Para el cristiano, la gran
belleza remite en último término y de modo exclusivo a Dios, bien absoluto, linterna
en las tinieblas de la vida, meta final de la existencia, y culmen de todos los
anhelos y necesidades. Para el no creyente, en cambio, la misma expresión puede
hacer referencia a muchas cosas, pero nada que entienda por gran belleza será
en realidad trascendente. Por eso se entiende que para aquel que sólo ve en la
belleza un fin estético ésta jamás pueda saciar plenamente su sed de infinito.
En consecuencia este tipo de hombres que fían todas sus ilusiones a las
expresiones plásticas de los artistas, pensando que en ellas encontrarán las
respuestas definitivas que aporten sentido a su vida, acaban amargados, con el
corazón secuestrado por la nostalgia y sin más esperanza real que la de
consumir sus días entre pequeños o grandes placeres; al fin y al cabo deleites pasajeros
que no impiden sin embargo la erosión a la que nos castiga el paso del tiempo
ni la visita final de la muerte. Precisamente en este espejo podría mirarse Jep
Gambardella, el protagonista de La grande
bellezza, la obra maestra del cineasta italiano Paolo Sorrentino.
