Los escritores antiguos de Grecia y Roma dividían la historia en cuatro edades: la de oro, la de plata, la de bronce y la de hierro. En cada uno de esos períodos la vida era peor que en el anterior: así, mientras que en la edad dorada reinaba la felicidad, en la de hierro dominaba la crueldad, la violencia y el egoísmo.
Lo maravilloso del capítulo XI del Quijote, en el que se recoge el discurso citado, ya no es el discurso en sí, sino el cuadro en el que lo recita Don Quijote; pues después de comerse unos tasajos de carne "del tamaño de un puño" junto a su escudero Sancho Panza y unos cabreros con los que se habían topado, toma un puñado de bellotas en la mano y, mirándolas atentamente, pronuncia el lunático estas sabias palabras:
