¡Este libro no pretende provocar devoción, sino obligar a pensar. Y pensar seriamente tiene consecuencias!
¿Es posible que la ciencia y la historia conduzcan razonablemente a aceptar que Jesús de Nazaret es Dios? José Carlos González-Hurtado, empresario español que ya sacudió el panorama editorial con Nuevas evidencias científicas de la existencia de Dios, vuelve con una continuación directa y sin rodeos: Las evidencias de que Jesús es Dios. El planteamiento no puede ser más claro, ni más incómodo para ciertas personas: «A la vista de las evidencias científicas, lo único razonable es creer que un Dios Creador existe, y teniendo en cuenta las evidencias históricas, arqueológicas y científicas, lo más razonable es creer que Jesucristo es Dios».
Desde la introducción, el autor establece el marco con honestidad intelectual: no estamos ante un tratado teológico ni ante un texto devocional, sino ante un libro de divulgación apoyado en datos históricos y científicos. La cuestión se formula sin paños calientes: o Jesús es Dios o no lo es. La fe, afirma González-Hurtado, no sustituye a la razón, sino que la culmina; pero antes de creer, hay que examinar si la afirmación tiene sentido racional. No se puede adherir la vida a una verdad que no se ha pensado como tal.
La obra se estructura en tres grandes secciones, cada una dividida en ocho partes, lo que facilita una exposición progresiva y pedagógica. La primera aborda las objeciones clásicas a la divinidad de Jesús: la hipótesis del mito, la manipulación posterior, la idea de un Jesús meramente humano, un visionario o un impostor. La segunda sección presenta las confirmaciones: evidencias históricas, profecías cumplidas y datos científicos que apuntan a la singularidad radical de Jesucristo. La tercera trata cuestiones pendientes y culmina con un epílogo que cierra con coherencia el conjunto argumental.
Uno de los puntos más sólidos del libro es el análisis de las fuentes históricas no cristianas. El autor reúne doce referencias principales —entre ellas Flavio Josefo, Tácito, Suetonio, el Talmud de Babilonia o el Corán— y otras doce complementarias, todas independientes o incluso hostiles al cristianismo. El resultado es contundente: ninguna otra figura de la Antigüedad cuenta con un respaldo documental semejante. Estas fuentes confirman la existencia histórica de Jesús, su crucifixión, la fama de sus milagros, la creencia en su resurrección, el martirio de sus discípulos y el surgimiento del cristianismo como fenómeno histórico inexplicable sin esos hechos.
Igualmente destacable es el estudio de la fiabilidad de los Evangelios, defendidos no como mitos tardíos, sino como testimonios coherentes y tempranos que recogen la pretensión explícita de Jesús de ser Dios. El libro incorpora útiles tablas de síntesis y dedica capítulos particularmente elocuentes a la arqueología bíblica —la inscripción de Poncio Pilato, el osario de Caifás, los mosaicos de Megido—, a los milagros eucarísticos y al análisis científico de reliquias como la Sábana Santa de Turín, el Sudario de Oviedo o la Túnica de Argenteuil, donde ciencia y misterio se entrecruzan de manera difícilmente eludible.
Estamos, en definitiva, ante un compendio imponente de evidencias que apuntan al cristianismo como la religión verdadera y a Jesús como Dios hecho hombre. Algunos rechazarán estas conclusiones por prejuicio, por ignorancia o por una aversión previa a cualquier verdad que reclame consecuencias vitales. Pero quien se acerque al libro con apertura intelectual encontrará razones sólidas que merecen ser tomadas en serio.
En conclusión, una vez más González-Hurtado no obliga a nadie a creer, pero deja cada vez menos espacio para la frivolidad intelectual. Ciertamente, la fe cristiana no es una opinión estética ni una tradición cultural más o menos antigua: es una adhesión a una verdad que compromete la vida. Y eso —nos guste o no— solo es para gente seria.

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