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sábado, 11 de abril de 2020

¿En qué consiste la salvación en el cristianismo?


+La siguiente observación de Chesterton debería tenerla muy presente todo el mundo: "El cristianismo ha muerto muchas veces y otras tantas se ha alzado de nuevo, pues contaba con un Dios que sabía cómo salir del sepulcro". Por eso como su fundador, la Iglesia Católica -crucificada a lo largo de los tiempos- también resucita siempre.


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Por otro lado, en el título de esta publicación me hacía la siguiente pregunta: ¿En qué consiste la salvación en el cristianismo? 

La salvación del hombre obrada por Cristo representa un misterio inagotable. Pero el concepto cristiano de salvación está definido con claridad y es fácilmente comprensible.

En realidad, el sacrificio de Cristo en la cruz hace posible que el hombre se libere de la esclavitud a la que le somete el pecado y de sus consecuencias, que conducen a la condenación eterna. 
Por eso observa el Código de Derecho Canónico que la ley suprema de la Iglesia es la salvación de las almas (c. 1752). 
Para ilustrar esto, al menos en cuanto a sus implicaciones terrenales, he aquí un cuento precioso de mi querido Carlos Prats, titulado precisamente El esclavo:
EL ESCLAVO

Hace tiempo me contaron la historia de Peter, un niño de doce años que vivía en Cody (Wyoming). Durante el verano solía ir con su hermana Sandra, que era dos años menor que él, a visitar a sus abuelos en la granja que tenían a las afueras de Canyon Village, muy cerca del famoso parque de Yellowstone.
Ese verano, como Peter había sido responsable y buen estudiante, su abuelo le ayudó a fabricar un arco. Cuando lo tuvo en sus manos, descubrió una fuente inagotable de distracción y entretenimiento.
Por las mañanitas se solía ir a un pequeño bosque que había detrás de la casa para practicar la puntería. Nunca había disparado con un arco, por lo que su puntería era muy mala; aunque tenía la esperanza de que con el tiempo se transformaría en el Robin Hood de Wyoming.
Una mañana que había estado practicando hasta alrededor del mediodía y volvía a la granja para comer, vio a la puerta de la casa a Ducky, un pato blanco que era la mascota de la abuela. De pronto se imaginó vestido de cazador, y antes de que se diera cuenta estaba tensando el arco para efectuar un certero disparo. Apuntó y disparó; con tan mala suerte que le dio al pato en la cabeza y lo mató.
Temiéndose una gran reprimenda de los abuelos, escondió el cadáver del pato en el bosque. Cuando lo estaba enterrando, Sandra, lo vio. Sorprendido, y con miedo de que dijera algo a los abuelos le hizo prometer que guardaría silencio.
Peter estuvo toda la comida inquieto y preocupado pensando en la respuesta que le podía dar a la abuela si le preguntaba por el pato. Acabada la comida, la abuela le dijo a Sandra:
-        ¡Ayúdame a lavar los platos!
Pero Sandra, mirando a Peter con ojos inquisidores, le dijo a su abuela:
-        Peter me ha dicho que él quería ayudarte hoy en la cocina. ¿No es cierto, Peter?
Peter se sintió atrapado por el comentario de su hermana; y ante el miedo de que lo delatara, no le quedó más remedio que ayudar a la abuela.
Días después, el abuelo preguntó a los niños si querían ir de pesca al lago. A lo que la abuela salió al paso y dijo:
-        Sandra no puede ir porque tiene que ayudarme en el jardín.
Entonces Sandra saltó como un muelle y dijo:
-        Yo sí puedo ir con el abuelo, pues Peter me ha dicho que le gustaría ayudar a la abuela en el jardín. ¿Verdad, Peter?
El pobre Peter, después de la tragedia del pato, era continuamente chantajeado por su hermana. Los días de vacaciones seguían pasando y Sandra no perdía la oportunidad para aprovecharse de la situación en su favor.
Con el paso de las semanas, Peter se sentía cada vez peor. La presión de su hermana y su propio remordimiento le mantenían triste y abatido. Llegó un momento en el que decidió contarle a su abuela todo lo que había ocurrido.
Una mañanita, antes de que Sandra maquinara una nueva acción con la que chantajear a su hermano, Peter decidió abrir su corazón y contarle todo a la abuela.
-        Abueli, - dándole un sonoro beso en la mejilla -, ¿te acuerdas de tu pato blanco? Resulta que un día venía de hacer prácticas con el arco que me hizo el abuelo, cuando le disparé con tan mala suerte que le di en la cabeza y se murió.
En esto que la abuela, profundamente conmovida se dirigió hacia su nieto y lo abrazó cariñosamente mientras que le decía:
-        Peter, ya lo sabía. Estaba en la ventana de la cocina cuando todo ocurrió, pero como me di cuenta que lo habías hecho sin intención, te perdoné en ese mismo instante. Lo que sí me preguntaba era hasta cuándo ibas a permitir que tu hermana Sandra te tuviera como su esclavo.
………………..
¡En cuántas ocasiones nos hacemos también esclavos de Satanás como consecuencia de nuestros pecados! Él entonces, se aprovecha de esa circunstancia para sobornarnos, chantajearnos, quitarnos la felicidad y la paz interior. Dios lo ha visto todo desde su cocina; lo único que espera es que tengamos la humildad de acercarnos a Él arrepentidos y confesar nuestro pecado. Como en el caso de Peter, la abuela, que lo había visto todo, ya le había perdonado; sólo faltaba una cosa, reconocerlo.


