a la panadería, la tienda de ultramarinos o la capilla de la parroquia San Vicente Mártir.

En ese trayecto de ida y vuelta, siempre echaba un vistazo al interior de la frutería. Era, sin embargo, una mirada inocente, superficial y ligera. Quería, supongo, valorar la calidad de los tomates y las peras, de las manzanas y las acelgas. Tal acción de mirar no era motivada, por tanto, por una curiosidad ociosa, o lo que es lo mismo, por el deseo de saber lo que no nos concierne, pues mi mirada era más bien espontánea, instintiva, impensada, inconsciente, refleja. Sea como fuere, una tarde cualquiera aquella mirada rápida y trivial capturó todo un mundo, y se convirtió de repente en una de esas brevísimas porciones de tiempo en las que se percibe lo esencial de las cosas.