Puede que Entre naranjos sea el mayor tributo de Blasco Ibáñez a su tierra valenciana, o al menos su más conseguido lauro a su paisaje rural, dominado en primavera por la nívea flor del azahar.
La novela en cuestión, publicada en 1900, en la consumación del siglo XIX, sitúa su acción principalmente entre Játiva y Valencia, es decir, en toda la inmensa extensión cubierta de arrozales y naranjos que la gente valenciana encierra bajo el vago título de «la Ribera». Y se divide en tres partes de desigual amplitud. En la primera se conocen los protagonistas y dispara en ellos sus flechas Cupido. La segunda describe la felicidad de los amantes, esto es, la sublimación del goce y el colmo de la dicha. Y en la tercera, que apenas suma treinta páginas, se narra la deslealtad de Rafael, la declinación del idilio y el desquite de Leonora.
Sostienen la obra los protagonistas del tórrido romance, y el Amor, que casi personificado, envuelve e impregna a personajes y escenarios, marcándolos con un fuerte erotismo. Pero aquí el Amor es el Eros griego, el dios fugaz que llega, inflama, colma y pasa, dejando el alma vacía y apenada.