Fuente del cuento: Iglesias de Ifre

martes, 26 de noviembre de 2019

Cuatro sermones sobre el Anticristo de John Henry Newman

El Anticristo es una de las figuras más enigmáticas y apabullantes del canon bíblico. Su aparición en la escena pública, según las Sagradas Escrituras y la Tradición, sobrevendrá en tiempos de gran confusión y desconsuelo, para el mundo en general y para la Iglesia Católica en concreto. No han sido muchos los estudiosos que se han ocupado de dicha figura, y las nuevas hornadas de teólogos ni lo mentan siquiera, preocupados únicamente en agradar a la jerarquía, haciendo méritos mundanos para promocionar sus carreras. Sin embargo, eruditos de otros tiempos, como San Vicente Ferrer, dictaron algunos sermones de altos vuelos sobre el Anticristo y el fin de los tiempos. Especialmente interesantes me parecen también los sermones de John Henry Newman sobre la citada materia. Cuatro de estos discursos fueron recogidos por la editorial española El buey mudo hace ahora casi una década.  

viernes, 13 de septiembre de 2019

La piel del tambor de Arturo Pérez-Reverte

Pérez-Reverte es perro viejo, qué duda cabe. Un escritor de oficio que conoce perfectamente su profesión y vive de ella. Sin embargo, sus obras destilan un desprecio atávico hacia la Iglesia, percibida por él como una multinacional o corporación poderosa, para la cual trabaja o a la cual parasita un clero hipócrita, fanático y criminal o, en el mejor de los casos, incrédulo e ignorante. Y así van entrando todos los curas en el mismo saco. Y es que Reverte no ha dejado nunca de ser progre -aunque presuma de atizarles-, ni de ensalzar los principios luciferinos de la Revolución Francesa, ni en definitiva de odiar la religión que tanto lustre ha dado a los países por los que tanto viaja. Por eso en La piel del tambor revela mayor dosis de fanatismo el autor que sus personajes.

domingo, 19 de agosto de 2018

El último Papa de Malachi Martin

Dice el Catecismo promulgado por Juan Pablo II en 1992 que la Iglesia Católica habrá de afrontar una última prueba terrible. Y no es éste precisamente un catecismo que inspire sospecha. De acuerdo al número 675 del mismo, y según la tradición católica, «antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes. La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra desvelará el "misterio de iniquidad" bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad». Repárese, pues, en la advertencia de la que es consciente la Iglesia: sobrevendrá una impostura religiosa, es decir, una falsa iglesia engañará a los fieles con apariencia de verdad.

domingo, 26 de febrero de 2017

The young Pope de Paolo Sorrentino, una obra mundana para mundanos

Dicen que aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Con este refrán castellano, aplicado a esta serie de Paolo Sorrentino, intento expresar a mi manera que por mucho que se esfuerce un autor mundano en profundizar en las cosas del espíritu, su esfuerzo resultará siempre vano. Lamentablemente, ésta es una ley que el «hombre natural» no entiende. El cineasta italiano, sin duda, hizo un grandísimo trabajo en su anterior proyecto, La gran belleza —no lo niego y así lo publiqué en La cueva de los libros—, pero en esta sátira religiosa sólo consigue un producto ridículo, estrambótico y de nulo valor. Y sin embargo tremendamente dañino, aunque su autor no lo crea ni fuera su intención causar perjuicio. La verdad es que es una pena que no disponga de tiempo para meterle mano a este serie como merece. Con todo, haré lo que pueda, por si hubiera algún incauto que la creyera interesante y digna de crédito.


domingo, 9 de noviembre de 2014

El turismo de iglesias, una reflexión pendiente


Cada 9 de noviembre, los cristianos celebramos la dedicación de la basílica de Letrán, sede del obispo de Roma, que precisamente por caer este año en domingo, ha tenido más repercusión que cuando cae entre semana. Pues bien, esta celebración me ha instigado esta mañana, después de salir de la santa Misa con el alma jubilosa, a poner por escrito una reflexión que ya venía rumiando desde hace tiempo; seriamente, mientras volaba de regreso a casa de Roma hace ahora mismo alrededor de año y medio. Allí visité casi 30 iglesias en seis días. Debo decir que la majestuosidad de éstas, mi fe y la compañía de otras personas mientras las desnudaba con la vista, me hizo pensar sobre el fenómeno del turismo y la moda de hacerse la foto en todos los lugares, ya sean sagrados o no, ya nos importen tanto como un comino.