La
última película de Martin Scorsese ha provocado al mismo tiempo reacciones
fogosas y las más sinceras adhesiones. La película, sin lugar a dudas, tiene su
miga. Por mi parte, he leído con calma lo que ha publicado sobre ella Juan
Manuel de Prada en el diario vaticano[1], así
como la réplica aparecida en otro medio digital firmada por Candela Sande[2]. Yo creo
que ambos tienen su parte de razón. Desde luego, con quien no puedo estar de
acuerdo esta vez es con los buenos de Rorate Caeli, que han simplificado
excesivamente una cinta que en absoluto celebra la apostasía[3], sino que
abunda en matices teológicos, muestra con extraordinario respeto y hermosura el
martirio de aquellos cristianos japoneses, e insinúa de modo admirable el
misterio que representa caminar por el sendero de la cruz.
