El espíritu del romanticismo no ha dejado de vagar por los campos y pueblos de Europa desde el mismo instante de su alumbramiento, a finales del siglo XVIII. Surgía como réplica al espíritu racionalista que le precedía y a su estética neoclásica.
Su nombre indica el gusto por la aventura, y los temas y entornos propios de las novelas de caballerías o romances. Dicha corriente cultural se extendió muy pronto a todas las artes. Sostuvo la autonomía del individuo, prestando especial atención a la sensibilidad, la imaginación, la fantasía y los sentimientos, entre los cuales se hacían notar los de tristeza, melancolía, soledad, desasosiego e inconformismo. Todo ello motivaría que en el campo literario abundaran los diarios o confesiones íntimas, donde los escritores expresaban abiertamente sus pasiones e inquietudes, y donde sublimaban todo aquello que les causaba admiración o les inspiraba de algún modo para engendrar sus creaciones artísticas. Los autores románticos, además, entendían la vida como una tragedia, rendían culto a lo misterioso y desconocido, exaltaban la naturaleza y sentían predilección por los finales funestos. Como resultado, apareció una nueva percepción o apreciación de la belleza.