Es justo la medianoche, de un día cualquiera de octubre. Por fin apago la luz, después de una provechosa, gratificante y dilatada sesión de estudio. Envuelto ya entre las sábanas, respiro hondo y me dejo arrullar por la lluvia medrosa que se desmorona gentilmente sobre la terraza. He esperado mucho para ver en estas condiciones perfectas la película, tanto como se ha echado en falta en esta tierra que el cielo la rociara con agua para que ésta bebiera y las plantas se alimentaran. Al margen de ese agradable tamborileo, la calma es total. Me pongo serio cuando introduzco el disco en el Mac. Lo que transcurre ante mis ojos en las siguientes dos horas y media no es sencillo de contar: sólo son un puñado de hombres entregados al más absoluto misterio.
