Pérez-Reverte es perro viejo, qué duda cabe. Un escritor de oficio que conoce perfectamente su profesión y vive de ella. Sin embargo, sus obras destilan un desprecio atávico hacia la Iglesia, percibida por él como una multinacional o corporación poderosa, para la cual trabaja o a la cual parasita un clero hipócrita, fanático y criminal o, en el mejor de los casos, incrédulo e ignorante. Y así van entrando todos los curas en el mismo saco. Y es que Reverte no ha dejado nunca de ser progre -aunque presuma de atizarles-, ni de ensalzar los principios luciferinos de la Revolución Francesa, ni en definitiva de odiar la religión que tanto lustre ha dado a los países por los que tanto viaja. Por eso en La piel del tambor revela mayor dosis de fanatismo el autor que sus personajes.
