La Casa Sorolla es un oasis que sobrevive entre altos bloques de viviendas de ladrillo visto y el fragor de los numerosos automóviles que corren en todas direcciones frente al chalé. Sin embargo, al rebasar el umbral de la casa y entrar en sus amenos jardines, hermoseados con arrayanes y árboles del amor, se amortiguan los estímulos exteriores hasta casi disiparse por completo.
En los jardines, que poseen aires de la Andalucía árabe, puede uno sentarse y deleitarse con la lectura de algún libro, leer alguna poesía o rezar una oración mientras el cuerpo se recupera y regocija.
El interior de la vivienda presenta techos altos y piso entarimado de maderas finas. Los cuadros de Sorolla, de distintos tamaños, aparecen expuestos por doquier. Y despiertan tanto el interés del visitante como sus colecciones de libros, cerámicas y estatuas de carácter religioso. De la zona doméstica, llama la atención el comedor, muy luminoso, y cuyo colorido friso fue decorado por el artista con guirnaldas y retratos de su mujer y sus dos hijas. Por otro lado, de las estancias dedicadas al trabajo sobresalen su despacho y, sobre todo, su estudio, donde se expone una de las pinturas más representativas del autor: Paseo a orillas del mar.
Sin duda Joaquín Sorolla (1863-1923) es uno de los grandes maestros de la pintura española, al que cabe incluir en la estela de Velázquez y El Greco.

Asimismo, resultan sorprendentes sus pinturas de temática religiosa, como Yo soy el pan de vida, perteneciente a la familia Lladró; El beso de la reliquia, custodiada en el Museo de Bellas Artes de Bilbao; y sobre todo, Santa Clotilde o Santa en oración, del Museo del Prado, con la que Sorolla demuestra una maestría absoluta en el maravilloso arte de la pintura.

A lo largo de su vida, Sorolla trabó una sincera amistad con el escritor Blasco Ibáñez, también valenciano, que admiraba al pintor y no se cansó de exaltar su magnífica obra.
En pocas palabras, Sorolla alcanzó el más alto grado de maestría en la pintura. Sus cuadros regionales, culmen del luminismo, son inconfundibles y plácidos, muy frescos, modernos, con encuadres atrevidos, con escenas alegres que evocan una vida ilusionante y sana. Pero es al tener en cuenta la obra de Sorolla en su conjunto, incluidos sus cuadros de temática histórica, social y religiosa, cuando el pintor valenciano aparece ante nuestros ojos como un verdadero genio de la pintura.
Su pequeño templo en la capital española, así pues, es el pórtico magnífico para empezar a admirar toda su obra.
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