En
el año 1968, con los impulsos del postconcilio en plena efervescencia, el
entonces profesor Joseph Ratzinger (más tarde Romano Pontífice Benedicto XVI)
publicaba su particular aportación teológica acerca de los fundamentos de la
religión de Cristo, por medio de un libro titulado Introducción al cristianismo. Algunas décadas más tarde, concretamente
en el año 2.000, el teólogo alemán justificaba, en el prólogo de la nueva
edición, la necesidad de su escrito y el auxilio de la razón para hablar de
Dios, pues sin hablar de Él la razón se vería disminuida[1]. En
virtud de que Dios es el Logos que
“nos garantiza la racionalidad del mundo, la racionalidad de nuestro ser, la
adecuación de la razón a Dios y la adecuación de Dios a la razón, aun cuando su
razón supere infinitamente a la nuestra y a menudo nos parezca oscuridad”[2].
En cualquier caso, la intención del libro era “ayudar a una nueva comprensión
de la fe como la realidad que posibilita ser auténticos seres humanos en el
mundo de hoy”[3].
